martes, 12 de julio de 2016

Ya está circulando el Nº 10 de "Cuadernos de Negación: Contra la enajenación de la vida"

Tomado de https://cuadernosdenegacion.blogspot.com/ 

En este número de Cuadernos comenzamos indagando en los orígenes del capitalismo y atacando algunos mitos al respecto. Damos continuidad a la crítica del dinero, del Capital como sujeto y fin último de la producción y reproducción de la sociedad, del fetichismo y la enajenación como la instrumentalización del mundo y todos los que habitamos en él.

Enajenación no significa simplemente la separación de nuestros medios de vida, hablamos de todo un proceso histórico mediante el cual se ha llegado a que nuestra propia existencia se nos presente como ajena, en una sociedad donde el objetivo no son las personas, ni tampoco las cosas, sino la producción por la producción misma, la valorización del Capital.

Es todo un orden social que vivimos como ajeno e, inevitablemente inmersos en él, tenemos que enfrentar.

Contenido:
▪ Presentación
▪ El capitalismo
▪ «Había una vez…»
Subsunción
▪ Un mundo sin corazón
Acumulación, comercio, usura y desposesión
▪ Entrando en la lucha de clases
▪ El Capital solo quiere más capital
▪ Dinero

Dinero y valor 
▪ El fetichismo de la mercancía
… y su secreto
▪ Alienación
El trabajo enajenado

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Junio de 2016.

martes, 14 de junio de 2016

Luigi Fabbri sobre anarquía y comunismo


Anarquía y comunismo: Luigi Fabbri

(Texto aparecido en el Nº 5 de Anarquía & Comunismo)

Comenzaban los años ’20 y la revolución rusa seguía concitando la atención del movimiento revolucionario internacional, alimentando duros debates. Pero a esas alturas, la gesta revolucionaria de 1917 se encontraba ya asfixiada. En dicha labor se habían centrado los esfuerzos de la socialdemocracia bolchevique, renombrada al frente del estado soviético como Partido Comunista. Una de las tareas del bolchevismo consistió entonces en alejar a las masas de lo que para sus concepciones ideológicas pudieran parecer doctrinas enemigas; es decir, aquellas ideas y prácticas que amenazaran su recientemente adquirido poder. Dentro de esa política de estado de difamación, y no en una búsqueda sincera de debate y clarificación teórica, se encuentra el libelo anti-anarquista denominado Anarquismo y Comunismo Científico, que Nicolai Bujarin, “el más fuerte teórico del partido” según Lenin, lanzara contra las filas anarquistas para presentarlas como aliadas de la contrarrevolución, argumentando una serie de supuestas características que harían del anarquismo nada más que la expresión de la disolución ideológica de la clase obrera, una deriva negativa de la cual debía sanarse o idealmente prevenir al proletariado. En contrapartida, desde Italia, el célebre anarquista Luigi Fabbri responde con un contundente documento que, más que referirse específicamente a cada una de las acusaciones cuasi caricaturescas que arroja Bujarin a los/as anarquistas, se encarga de demostrar lo poco que comprendían de comunismo los recientes partidos políticos que pretendían precisamente sostenerlo, y como a su vez la anarquía no podía ser afirmada si no se entendía inextricablemente enlazada con el mismo. Fabbri demuestra una lúcida comprensión -histórica y teórica- de los conceptos comunismo y anarquía tal como fueron utilizados por el movimiento revolucionario hasta ese entonces, haciendo gala de una muy sana falta de prejuicios anti-marxistas, que lamentablemente hasta hoy suelen trabar los intentos honestos de clarificación teórica individual y colectiva en ambientes ligados sobre todo al anarquismo. Así, por ejemplo, sabe diferenciar claramente las posiciones de Marx respecto al estado (de marcado rechazo), del culto al mismo que desarrolló luego la socialdemocracia y la II Internacional, en nombre de una ideología “marxista”: 

Los socialistas democráticos -que entonces se decían “científicos” como ahora los comunistas- afirmaban en un tiempo la necesidad del Estado en el régimen socialista y pretendían con eso ser marxistas. Hasta hace poco han sido solamente -o casi- los escritores anarquistas quienes revelaron esta falsificación del marxismo, de la cual ahora en cambio se querría hacerlos co-responsables.

En el congreso obrero y socialista internacional de Londres de 1896, en el cual fue deliberada la exclusión de los anarquistas (los únicos que entonces se decían comunistas) de los congresos internacionales porque no aceptaban la conquista del poder como medio y como fin, fue justamente Errico Malatesta quién mencionó que originariamente el objetivo final de los anarquistas y socialistas era único, por la abolición del Estado, y que sobre esto los marxistas habían abandonado las teorías de Marx.”

Claro está, no difundimos acríticamente el texto de Fabbri (ni de nadie). En el mismo hay varios pasajes que dan espacio para un debate de mayor profundidad. Por ejemplo, nos parece limitado considerar que la anarquía correspondería al mero coronamiento político de una sociedad cuya base económica la constituiría el comunismo, idea que es repetida varias veces por Fabbri, citando además a otros anarquistas para reforzarla (Errico Malatesta y Pietro Gori, específicamente). Hablar de economía y política dentro del comunismo anárquico es un sinsentido, pues precisamente se trata de abolir la economía y la política, es decir, la destrucción misma de la producción e intercambio de mercancías y del estado. Pero, en cualquier caso, es fácil comprender hacia donde apuntaba con esto Fabbri; lo que en realidad está indicando es la imposibilidad lógica y práctica de pretender construir una comunidad que acabe con la explotación humana y la devastación de nuestro entorno, que ponga fin a la dictadura del valor sobre nuestras vidas, que imponga la solidaridad como fundamento social y la satisfacción de nuestras necesidades plena y libremente expresadas como principal fin, pero que al mismo tiempo deje intactas las estructuras de poder político y no elimine todos los enclaves burocráticos. Y viceversa.

Finalmente, tal como deja constancia histórica este escrito de Luigi Fabbri, la imposición de la dicotomía comunismo/anarquía es por sobre todo obra de la socialdemocracia (en todas sus expresiones), y pésimo lo harían quienes se identifican con la anarquía si replicaran ideológicamente tal desvarío. Si creemos necesario traer desde el pasado las palabras de Fabbri, no es para nuevamente poner a competir las principales corrientes anticapitalistas que dieron forma a la I Internacional, ni abanderarnos doctrinariamente por ninguna de ellas. Por el contrario, lo interesante es mostrar cuanto en común hay originalmente en ellas, y cuánto hay de ideológico en la perpetuación de ciertos ismos que sólo son un obstáculo para la actividad revolucionaria actual. 
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Anarquía y Comunismo (L. Fabbri)

Un mal hábito, contra el cual es necesario reaccionar, es aquél tomado desde hace algún tiempo por los comunistas autoritarios de oponer el comunismo a la anarquía, como si las dos ideas fuesen necesariamente contradictorias. El hábito de usar estos dos términos, comunismo y anarquía, como si fuesen antagónicos entre sí, y el uno tuviese un significado opuesto al otro.

En Italia, donde desde hace más de cuarenta años estas palabras se usan como un binomio inescindible del cual un término completa al otro, y juntos son la expresión más exacta del programa anárquico, esta tentativa de no tener en cuenta un precedente histórico de tal importancia y de invertir además el significado de las palabras, es ridículo y no puede sino servir para generar confusión en las ideas e infinitos malentendidos en la propaganda.

No está mal recordar que fue precisamente en un congreso de las Secciones Italianas de la Primera Internacional, llevado a cabo clandestinamente en los contornos de Florencia en 1876, que, bajo una propuesta motivada por Errico Malatesta, éste afirmó ser el comunismo el arreglo económico que mejor podía hacer posible una sociedad sin gobierno; y la anarquía (esto es, la ausencia de todo gobierno), como organización libre y voluntaria de las relaciones sociales, ser el medio de mejor actuación del comunismo. La una es la garantía de un efectivo realizarse de la otra y viceversa. De aquí la formulación concreta, como ideal y como movimiento de lucha, del comunismo anárquico.

[...] 

Más tarde Pietro Gori solía precisamente decir que de una sociedad, transformada por la revolución según nuestras ideas, el socialismo (comunismo) constituiría la base económica, mientras la anarquía sería el coronamiento político.
[...]

Esto hasta 1918, vale decir, hasta que los bolcheviques rusos, para diferenciarse de los socialdemócratas patriotas o reformistas, no decidieron mudar nombre, retornando aquél de “comunistas” que se enlazaba a la tradición histórica del célebre Manifiesto de Marx y Engels de 1847, y que antes de 1880 era usado en sentido autoritario y socialdemócrata exclusivamente por los socialistas alemanes. Poco a poco casi todos los socialistas adherentes a la III Internacional de Moscú han terminado por decirse comunistas, sin tener cuenta alguna del significado cambiado de la palabra, del uso mudado que se hace de la misma desde hace cuarenta años en el lenguaje popular y proletario y de las cambiadas situaciones en los partidos desde 1870 en adelante -cometiendo así un verdadero anacronismo-.

[...]

Por lo que se refiere al programa de reorganización social, de arreglo económico de la sociedad futura, los socialistas-comunistas no lo han modificado en nada; no se han ocupado en absoluto. En realidad, bajo el nombre de comunismo está siempre el viejo programa colectivista autoritario que subsiste con -en un trasfondo lejano, muy lejano- la previsión de la desaparición del Estado que señala a las muchedumbres en las ocasiones solemnes, para distraer su atención de la realidad de una nueva dominación, que los dictadores comunistas querrían meterles sobre el cuello en un futuro más próximo.

Todo esto es fuente de equívocos y de confusión entre los trabajadores, a los cuales se les dice una cosa con palabras que les hacen creer otra.

La palabra comunismo, desde los más antiguos tiempos, significa no un método de lucha, y todavía menos un modo especial de razonar, sino un sistema de completa y radical reorganización social sobre la base de la comunión de los bienes, del gozo en común de los frutos del trabajo común por parte de los componentes de una sociedad humana, sin que ninguno pueda apropiarse del capital social para su exclusivo interés con exclusión o daño de otros. Es un ideal de reorganización económica de la sociedad, común a varias escuelas del socialismo (comprendida la anarquía); no fueron en absoluto los marxistas quienes lo formularon primero.

[...]

La concepción comunista, en aquel magnífico laboratorio de ideas que fue la Primera Internacional, se fue precisando cada vez más; y adquirió aquel su particular significado, en confrontación con el colectivismo, que hacia 1880 fue aceptado de común acuerdo en el lenguaje político-social tanto de los anarquistas como de los socialistas: de Karl Marx o Carlo Cafiero, de Benedetto Malon a Gnocchi Viani. Desde entonces, por comunismo siempre se ha entendido un sistema de producción y distribución de la riqueza en la sociedad socialista, cuya dirección práctica era sintetizada en la fórmula: de cada quien según sus fuerzas y capacidad, a cada cual según sus necesidades. El comunismo de los anarquistas, integrado sobre el terreno político de la negación del Estado, era y es entendido en este sentido, para significar con precisión un sistema práctico de actuación socialista después de la revolución, que corresponde tanto al significado etimológico cuanto a la tradición histórica.

[...]

Nosotros no contestamos en absoluto -que se entienda bien- el derecho de los comunistas autoritarios de llamarse como les parece y les place y de adoptar un nombre que ha sido sólo nuestro por casi medio siglo y que no tenemos intención alguna de renegar. Sería de parte nuestra una pretensión ridícula. Pero cuando los neo-comunistas discuten de anarquía y con los anarquistas, tienen la obligación moral de no fingir ignorar el pasado, tienen el elemental deber de no apropiarse del nombre hasta el punto de hacer de él un monopolio, hasta crear entre los dos términos -comunismo y anarquía- una incompatibilidad artificial cuanto falsa.

Cuando hacen esto demuestran estar faltos de todo criterio de honestidad polémica.

Todas saben cómo nuestro ideal, sintetizado en la palabra anarquía, tomado en su contenido programático de organización libertaria del socialismo, siempre se ha llamado comunismo anárquico. Casi toda la literatura anarquista es socialista en sentido comunista desde el fin de la Primera Internacional. El colectivismo legalista y estatal por un lado y el comunismo anárquico y revolucionario del otro, eran las dos escuelas en que se dividía principalmente el socialismo hasta el estallido de la Revolución Rusa en 1917. Cuantas polémicas, desde 1880 hasta 1916, no hemos sostenido con los socialistas marxistas, los actuales neo-comunistas, en apoyo del ideal comunista contra su colectivismo de cuartel alemán.

Ahora bien, su ideal de reorganización futura ha permanecido igual, y más bien ha acentuado su carácter autoritario. Entre el colectivismo que era entonces objeto de nuestras críticas y el comunismo dictatorial actual, la diferencia está sólo en los métodos y en alguna motivación teórica, no sobre el fin inmediato a alcanzar. Este se vuelve a enlazar, es verdad, con el comunismo de Estado de los socialistas alemanes de antes de 1880 -el Wolkstaat, estado popular-, del cual Bakunin hizo una crítica tan corrosiva; y también al socialismo de gobierno de Luis Blanc, refutado tan brillantemente por Proudhon. Pero se reenlaza sólo desde el punto de vista secundario político, del método revolucionario estatal, no desde el punto de vista económico suyo propio -organización de la producción y distribución de los productos-, sobre el cual Marx y Blanc tenían miras bastante más amplias y geniales que éstos sus tardísimos herederos.

El disentimiento, por el contrario, no está entre anarquía y comunismo más o menos “científico”, sino entre comunismo autoritario o estatal, empujado hasta el despotismo dictatorial, y el comunismo anárquico o antiestatal con su concepción libertaria de la revolución.

Que si de una contradicción en términos se debiera hablar, ésta habría que buscarla no entre el comunismo y la anarquía, que se integran al punto que el uno no es posible sin la otra, sino más bien entre comunismo y estado. En tanto hay estado o gobierno, no hay comunismo posible. Por lo menos su conciliación es tan difícil y tan subordinada al sacrificio de toda libertad y dignidad humana, como para suponerla imposible hoy que el espíritu de revuelta, de autonomía y de libre iniciativa está tan difundido entre las masas, hambrientas no sólo de pan, sino también de libertad.
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Como mencionamos más arriba, hemos tomado varios pasajes del texto de Fabbri, principalmente del capítulo IV de Anarquismo y Comunismo “Científico”. Tales extractos los hemos obtenido de la edición que hicieron del documento íntegro, es decir, incluyendo el texto de N. Bujarin y la réplica de L. Fabbri, los/as compañeros/as de Ediciones Novena Ola (Concepción), el año 2013.

miércoles, 1 de junio de 2016

"¿Kurdistán?" (Gilles Dauvé & T.L.)

¿Kurdistán?

Traducido y corregido por Editorial Klinamen a partir del original francés. Estamos muy agradecidos a F.C. por su ayuda con la traducción. 
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«Hay períodos en los que uno no puede hacer nada, salvo no perder la cabeza
Louis Mercier-Véga, La Chevauchée anonyme

Cuando los proletarios se ven obligados a encargarse de sus propios asuntos para asegurar su propia supervivencia, abren la posibilidad de un cambio social.

Los kurdos se ven forzados a actuar en las condiciones en las que se encuentran, y que intentan crear para sí en el marco de una guerra internacionalizada poco favorable a la emancipación.

Nosotros no estamos aquí para «juzgarlos», ni tampoco para perder la cabeza.

Auto (defensa)

En distintas regiones del mundo los proletarios se ven abocados a una autodefensa que pasa por la autoorganización:

«Una vasta nebulosa de “movimientos” —armados o no, que oscilan entre el bandidismo social y la guerrilla organizada— actúan en las zonas más desfavorecidas del vertedero capitalista mundial y presentan rasgos similares a los del PKK actual. De una forma u otra, intentan resistirse a la destrucción de economías de subsistencia residuales, al saqueo de los recursos naturales o minerales locales o incluso a la imposición de una propiedad territorial capitalista que limita o impide el acceso o su uso; […] podemos citar desordenadamente el caso de la piratería en los mares de Somalia, del MEND en Nigeria, de los naxalistas en la India, de los mapuches en Chile. […] es fundamental comprender su contenido común: la autodefensa. […] uno siempre se autoorganiza en función de lo que es en el modo de producción capitalista (obrero de tal o cual empresa, habitante de tal o cual barrio, etc.), mientras que el abandono del terreno defensivo («reivindicativo») coincide con la interpenetración de todos esos sujetos y la desaparición de las distinciones, puesto que comienza a deshacerse la relación que las estructura: la relación capital/trabajo asalariado.»[1]

¿Ha desembocado (o puede desembocar) la autoorganización en Rojava en pasar de la necesidad de sobrevivir a cambiar radicalmente las relaciones sociales?

Es inútil volver aquí sobre la historia del potente movimiento independentista kurdo en Turquía, Irak, Siria e Irán, o sobre las rivalidades entre estos países y la represión que han sufrido los kurdos desde hace décadas. Tras la descomposición de Irak en tres entidades (suníes, chiíes y kurdos), la guerra civil en Siria ha liberado un territorio donde la autonomía kurda ha adquirido una forma nueva. Se ha constituido una unión popular (es decir, interclasista) para administrar este territorio y defenderlo contra un peligro militar: el Estado Islámico (EI) ha servido como agente de ruptura. La resistencia combina viejos lazos comunitarios y nuevos movimientos, de mujeres sobre todo, mediante una alianza de hecho entre proletarios y clases medias con «la nación» como cemento. «La transformación que está teniendo lugar en Rojava se apoya en cierta medida en una identidad kurda radical y en una intensa participación de las clases medias que, a pesar de la retórica radical, siempre tienen cierto interés en la perpetuación del Estado y el capital.»[2]

¿Revolución democrática?

En política las palabras dicen mucho: cuando Rojava elabora su constitución y la llaman Contrato social, se trata de un guiño a las Luces del siglo xviii. Una vez olvidados Lenin y Mao, los actuales dirigentes kurdos leen a Rousseau, no a Bakunin.

El Contrato social proclama «la coexistencia y comprensión mutuas y pacíficas de todas la capas sociales» y reconoce «la integridad territorial de Siria». Es lo que dice toda constitución democrática y no hay que esperar de ella una apología de la lucha de clases, ni la reivindicación de la abolición de las fronteras, y por tanto, tampoco de los Estados.[3]

Es el discurso de una revolución democrática. En la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789, el derecho a «resistirse a la opresión», expresamente recogido, iba de la mano del de la propiedad. Existía una libertad completa, pero definida y limitada por la ley. También en Rojava la «propiedad privada» es un derecho reconocido en el marco de la ley. Aunque opte por el calificativo de «región autónoma», el Contrato social prevé una administración, policía, cárceles, impuestos (y por tanto un poder central que recaude dinero).

Ahora bien, estamos a principios del siglo xxi: la referencia a «Dios todopoderoso» se codea con el «desarrollo sostenible», la paridad casi completa (40% de mujeres) y la «igualdad de sexos» (ligada, no obstante, a la «familia»).

Si a esto le añadimos la división de poderes, la separación entre la religión y el Estado, una magistratura independiente, un sistema económico que garantice el bienestar general y los derechos de los trabajadores (entre ellos, el derecho a huelga), la limitación del número de mandatos políticos, etc., lo que tenemos es un programa de la izquierda republicana.

Si en Europa y Estados Unidos determinadas personas ven en esos objetivos el presagio de una revolución social, la culpa la tiene sin duda el «relativismo cultural». En París, este programa solo provocaría burlas en el medio radical, pero «para allí, no está tan mal…»

Quienes establecen paralelismos entre Rojava y la revolución española deberían comparar este Contrato social con el programa adoptado por la CNT en mayo de 1936 (y con la forma en que se concretó dos meses más tarde).

Nuevo nacionalismo

Al igual que cualquier movimiento político, un movimiento de liberación nacional se dota de las ideologías, los medios y los aliados que puede, y los cambia cuando más le conviene. Si la ideología es nueva, es porque refleja un cambio de época.

«No se puede entender el devenir actual de la cuestión kurda, ni la trayectoria de sus expresiones políticas —empezando por el PKK— sin tener en cuenta el fin del ciclo dorado del «nacionalismo desde abajo» —socialista o «progresista»— en las zonas periféricas o semiperiféricas del sistema capitalista». [4]

El PKK no ha renunciado al objetivo natural de todo movimiento de liberación nacional. Aunque en lo sucesivo evite un término que suena demasiado autoritario, lo que pretende, tanto hoy como ayer, es la creación de un aparato central de gestión y decisión política sobre un territorio, y no hay mejor palabra para designar algo así que Estado. La diferencia, más allá de la calificación administrativa, es que supuestamente será tan democrático y estará tan en manos de sus ciudadanos, que ya no merecerá el nombre de Estado. Eso en cuanto a la ideología.

En Siria, el movimiento nacional kurdo (bajo la influencia del PKK) ha reemplazado la reivindicación de un Estado de pleno derecho por un programa más modesto y más de base: autonomía, confederalismo democrático, derechos del hombre y de la mujer, etc. En lugar de la ideología de un socialismo dirigido por un partido único obrero-campesino que desarrolle la industria pesada, en lugar de las referencias «de clase» y «marxistas», lo que se pone en primer plano son la autogestión, la cooperativa, la comuna, la ecología, el antiproductivismo y, para completar el lote, el género.

El objetivo de una gran autonomía interna con una vida democrática de base no es en absoluto utópico: diversas regiones del Pacífico viven así; los gobiernos dejan un amplio margen de autoadministración a poblaciones que no interesan a nadie (salvo cuando están en juego intereses mineros: en ese caso envían al ejército). En África, Somalilandia posee los atributos de un Estado (policía, moneda, economía) salvo que nadie lo reconoce como tal. En Chiapas (que mucha gente compara con Rojava), los habitantes sobreviven en el marco de una semiautonomía regional que protege su cultura y sus valores sin que eso incomode a demasiada gente. Por lo demás, la insurrección zapatista, la primera de la era altermundialista, no aspiraba a obtener la independencia ni a transformar la sociedad, sino a preservar un modo de vida tradicional.

Por su parte, los kurdos viven en el corazón de una región petrolífera codiciada, desgarrada por conflictos interminables y dominada por dictaduras. Esto deja poco margen a Rojava, pero quizá, al menos, un poco de espacio: pese a que su viabilidad económica sea escasa, gracias a un poco de maná petrolífero, no es del todo inexistente. El oro negro ya ha creado Estados-títere como Kuwait, y permite sobrevivir al mini-Estado kurdo iraquí. Lo cual equivale a decir que el futuro de Rojava depende menos de la movilización de sus habitantes que del papel de las potencias dominantes.

Si el abandono del proyecto de Estado-nación por parte del PKK es real, hay que preguntarse qué sería una confederación de tres o cuatro zonas autónomas a través de las fronteras de al menos tres países, ya que la coexistencia de muchas autonomías no tiene por qué abolir la estructura política central que las une. En Europa, las regiones transfronterizas (como por ejemplo, alrededor de la línea Oder-Neisse) no disminuyen el poder del Estado.

Otra vida cotidiana

Como a veces sucede en casos parecidos, la solidaridad contra un enemigo ha hecho borrarse provisionalmente las diferencias sociales: gestión de los pueblos por parte de los colectivos, lazos entre combatientes (hombres y mujeres) y población, difusión del saber médico (comienzo de una superación de los poderes especializados), reparto y gratuidad de ciertos productos alimenticios durante los peores momentos (los combates), tratamiento innovador de los problemas psíquicos, vida colectiva de los estudiantes (de ambos sexos), justicia impartida por un comité mixto (elegido en cada pueblo) que arbitra en los conflictos, decide las penas y busca reinsertar y rehabilitar, integración de las minorías étnicas de la región y salida de las mujeres del hogar mediante su propia autoorganización.[5]

¿Se trata de «una democracia sin Estado»? Nuestra intención no es oponer una lista de puntos negativos a la lista de puntos positivos redactada por los entusiastas: hay que ver de dónde procede esa autoorganización y cómo puede evolucionar, porque ningún Estado se ha disuelto jamás en una democracia local.

Una estructura social idéntica

Nadie sostiene que el conjunto de «los kurdos» tenga el privilegio de ser el único pueblo del mundo que vive desde siempre en armonía. Los kurdos, como todos los demás pueblos, están divididos en grupos con intereses opuestos, en clases, y si «clase» suena demasiado marxista, en dominantes y dominados. Ahora bien, a veces leemos que se está produciendo o se está preparando una revolución en Rojava. Puesto que sabemos que las clases dirigentes jamás ceden voluntariamente el poder, ¿dónde y cómo han sido derrotadas? ¿Qué intensa lucha de clases ha tenido lugar en Kurdistán para desencadenar este proceso?

Sobre esto no se nos dice nada. Si las consignas y los grandes titulares hablan de revolución, los artículos afirman que los habitantes de Rojava combaten al Estado Islámico, al patriarcado, al Estado y al capitalismo… pero, en relación a esto último, nadie explica en qué y de qué manera son anticapitalistas el PYD y el PKK… y nadie parece haberse fijado tampoco en esta «ausencia».

La supuesta revolución de julio de 2012 coincide con la retirada de las tropas de Assad del Kurdistan. Cuando el poder administrativo o de seguridad desapareció, fue reemplazado por otro, y tomó las riendas una autoadministración que se hace llamar revolucionaria. Pero, ¿de qué «auto» se trata? ¿De qué revolución?

Si bien se habla de buena gana de toma del poder por la base y de cambios en el ámbito doméstico, jamás se trata de transformación de las relaciones de intercambio y explotación. En el mejor de los casos, nos describen las cooperativas, pero sin el menor rasgo de un inicio de colectivización. El nuevo Estado kurdo ha puesto en funcionamiento pozos y refinerías, y produce electricidad: nada se dice sobre quienes trabajan en ellos. El comercio, la artesanía y el mercado funcionan, y el dinero sigue cumpliendo su papel. Citemos a Zaher Baher, visitante y admirador de la «revolución kurda»: «Antes de marcharnos de la región, hablamos con comerciantes, hombres de negocios y con la gente en el mercado. Todo el mundo tenía una opinión bastante positiva sobre la DSA [la autoadministración] y Tev-dem [la coalición de organizaciones que gira en torno al PYD]. Estaban satisfechos con la paz, la seguridad y la libertad, y podían llevar a cabo sus actividades sin sufrir la ingerencia de ningún partido o grupo.»[6] Por fin, una revolución que no asusta a la burguesía.

Soldados

Bastaría con cambiar los nombres. Muchas de las alabanzas que se dedican hoy en día a Rojava, incluidas las referidas a las cuestiones de género, ya se dedicaban hacia 1930 a los grupos pioneros sionistas en Palestina. En los primeros kibutzs, más allá de su ideología a menudo progresista y socialista, se daban condiciones materiales (precariedad y necesidad de defenderse) que obligaban a no privarse de la mitad de la fuerza de trabajo: las mujeres también debían participar en las actividades agrícolas y en la defensa, lo cual implicaba liberarlas de las tareas «femeninas», especialmente mediante la crianza colectiva de los niños.

Nada de esto ocurre en Rojava. Armar a las mujeres no lo es todo (como bien muestra Tsahal). Z. Bahler manifiesta: «Observé algo curioso: no he visto a una sola mujer trabajando en una tienda, en una gasolinera, en un mercado, un café o un restaurante.»[7] Los campos de refugiados «autogestionados» de Turquía están llenos de mujeres que se ocupan de los críos mientras los hombres van a buscar curro.

El carácter subversivo de un movimiento o de una organización no se mide por el número de mujeres armadas. Su carácter feminista tampoco. Desde los años sesenta, en todos los continentes, la mayoría de las guerrillas estaban compuestas o se componen por un gran número de mujeres combatientes; Colombia es un ejemplo. Más todavía en las guerrillas de inspiración maoísta (Nepal, Perú, Filipinas, etc.) que aplican la estrategia de «guerra popular»: la igualdad entre hombres y mujeres debe contribuir a abatir los marcos tradicionales, feudales o tribales (todos patriarcales). No cabe duda de que la fuente de lo que los especialistas califican como «feminismo marcial» está en los orígenes maoístas del PKK-PYD.

Pero, ¿por qué pasan las mujeres en armas por un símbolo de la emancipación? ¿Por qué se ve tan fácilmente en ello una imagen de libertad, hasta el punto de olvidar por qué luchan?

Si una mujer armada con un lanzacohetes puede aparecer en la portada del Parisien-Magazine o de un periódico militante, es que se trata de una figura clásica. El monopolio del uso de armas ha sido un privilegio masculino, su inversión debe probar la excepcionalidad y la radicalidad de un combate o de una guerra. De ahí las fotos de las bellas milicianas españolas. La revolución está en la punta de un Kalashnikov… en manos de una mujer. A esta imagen se añade a veces otra, más feminista, de la mujer armada vengadora que va a freír a tiros a los tíos chungos, a los violadores, etc.

Nótese que el Estado Islámico y el régimen de Damasco también han constituido algunas unidades militares compuestas enteramente por mujeres. Pero sin criticar las distinciones de género, a diferencia del YPJ-YPG, no parece que hagan uso de ellas en primera línea, sino que las relegan a misiones policiales o de apoyo.

A las armas

Durante las manifestaciones parisinas de apoyo a Rojava, la pancarta del cortejo anarquista unitario pedía «armas para la resistencia kurda». Dado que el proletario medio no dispone de rifles de asalto ni granadas que enviar clandestinamente a Kurdistán, ¿a quién le pedían las armas? ¿Hay que contar con los traficantes de armas internacionales o con las entregas de armas de la OTAN? Estas últimas ya han empezado, con cierta prudencia, pero no se ven banderas anarquistas por ningún lado. A parte de las del Estado Islámico, nadie prevé que haya nuevas Brigadas Internacionales. Entonces, ¿de qué apoyo armado se trata? ¿Se trata de pedir más bombardeos aéreos occidentales, con los «daños colaterales» que todos conocemos? Evidentemente, no. Por tanto, se trata de una fórmula vacía, y quizá lo peor del asunto es que esta supuesta revolución sirva de pretexto a movilizaciones y consignas que nadie espera seriamente que tengan efecto. Nos encontramos de lleno en la política como representación.

Sorprende menos que gente siempre dispuesta a denunciar el complejo militar industrial apele ahora a él, si recordamos que ya en 1999, ciertos libertarios apoyaron los bombardeos de la OTAN sobre Kosovo… para impedir un «genocidio».

Libertario

Más que a las organizaciones que siempre han apoyado a los movimientos de liberación nacional, lo que entristece es que esta exaltación afecta a un medio más amplio de compañeros anarquistas, okupas, feministas o autónomos, a veces a amigos generalmente lúcidos.

Si la política del mal menor penetra en estos medios, es que su radicalismo no está vertebrado (lo que no es obstáculo ni para el coraje ni para la energía).

Hoy en día es tanto más fácil entusiasmarse con el Kurdistán (como sucedía hace veinte años con Chiapas), ahora que Billancourt desespera a los militantes[8]: «allí», al menos, no hay proletarios resignados que empinan el codo, votan al Frente Nacional y no sueñan más que con ganar la lotería o encontrar un empleo. «Allí» hay campesinos (pese a que la mayoría de los kurdos vivan en ciudades), montañeses en lucha, llenos de sueños y esperanzas… Este aspecto rural-natural (y por tanto ecologista) se mezcla con una voluntad de cambio aquí y ahora. Se acabó el tiempo de las grandes ideologías y de las promesas de nuevos amaneceres: se construye algo, se «crean lazos»; pese a la escasez de medios, se cultivan huertos, se hace un jardincito público (como el que menciona Z. Baher). Eso recuerda a las ZAD[9]: arremanguémonos y pongámonos a trabajar en cosas concretas, aquí, a pequeña escala. Igual que hacen ellos «allí», con un AK-47 a la espalda.

Ciertos textos anarcos no evocan a Rojava más que desde el punto de vista de los logros locales, de las asambleas de barrio, casi sin hablar del PYD, del PKK, etc. Como si no se tratara más que de acciones espontáneas. Un poco como si, al analizar una huelga general, no se hablara más que de las asambleas generales de huelguistas o de los piquetes, sin tener en cuenta a los sindicatos locales, las maniobras de sus cúpulas, las negociaciones entre el Estado y la patronal…

La revolución cada vez se ve más como una cuestión de comportamiento: la autoorganización, el interés por el género, la ecología, la creación de lazos, el debate, la afectividad. Si a eso le añadimos el desinterés, la indiferencia respecto al Estado y el poder político, es lógico ver en Rojava una revolución de buena ley, y por qué no, «una revolución de mujeres». ¿Qué más da que las clases, o la lucha de clases, estén ausentes del discurso del PKK-PYD cuando nosotros mismos hablamos cada vez menos de ellas?

¿Qué crítica del Estado?

Si lo que incomoda al pensamiento radical en relación con la liberación nacional es el objetivo de crear un Estado, basta con renunciar a él y considerar que en el fondo, la nación —siempre y cuando sea sin Estado— es el pueblo. ¿Y cómo estar en contra del pueblo? Somos poco más o menos todos, en fin casi el 99%. ¿O no?

El anarquismo tiene como característica (y como mérito) su hostilidad de principios al Estado. Dicho esto, y no es poca cosa, su gran debilidad consiste en considerarlo ante todo un instrumento de coacción –lo que sin duda es– sin preguntarse por qué y cómo desempeña ese papel. Por consiguiente, basta que se eclipsen las formas más visibles del Estado para que los anarquistas (no todos) concluyan que su desaparición ya se ha producido o está al caer.

Por esta razón, el libertario se encuentra desarmado ante aquello que se parece demasiado a su programa: tras haber estado siempre en contra del Estado pero a favor de la democracia, el confederalismo democrático y la autodeterminación social gozan naturalmente de su favor. El ideal anarquista consiste en reemplazar al Estado por miles de comunas (y colectivos de trabajo) federadas.

Sobre esta base, el internacionalista puede apoyar a un movimiento nacional por poco que practique la autogestión generalizada, social y política, llamada hoy en día «apropiación de lo común». Cuando el PKK finge que ya no aspira al poder, sino a un sistema en el que todo el mundo se lo reparta, a los anarquistas les resulta fácil reconocerse en ese discurso.

Perspectivas

El intento de revolución democrática en Rojava, y las transformaciones sociales que lo acompañan, sólo han sido posibles debido a condiciones excepcionales: la desintegración de los Estados iraquí y sirio, y la invasión yihadista de la región, amenaza que ha favorecido una radicalización.

Hoy parece probable que, gracias al apoyo militar occidental, Rojava pueda subsistir como entidad autónoma (a semejanza del Kurdistan iraquí) al margen de un caos sirio persistente pero mantenido a distancia. En tal caso, cuando se normalice, este pequeño Estado, por muy democrático que pretenda ser, no dejará intactas las conquistas ni los avances sociales. En el mejor de los casos subsistirán un poco de autoadministración local, una enseñanza progresista, una prensa libre (siempre que evite las blasfemias), un Islam tolerante y, por supuesto, la paridad. Y nada más. Pero suficiente para que quienes quieran creer en una revolución social sigan creyendo en ella, deseando evidentemente a la vez que la democracia se democratice más todavía.

En cuanto a esperar un conflicto entre la autoorganización de la base y las estructuras que la controlan, eso equivale a imaginar que en Rojava existe una situación de «doble poder». Supone olvidar la fuerza del PYD-PKK, que ha impulsado él mismo esta autogestión, y que conserva el poder real, político y militar.

Por volver sobre la comparación con España, en 1936 fueron las «premisas» de una revolución las que fueron devoradas por la guerra. En Rojava, la guerra vino primero, y por desgracia, no hay nada que anuncie que esté a punto de surgir de ella una revolución «social».

G. D.& T. L.

[1] Il Lato Cattivo, «La cuestión kurda, el Estado Islámico, Estados Unidos y otras consideraciones». En inglés aquí

[2] Rebecca Coles, Una revolución en la vida diaria. En castellano aquí

[3] El Contrato social. En castellano aquí

[4] Il lato cattivo, op. cit.

[5] Eclipse relativo de las desigualdades sociales, porque los kurdos más ricos se han librado de participar en la autogestión de los campos refugiándose en países donde las condiciones son más confortables.

[6] Zaher Baher, «Vers l’autogestion au Rojava?». Versión en castellano aquí

[7] Ídem.

[8] Billancourt es el nombre del mítico extrarradio obrero de París, donde se alzaban las fábricas de automóviles Renault, fortaleza de la clase obrera, y epónimo de esta en su conjunto. «No hay que desesperar a Billancourt» fue lo que replicó Sartre a los críticos de izquierda, estando en pleno gremio obrero con el PCF en los años cincuenta, refiriéndose a que no era obligatorio decirle la verdad a los obreros, por miedo a desmoralizarles.

[9] Zone d’Aménagement Différé (Zona de Ordenamiento Diferido): Una ZAD es un sector del interior en el que se ejerce, a beneficio de la colectividad pública, un derecho de tanteo sobre todas la cesiones a título oneroso de bienes inmobiliarios o de derechos sociales. (N. del t.)
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(Existe una versión más extensa de este texto, en inglés, en el sitio web libcom.org: Rojava: reality and rethoric)

lunes, 16 de mayo de 2016

Anarquía & Comunismo Nº 5!!!

En este número:

- Salidas democráticas y el callejón sin salida
- Apuntes críticos (en contra) de la democracia
- Afilando las palabras: Comunización (Parte I)
- "No es lo mismo pero es igual": anarquía y comunismo (Luigi Fabbri)

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[...]
Contra la política, contra la democracia

Nuestra época es la de la impotencia del individuo, de su soledad y de su incapacidad de incidir en su propio medio. El individuo capitalista, el productor-comprador de mercancías que se relaciona con su mundo a través del intercambio de estas (intercambio que a su vez  se reproduce con independencia de la voluntad de los individuos) no es sino el ciudadano demócrata que se relaciona con su vida política mediante el voto o en la vida organizativa de la política separada. En efecto, el capital y la democracia actúan como producto y a la vez reproductor de la destrucción de los vínculos sociales reales e imponiendo al individuo separado como única relación social posible. 

No es de extrañar que desarrollada hasta este punto la alienación y enajenación del ser humano reine la sensación de que el mundo se nos va de las manos, no es de extrañar que la impotencia y la soledad sea la tónica general de esta sociedad: si nuestra única participación en nuestro mundo social es en la compra y venta de productos y fuerza de trabajo, y en el mundo político en la elección: si nuestra participación social es la otra cara del trabajo asalariado en la fábrica. 

¿Podemos efectivamente contrarrestar los síntomas finales de este cuerpo enfermo si seguimos reproduciendo las causas de su enfermedad? ¿Cómo podemos pretender cambiar el total funcionamiento de este sistema social basado en el aislamiento de los individuos si seguimos pensando que nuestra sola intervención, nuestro método, nuestro programa, en tanto intervención divina de individuos por encima de la sociedad, podrá cambiar el rumbo de la sociedad completa, si seguimos pensando que lo que hace falta es que los proletarios dejen dirigirse por nuestras coordenadas, reproduciendo nuevamente la lógica de la participación pasiva-representación?

Si bien el fraude de la política separada se había visto bien y alegremente cuestionado durante el "resurgir" del movimiento revolucionario comenzando los 2000 (influenciado positivamente por la crítica situacionista muchas veces), los límites de la crítica parcial terminaron conduciendo el potencial de esta crítica a sus aspectos más banales (vida alternativa, indentitarismo, sub/contra cultura...) y terminaron por potenciar, a su vez, las nuevas versiones de la izquierda tradicional. Así como resultado a día de hoy tenemos por un lado a nuestros militantes de la vida cotidiana enfrascados en su sobrevivencia diaria en el mercado ambulante y a la neo-izquierda con look alternativo pero fiel a su estructura tradicional y tradicionalista, por ende conservadora y reaccionaria.

¡¡Y es que cuando el “revolucionario” pretende que sumando militantes a su modelo organizativo -producto directo de la política burguesa- o alzando sus quejas en tanto consumidor inconforme y aislado, es decir expresando la propia concentración de la enajenación humana, está aportando a la superación del capitalismo, no termina más que enajenando la práctica revolucionaria misma!!

¿Cómo salir entonces de este inmovilismo? ¿Cómo romper con la inercia histórica a la que nos condena el capital autonomizado? A esto nosotros respondemos: ¡Rompiendo con sus fundamentos!

El capital no es una creación maquiavélica, como la práctica revolucionaria no es iluminación divina: ambos representan procesos vivos y contradictorios pero que surgen de la realidad misma y su proceso histórico ¡no son creación de los individuos, sino que nacen siempre desde la sociedad! En ese sentido, lo fundamental de la dominación del capital es su autonomización respecto a los seres humanos que lo producen, o lo que es igual, que el desarrollo de las fuerzas productivas se hace independiente de los individuos que las crean y desarrollan: el hecho de que el objetivo de la producción de la sociedad no sea su propio disfrute y satisfacción, sino los de valorización y acumulación de un ente con cualidades cuasi místicas (el capital), expresa el estado de una sociedad que no es consciente ni de ella misma, ni de su producto.

Esta comprensión fundamental ha sido sustituida históricamente por el marxismo tradicional y su idea de que el desarrollo de las fuerzas productivas (en términos siempre capitalistas, obviamente) es sinónimo de socialismo (lo que les lleva a su eterna apología al trabajo y al proletario como tal, como si fuese cosa de orgullo nuestra desposesión), y gracias a esta los proletarios del último siglo y medio nos hemos seguido manteniendo en la búsqueda de otro "algo" que siempre nos es superior (primero dios, luego la economía, la nación, el partido, finalmente la "revolución"); más allá de una mera discusión filosófica, esta afirmación acerca del desarrollo humano es la portadora de su negación: el objetivo de la actividad humana debe ser el ser humano mismo.

La actividad revolucionaria entonces toma un carácter bastante distinto al que nos habían acostumbrado: se trata de la lucha de los proletarios por su autoconciencia, su autodescubrimiento en tanto fuerza creadora y del "dominio" consciente de su creación, de abrir la posibilidad de un mundo creado por y para nosotros mismos.

"El proyecto de Marx es el de una historia conciente. Lo cuantitativo que surge en el desarrollo ciego de las fuerzas productivas simplemente económicas debe transformarse en apropiación histórica cualitativa." (La Sociedad del Espectáculo, Guy Debord)

Para nosotros, entonces, la pregunta toma otro sentido y las formas pasan a un segundo plano. Se trata de transformar en la teoría y la práctica el conjunto de lo que se conoce como actividad revolucionaria; no se trata ya de "convencer a otros" sobre el rumbo equivocado en que va encaminada la humanidad, pues la evidencia está a la luz del día; se trata de potenciar las capacidades asociativas y creadoras de nuestra clase, de demostrar cómo somos nosotros quienes creamos la realidad y cómo podemos transformarla, de reencontrarnos en tanto comunidad humana y armarnos para la imposición de nuestros verdaderos intereses. 

Antes de eso todo es ilusión.

"La crítica de la economía política es el primer acto de este fin de la prehistoria: ‘De todos los instrumentos de producción, el más grande poder productivo es la clase revolucionaria misma’.” (La Sociedad del Espectáculo, Guy Debord)
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lunes, 9 de mayo de 2016

Carta abierta a los/as proletarios/as en Chiloé

Hermanos y Hermanas:

Hemos podido ver cómo han salido a defender el mar y la tierra que los acompaña en su diario vivir, sabemos que ustedes tienen una conexión mucho más profunda con su ambiente que nosotros que vivimos en la urbe, y por eso miramos con admiración cómo han conseguido una organización total de sus comunidades, paralizando por completo la isla, plantando cara a las fuerzas represoras que pretenden volver a instaurar el orden del capitalismo. 

Quisiéramos poder estar allá y acompañarlos en su lucha, en los cortes de ruta, en las ollas comunes, pero sabemos que el combate contra el capitalismo debe darse de manera global. Es por esto que quisiéramos contarles nuestra experiencia con respecto a nuestras luchas en la ciudad  y, al mismo tiempo, exponer nuestras ideas con respecto a su lucha. Porque sabemos que en cada movimiento que se rebela contra el poder, está el germen de una lucha mundial por recuperar una comunidad auténtica fuera de la competencia y la valorización mercantil. 

Nuestra experiencia nos empuja primero que todo a comunicar, porque creemos que si de algo han adolecido nuestras revueltas y movimientos pasados ha sido de comunicación, de conseguir instaurar una línea comunicativa  entre proletarixs que sea capaz de relacionarse estratégicamente, para así de una vez por todas librarnos del yugo capitalista y burgués. Sabemos que nosotros, los proletarios del mundo, podemos levantar un mundo nuevo, lejos de la arrogancia de políticos profesionales y autoridades que solo administran el poder que les damos para vivir sus lujosas vidas. Por eso, consideramos vital compañeros y compañeras, que no le den espacio a los políticos profesionales dentro de sus comunidades, mantengan la horizontalidad y la auto organización como pilar y principio fundamental de su movimiento, esa siempre será una ventaja ante el poder, que los quiere sumisos y jerárquicamente ordenados para así cooptar su movimiento. Quizá la única premisa que podríamos entregarles es la de tener siempre en el centro de sus actividades la tarea de RETOMAR EL CONTROL DE NUESTRAS VIDAS. De lo contrario, la dispersión, la negociación mediada por burocracias, la canalización política del rechazo general al capitalismo, será la forma que encontrará el Estado para frenar las rupturas reales del conflicto.

Por otra parte, quisiéramos ser sinceros, sabemos que muchos de ustedes quisieran volver a la "normalidad" capitalista en unos días, quizá semanas... pero a la vez sabemos que un conflicto social expresado en demandas, evidencia también un cúmulo de contradicciones que se encontraban contenidas en el funcionamiento normal del sistema, por eso quisiéramos recalcar que estas circunstancias terribles que les ha tocado vivir, no son meras casualidades o irresponsabilidades del capitalismo, son la consecuencia lógica de un sistema voraz que precisa de la devastación para su existencia, la cual no se podrá contener ni reformar con políticas ambientales, puesto que yace en su raíz la dinámica de valorización, que convierte todo lo vivo en mercancía , inherente al capitalismo y a su clase despótica, la burguesía. Vivimos este proceso en carne propia en las revueltas estudiantiles del año 2001, 2006 y 2011, en las revueltas ambientales por Hidroaysén, o en cualquier otra instancia en donde se haya respondido ante la proliferación de la catástrofe del sistema, por lo que sabemos que este es solo otro capítulo de la explotación capitalista y que las reformas políticas son mero maquillaje.

Es fundamental que nosotros, los proletarios del mundo, nos unamos no bajo siglas, ni dirigentes, sino bajo principios éticos de acción que ustedes han sabido demostrar en la acción: solidaridad, auto organización, acción directa y horizontalidad. No necesitamos partidos políticos, ni ideologías salvadoras que nos digan qué hacer, no tenemos recetas mágicas. Es urgente reivindicar la consigna de nuestros hermanxs proletarios en Argentina, y decir "¡Qué se vayan todxs!", y es aún más urgente destruir las condiciones de las que provienen para que no vuelvan más. Así mismo, es indispensable reapropiarnos del programa revolucionario de nuestra clase, nuestras formas históricas e inmediatas de lucha. Programa que es una práctica histórica de clase y no una plataforma acordada en un congreso. Las posiciones revolucionarias del proletariado –el internacionalismo, la crítica del Estado y el Capital, el trabajo, el dinero, etc.– son claves en la extensión de la revuelta y el potenciamiento de las rupturas con el orden dominante. Es así que como clase vamos entrando con más fuerza en el terreno del antagonismo radical, como vamos clarificando los objetivos de nuestras acciones y podremos dar un salto cualitativo en nuestras vidas.

Para terminar, es importante saber ante qué estamos dando la batalla, y sobre todo el para qué, puesto que el capitalismo tiene muchas formas de camuflaje, ante esto, solo cabe recordarnos que la emancipación real de los trabajadores será obra de ellos mismos o no será. La necesidad de una vida emancipada de todo lo que nos oprime y destruye, está sujeta sólo a nuestras posibilidades autónomas de clase.

Hermanos; que su potencia negadora sea la yesca que prenda la hoguera de los proletarios en todo el territorio, que la lucha contra el Estado y el Capital se expanda como la peste. Nada ha terminado, todo está por empezar. 

¡Vivan los proletarixs insumisxs de Chiloé! 
¡Que en todas partes se alcen las comunidades en guerra contra el Estado y el Capital!

Algunxs proletarixs por la comunización.

lunes, 2 de mayo de 2016

Ruptura Proletaria: Nueva publicación comunista-anárquica desde ecuador.

¿POR QUÉ RUPTURA PROLETARIA?

Porque el proletariado –que es de todos los colores, sexos, edades y lugares- existe no sólo como clase explotada sino como clase revolucionaria cuando lucha por sí misma para defender e imponer sus necesidades humanas contra el Capital, su Estado y sus reformas. Es decir que, para dejar de ser explotados, oprimidos y representados por otros, y entonces poder vivir una vida verdaderamente humana, los proletarios y proletarias no tenemos absolutamente nada que “aportarle” a esta sociedad burguesa más que su destrucción o ruptura revolucionaria.

Porque, en última instancia, todas las derrotas históricas y actuales que ha sufrido nuestra clase en todas partes se han debido a su falta de ruptura con los fundamentos y los defensores de este sistema, así como también con sus falsas críticas y alternativas. Por lo tanto, en la práctica y en la teoría, la ruptura radical y total es la esencia de la lucha del proletariado por su autoemancipación real del mundo del Capital, por la revolución universal que instaurará la sociedad sin clases ni Estado ni naciones, la comunidad humana mundial.

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Contenido:

- ¿Por qué Ruptura Proletaria?
- 1º de Mayo contra los ataques del Capital-Estado. Sobre la reforma laboral en Ecuador 
- 1º de Mayo: el proletariado mundial contra el trabajo asalariado
- De la sala de clases a la lucha de clases
- Terremoto en Ecuador: catástrofe social capitalista
- Reforma laboral y disturbios en Francia
- Sus guerras. Nuestras muertes
- Carteles contra el sindicalismo y el trabajo asalariado


miércoles, 6 de enero de 2016

Democracia, libertad y Comunidad humana (A. Guillamón)


Democracia, libertad y Comunidad humana 

Sólo nos interesa la crítica de la democracia desde el punto de vista de su superación en la práctica de unas nuevas relaciones sociales de producción, que la despojen de su actual naturaleza de clase. Crítica de la democracia y crítica del totalitarismo son al mismo tiempo crítica de dos formas distintas pero complementarias de gobierno del capitalismo.

Se trata de vislumbrar las formas y el contenido de la auto-organización propias de un mundo sin clases, sin ejército ni policías ni fronteras, sin salariado ni capital, sin Estado. La democracia representativa es una forma alienada de la libertad humana.

Cuando hablamos de libertad, hablamos de la libertad de los esclavos asalariados, de la libertad de aquellos que no tenemos poder de decisión sobre las leyes, decretos o acuerdos que afectan a nuestra vida cotidiana y al futuro de nuestros hijos. Cuando hablamos de libertad hablamos de suprimir cualquier separación entre dirigentes y dirigidos, entre representantes y representados. Hablamos de la libertad de los excluidos y marginados del sistema. Hablamos de la libertad y del poder de decisión de la inmensa mayoría, actualmente ninguneada por unas periódicas elecciones de unos representantes que no nos representan.

Libertad y democracia son opuestas y contradictorias, porque la libertad es incompatible con la existencia del Estado. En el polo opuesto, el fascismo se opone a la democracia porque considera que ésta es incapaz de una defensa eficaz del Estado.

Los fundamentos de la democracia burguesa son la desigualdad económica y la explotación del trabajo asalariado. Si la emancipación de los trabajadores de la explotación capitalista ha de ser obra de los propios trabajadores, si los trabajadores han de emanciparse por sus propios medios, si nadie nos representa ni puede representarnos porque el sistema los convierte en defensores del sistema capitalista y de su lógica electoralista, ha llegado la hora de ejercer la democracia directa desde el poder de decisión sobre todo aquello que afecta a nuestras vidas y al futuro de nuestros hijos.

La revolución social consiste en crear nuevas relaciones sociales no mercantiles, de carácter cooperativo, solidario y fraternal. Ha de suprimir las divisiones empresariales, el dinero como mediador universal y el trabajo como actividad separada de la vida cotidiana. Es una tarea inmensa, pero también es un programa irrenunciable, porque es la única vía a un mundo humano y sostenible.

El parlamentarismo es el pacto y la negociación permanente que establecen entre sí los distintos partidos del capital para encontrar la gestión más adecuada y rentable del capitalismo, que una veces puede ser la democrática, otras la fascista y a veces una sabia combinación de ambas. Una organización revolucionaria de la clase explotada no puede ser parlamentaria, y en cuanto se hace parlamentaria deja de defender los intereses de la clase explotada.

Las elecciones democráticas disfrazan la brutal y permanente violencia política, social y económica de la burguesía contra el proletariado con una papeleta de voto, a la que se atribuyen poderes mágicos y que esconde la ilusión de poder cambiar “algo” por medios parlamentarios. El Estado aparece como un árbitro neutral, pero es sólo un disfraz fetichista que en momentos de crisis no puede ocultar que su papel no es, ni puede ser otro, que el de garante del sistema capitalista en contra de las revueltas y rebeliones del proletariado.

La ideología demócrata impone la ilusión de que la democracia es el conjunto de métodos, representatividad y derecho que aseguran y reglamentan la vida social de los ciudadanos libres. La representación parlamentaria se asienta sobre la ficción de que se abandona la violencia, que el Estado es un árbitro justo e imparcial y de que todos los ciudadanos son iguales ante la ley.

El discurso sobre la democracia y los derechos humanos aparecen como inapelables y destierran en teoría la violencia de las relaciones sociales, excepto cuando atañe a los intereses económicos, impuestos tiránicamente por el FMI o el Banco Mundial a pueblos y ciudadanos indefensos con durísimas medidas que afectan a su vida cotidiana y al futuro de las próximas generaciones.

La democracia burguesa se fundamenta en la existencia de individuos aislados, insolidarios y separados entre sí, en los que la libertad de cada individuo es delimitada por la libertad de otro individuo.

La libertad sólo puede expresarse desde la Comunidad humana, en el seno de una sociedad comunista, solidaria e igualitaria que, a día de hoy, jamás ha visto la luz en el planeta.

El comunismo presupone la destrucción del Estado, del dinero y de las empresas, esto es, de la separación entre productor y producción. La Comunidad humana no es democrática ni totalitaria; está más allá de la política. Se fundamenta en la desaparición de ese individuo egoísta, aislado e insolidario, propio de la sociedad burguesa y del capitalismo. Da paso al espécimen humano solidario, insertado en una colectividad, que coopera con los demás seres humanos y desea proteger a las generaciones futuras, sin más ambición ni perspectiva que el de conservar los recursos naturales y mejorar el porvenir de la especie, hoy amenazada de extinción.

Libertad y poder van íntimamente unidos. No hay libertad sin poder. Libertad es siempre el poder de decidir sobre todas aquellas cuestiones que afectan a nuestra vida cotidiana y al futuro de nuestros hijos. Libertad es siempre el poder de hacer cosas sin limitaciones por parte de organismos ajenos a la Comunidad humana, sin sumisiones a fetiches de ningún tipo, ya sean el Estado, la patria, el líder o la Sagrada Economía.

Libertad es el poder colectivo de acordar las prioridades y la satisfacción de las necesidades por parte de la Comunidad humana, fruto de la propensión de los humanos a asociarse y a transformarse en esa asociación.

Que las relaciones entre individuos en la sociedad capitalista otorgan el poder a determinados líderes para representarnos a todos y decidir sobre todo, en lugar de la mayoría. Esa representatividad eterna, esa delegación del poder de decidir se fija en formas permanentes de representación: las instituciones estatales. La existencia de ese poder institucionalizado es incompatible con la libertad. Estado y libertad son incompatibles. Individuo y libertad son polos opuestos, porque la individualidad egoísta es propia de la sociedad capitalista y de su separación de los individuos respecto a la Comunidad humana. La libertad sólo es posible en el seno de la comunidad, como partícipe de una colectividad en una sociedad comunista, como miembro de la especie humana.

La abolición del Estado supone oponerse a una sociedad en la que los diversos poderes están institucionalizados, centralizados y jerarquizados con el único objetivo de perpetuar la división de la sociedad en clases. Poder y libertad son inseparables. La libertad es el poder de actuar sobre la realidad y las condiciones de nuestra existencia para transformarla. La libertad no es una bella idea abstracta y luminosa, pero inoperante, sino una lucha constante, una organización eficiente y una conquista histórica. Un esclavo sólo puede ser libre cuando lucha por su libertad y en ese mismo combate, aunque perezca en la lucha.

La libertad es una idea que nace con la emancipación práctica del individuo en el seno de sociedades esclavizadas y autoritarias, que sólo alcanzará su objetivo y realización final en una sociedad sin clases y sin Estado en la que los individuos dejen de estar separados y enfrentados porque forman parte de la Comunidad humana en el seno de una sociedad comunista y solidaria.

La democracia es el terreno privilegiado de la contrarrevolución, donde los intereses divergentes de la sociedad capitalista se reconocen en su oposición, a condición de plegarse siempre al llamado “interés general”, esto es, al respeto al Estado como árbitro “neutral”. En sus comienzos la democracia sólo fue política y el Estado democrático aparecía como defensor de la comunidad de seres humanos creada por el sufragio universal. Su separación de la vida social era patente. El patrón se limitaba a comprar la fuerza de trabajo al menor coste posible, o a aumentar la jornada laboral sin aumentar los salarios. La principal intervención del Estado era la represión obrera.

Más tarde apareció el Estado del bienestar, y en tiempos de Bismarck el Estado ya aparecía como regulador e intermediario que aseguraba salarios, seguridad social, horarios de trabajo, así como una fuerte presencia de la socialdemocracia en el Parlamento que aseguraba la posibilidad de importantes reformas y la integración del movimiento obrero en la sociedad y el Estado alemán. El llamado Estado del bienestar alcanzó su cénit en Estados Unidos, Europa y Japón en los treinta años que siguieron al final de la Segunda guerra mundial. Capitalismo y democracia aparecían como el mejor de los mundos posibles en toda la historia de la humanidad: una sociedad imperfecta pero mejorable.

Tras la crisis de 2008, y la consiguiente depresión, el Estado del bienestar ha quebrado en todas partes y hoy los individuos están sometidos a influencias impersonales y deshumanizadas, que obedecen ciegamente a la lógica abstracta, incomprensible e irracional de la Sagrada Economía. Jamás los individuos se habían enfrentado a una dominación tan impersonal, omnipresente, ajena y extraña, tan intangible como la actual.

En otros tiempos se podía soñar con matar al tirano, e incluso a veces las grandes revoluciones lo hacían, como sucedió con Luis XVI. Hoy es una tontería creer que cambiaría algo derrocando o juzgando al tirano tal o cual, o a tal o cual líder. Sería un gesto tan inútil como votar a su favor o en su contra. Cuanto más impotente es el “ciudadano” para cambiar su vida cotidiana, más debe escenificarse la infinita conquista de derechos ficticios en el teatral escenario de las elecciones democráticas. Goza de especial relieve mediático y propagandístico la puesta en escena del derecho a designar a nuestros representantes en el municipio, las autonomías o el Estado. Representante que de hecho no representa nada ni a nadie, como no sea los intereses de los grandes grupos de presión (lobbies) o del interés general del capital financiero internacional.

Pero la gente sigue votando a sus representantes, incluso ilusionada cuando aparecen nuevas caras, ya que por lo menos se nos garantiza que no vivimos bajo una dictadura totalitaria donde el terror es permanente y se practica la tortura en los sótanos de los ministerios. Mejor la democracia que un terror policial y estatal evidente. Y es así como el terror domina incluso en territorios donde no se practica la tortura y en el pensamiento de individuos no amenazados. Por eso, en todos los países, surgen democráticas leyes mordaza que reducen a la nada derechos y libertades de expresión, de asociación, de manifestación, de sindicación y huelga… que protegen el derecho de nuestros representantes a representarnos y anularnos política y socialmente.

Agustín Guillamón
Barcelona, noviembre 2015

lunes, 28 de diciembre de 2015

Nuevo número de la publicación "Anarquía & Comunismo"

Anarquía & Comunismo Nº 4.

- Terrorismo espectacular: cuando la economía capitalista colapsa, la guerra imperialista hace su trabajo (apuntes sobre el conflicto en Medio Oriente y la amenaza terrorista en Europa)

- ¡Solidaridad con l@s compañer@s secuestrados por el Estado!

- La confianza está rota: el escándalo de la colusión se toma las pantallas

- Afilando las palabras: Definiciones de mercancía y socialdemocracia.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Carta abierta a los proletarios en Grecia

CARTA A LOS PROLETARIOS EN GRECIA

Hermanos y hermanas,
Durante fines del año 2001 y principios del año 2002, aquellos que vivimos bajo el control del Estado Argentino experimentamos una situación muy similar a la que viven hoy en día millones en Grecia. Para nosotros es difícil conversar con otros proletarios en nuestra región, ya que pese a que sólo ha pasado una decena de años, la memoria de la lucha vivida y las perspectivas que se abrieron parecen haberse extinguido... y eso nos desespera. Es indispensable evitar que se olviden las experiencias, que siempre estemos comenzando desde cero. Es por eso que queremos compartir algunas precisiones con ustedes, nuestros hermanos. Porque la crisis no tiene nada de griega ni de argentina, no hay soluciones nacionales frente a un problema global.

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Ha sido a partir de la “crisis de deuda” del Estado griego y particularmente cuando el gobierno de Tsiripas decidió aplicar el corralito1 en vuestra región que la prensa, los políticos, los especialistas de nada y los opinadores de todo, han intentado hermanarnos a través del espejo invertido del Capital. Para nosotros ese es tan solo otro capítulo de la explotación capitalista, la cual nos hermana como proletarios y como tales no somos una mera imagen reflejada ante las circunstancias de cada región: somos una misma clase.

Aquí el discurso oficial mantiene el plan de igualar la imagen de la revuelta a la del desastre, fundiendo en un mismo plano la miseria ocasionada por la dictadura de la economía y el fuego de la revuelta. Los políticos, que eran blanco del grito «que se vayan todos» que recorrió toda la región durante el 2001 y parte del 2002, naturalmente denunciaban aquella consigna como vacía. Hoy nos dicen que estamos mejor, que el pueblo recuperó la confianza en la política y en la economía. La corte de periodistas hace lo propio, como ya lo hicieron hace más de una década. Lo devastador es que gran parte de los proletarios creen, aunque sea a medias, todas esas mentiras y además, contra toda evidencia, nos quieren convencer que somos pocos y tenemos poca fuerza para imponer nuestras necesidades.

«Que se vayan todos» no era solo un grito contra el presidente de la Rúa, quien la noche del 20 de diciembre huía en helicóptero desde el palacio presidencial ante una masiva protesta callejera que se saldó con 31 muertos. No era solamente un grito contra el ministro de economía Cavallo que ejecutó las medidas para contener la crisis financiera que movilizó a una parte de los ahorristas2, pero que ante todo significaba la pérdida de puestos de trabajo y la pauperización de la vida de millones de proletarios. 

Tampoco era contra el capitalista particular que en vista del “colapso económico” huía en búsqueda de nuevos horizontes de ganancia. El «que se vayan todos» contenía todo el descontento, la rabia y la frustración de que nuestras vidas son decididas por fuera de nuestras necesidades y deseos. Que hayamos asumido a nivel consignas la importancia de la destitución de quienes arruinan nuestras vidas, conocerlos con nombres y apellidos, fue sin dudas un paso adelante en la lucha.

Uno de los problemas más importantes fue no haber llevado aquella oposición hasta el fondo de la cuestión. Se decía que esa desconfianza en los políticos era débil porque no era propositiva, ¡esa era su fuerza! La debilidad se encontraba en que, si bien se desconfiaba totalmente de los representantes, aún se tenía algo de confianza en el sistema. La ideología dominante es la de la clase dominante y esa ideología es una fuerza material que se percibe abiertamente en esas ocasiones de incipientes rupturas. Así mismo, el movimiento que se gestó en aquel momento solo puede vislumbrarse comprendiendo los intereses materiales antagónicos de la burguesía y el proletariado en conflicto. El hecho de que muchos proletarios tengan ilusiones democráticas o reformistas es una debilidad y como tal hay que combatirla. Debemos combatir la confianza en el Estado así como la confianza en la relación social capitalista (incluso cuando a nivel discursivo se esté contra el capitalismo).

Era urgente el «que se vayan todos» ¡y aún lo es! Y es urgente destruir las condiciones de las que provienen para que no vuelvan más. Con esa destrucción no nos referimos solamente a tal o cual edificio, o eliminar a tal o cual autoridad. No esperamos milagros de la acción directa... Sabemos que incluso acciones con un espíritu combativo como el incendio de comercios o el saqueo de alimentos para la distribución comunitaria pueden volverse parte del paisaje político. Sin embargo, es indispensable, y junto con la reapropiación del programa revolucionario de nuestra clase, son nuestras formas inmediatas de lucha. Programa que es una práctica histórica de clase y no una plataforma acordada en un congreso. Las posiciones revolucionarias del proletariado –el internacionalismo, la crítica del Estado y el Capital, el trabajo, el dinero, etc. – son claves en la extensión de la revuelta y el potenciamiento de las rupturas con el orden dominante. Es así que como clase vamos entrando con más fuerza en el terreno del antagonismo radical, como vamos clarificando los objetivos de nuestras acciones.

Además, durante años la izquierda nos estuvo dando geniales muestras de su cinismo e ignorancia: «¡Que la crisis la paguen los capitalistas!» nos decían... Como si fuera posible jugar con la economía y volcarla a nuestro favor. Aquellos que quieren gestionar y ser gobierno nunca comprendieron la gravedad de la situación en la que nos encontramos, lo fuertes que son nuestras cadenas, el verdadero carácter social de la explotación. Son también ellos quienes nos subestiman, quienes sometieron a miles de proletarios en nuestra región a la vida del subsidio, a una existencia victimista y pasiva. Quienes nos proponían unir nuestra lucha con los ahorristas y los burgueses que caían de la pirámide social. Los que solo salieron a la calle cuando peligraban los dólares de su cuenta bancaria. Los fanáticos del ascenso social que lloraban ante la perspectiva de vivir la misma vida que nosotros, sus empleados.

Toda la miseria que significa la administración de la vida presente persiste pese al cambio de uso de un tipo de moneda, se trate de pasar del Euro a un nuevo Dracma o de Dólares a Pesos o a papeles para el trueque. Todo el proceso que significa la acumulación de Capital y desarrollo del valor no cambia si quiera si se intenta cambiar la forma de organización del trabajo (pasar de la gestión particular de una empresa a la gestión obrera), ni siquiera si se cambia la forma de gestión política (democracia representativa, dictadura cívico-militar3, asambleas populares). De lo que se trata es de destruir todo cuanto hace necesario que de una u otra forma tengamos que producir valor o perecer.

La revolución que necesitamos es para dejar de ser explotados y oprimidos, es decir seres humanos proletarizados, es por la vida y no por la administración del orden social existente. Aquí en Argentina se hizo pasar la lucha combativa por una mejor vida como lucha por el trabajo, sin patrón a la vista pero trabajo al fin. Así “salvamos la nación”, así también demostramos una vez más -y no lo asumimos como clase- que la vida y el orden social vigente se llevan a las patadas.

Los pequeños emprendimientos productivos para sobrevivir subsumieron la sociabilidad combativa que habíamos generado, convirtiéndose en el sostén de la economía nacional en detrimento de toda posibilidad de superación revolucionaria. Ese autogestionismo fue puesto en marcha por personas sin empleo que no tenían otra forma de conseguir trabajo, así como por trabajadores que tenían que poner a andar el lugar de trabajo luego de la huida del patrón endeudado. En muchos barrios estos proyectos eran parte de una solidaridad de clase palpable, compartiendo en la calle, protestando y solucionando sus problemas sin pedir nada al gobierno. Luego muchos de estos emprendimientos se vieron forzados a solicitar subsidios al Estado para poder sobrevivir. Del mismo modo pedir a “papá Estado” se volvió un motivo de lucha, que a veces precisa de cortes de rutas o calles e incluso enfrentamiento con la policía y otras acordar con las mafias sindicales, patronales, políticas o territoriales, cambiando la forma de la protesta pero no su contenido.

Sabemos que en varios países se insiste una y otra vez con el ejemplo argentino de la autogestión. Para nosotros el gran ejemplo argentino que se vendió al mundo es cómo se logró la canalización de las luchas hacia la producción y el progreso de la economía ¡haciéndolo pasar por lucha combativa! La lucha no debiese ser una herramienta para el uso de la burguesía con la cuál ésta pueda dar vueltas al engranaje y ajustar la máquina del progreso capitalista ¡La lucha en su sentido radical debe ser lo que ponga freno a ese progreso! ¡Es la destrucción del engranaje!

Esperamos que todo esto que les contamos pueda interesarles y de algún modo les sirva. Que sepan que estas propuestas han sido y son un verdadero freno a la furia y creatividad proletaria en los momentos de revueltas. Ahora, si se quiere uno acomodar a los mandatos de la normalidad capitalista, todas estas reflexiones que hemos puesto en común tienen poca importancia. El autogestionismo olvida o quiere hacer olvidar que la explotación reside en las condiciones de producción capitalista y no cesa por cambiar las etiquetas ni mucho menos gracias a buenas intenciones. Ocultar la explotación es ocultar el carácter de clase de la sociedad en que vivimos. Sabemos lo duro que es buscarse la vida, nosotros mismos hemos recurrido a estas prácticas para seguir día a día. Pero también sabemos que la realidad no se transforma trabajando mucho y ganando poco, exigiéndole al Estado que haga de protector y mucho menos relacionándonos con nuestros semejantes como tristes productores y consumidores. Hemos visto a tantos convertirse en su propio patrón, en su propio cronometrador, en publicistas permanentes de sus productos.

Llegado el momento, para cualquier subversión, la única perspectiva posible si se pretende una vida radicalmente distinta para todos, es la perspectiva revolucionaria. Es necesario saber ante qué estamos dando batalla y ante todo, para qué la estamos dando, pues si alguien viene a decirnos que las fábricas tomadas bajo control obrero en Argentina son una experiencia liberadora y de “empoderamiento” de los trabajadores, no podemos más que decir que la explotación del ser humano persiste en esos lugares de producción, aunque sea organizada de forma asamblearia, y sin siquiera poner en cuestión el desarrollo del Capital. Bien lo ha entendido esto la presidente saliente Cristina Kirchner cuando dice que «la Argentina es una gran fábrica recuperada», para ejemplificar que es mediante el sacrificio de las condiciones de vida del proletariado que el capitalismo puede seguir desarrollándose en el país. Bien lo sabe Tsiripas y su coalición de gobierno izquierdista cuando llaman a la movilización del proletariado griego contra las imposiciones de la Unión Europea y la mafia capitalista para finalmente someterlo a un ajuste más duro que incluso al pactado por la burguesía mundial.

Es que precisamente, de lo que estamos hablando es de la vieja lucha de clases, del antagonismo social que solo puede acabar mediante la superación de ésta vida o que puede mantenerse pero con nosotros como combustible fósil para sus motores.

En ésta noche, mientras el viento hace prever que una tormenta se acerca, el impulso hacia una vida plena nos da la certeza de que no hay tiempo para descubrir nuevas formas de gestionar éste mundo de muertos. La necesidad de una vida emancipada de todo lo que nos oprime y destruye, abierta a nuestras posibilidades, contradicciones y deseos ha de ser nuestra única propuesta.

¡Luchemos en todas partes contra el Capital y su Estado!

Los amigos de la negación.
Primavera de 2015 en la región argentina.