miércoles, 14 de octubre de 2020

Virus, el mundo de hoy (Gilles Dauvé, septiembre 2020)


VIRUS, EL MUNDO DE HOY (Gilles Dauvé)

Nota introductoria Vamos Hacia la Vida: Lo que difundimos a continuación, corresponde a la traducción que realizamos de un texto de Gilles Dauvé publicado el 25 de septiembre de 2020 en el blog DDT21. El autor ha participado en proyectos como la librería La Vieille Taupe durante los años 60 en Francia, en publicaciones como La Guerre Sociale en los 70 (aunque termina rompiendo con esta), La Banquise y Le Brise-glace en los años 80, Troploin desde fines de los años 90 y más recientemente ha publicado sus escritos en el blog al que hacemos mención. Los grupos en que ha participado forman parte de la corriente comunizadora surgida a mitad de los 70, como una respuesta a las derrotas proletarias de ese entonces y la necesidad de repensar los procesos revolucionarios, definiendo como cuestiones centrales del cambio radical en las relaciones sociales, la superación del trabajo asalariado, el Estado, el productivismo, junto con todos los modos de vivir cotidianos que implica la reproducción de la sociedad del capital.

Así, el texto que presentamos explora desde esa perspectiva la proliferación del coronavirus a nivel global desde principios del 2020. Pero las raíces del fenómeno del covid-19 y sus efectos en la dominación capitalista y/o luchas o revueltas proletarias, no se pueden abordar desde su aspecto cuantitativo o reformista (ya sea abogando por un capitalismo verde o un mayor “Estado social”). Las causas profundas son sociales y medioambientales y tienen relación directa con la realización material de la utopía capitalista del “progreso”, por lo tanto su profundización en intensidad y extensión, su evolución normal en el futuro, sólo puede amplificar incesantemente la destructividad sobre la biosfera terrestre y por ello también del habitad humano. El Coronavirus y su tratamiento estatal es expresión de esta contradicción interna irresoluble, a la cual las clases dominantes no pueden responder más que con las mismas lógicas mercantiles, colocando la economía por sobre nuestras vidas y desplegando un Estado policial y militar generalizado. El problema es el propio modo de vida a que nos empuja la exigencia de crecimiento infinito del valor mercantil para reproducir su existencia, y como correlato, nuestras vidas integradas en aquel movimiento autodestructivo. Ni la digitalización y tele-existencia, ni un capitalismo sustentable, ni la ilusión democrática por una nueva constitución son salidas viables a esta actual enfermedad civilizada. Las catástrofes venideras de la crisis ecológica ya las predicen y calculan los propios científicos con antelación de décadas. Y si bien la pandemia actual o venidera expone y acentúa aún más las contradicciones, más vale desechar todo ensueño fetichista por las catástrofes como antes lo era la “crisis económica” en el sentido de apertura a una posibilidad revolucionaria. Las catástrofes venideras no harán por sí solas que las luchas se radicalicen y que apunten al corazón de la dominación mercantil: el trabajo asalariado, así como a pesar de la previsión de degradación a futuro en nuestras condiciones de vida (a medida que avanza el desarrollo capitalista) y por mucho que esto haga surgir revueltas en diferentes partes del globo, como ha ocurrido desde 2019, la “simultaneidad no es sincronización, la yuxtaposición no es confluencia, ni la unión es sinónimo de superación”, pues mientras el movimiento de la humanidad proletarizada en la lucha contra el capital se limite a reivindicaciones de reformas, y se mantenga la separación de las luchas en relación a los diferentes aspectos y dimensiones de la dominación social (clase/Estado, conflictos en el trabajo, relaciones de género, opresiones raciales, identitarias, destrucción ecológica) vertebrada hoy por la relación social capitalista, el porvenir parece ser predominantemente el de un Estado reforzado de forma creciente en cuanto a control social, político y policial/militar de la “población”, el cual se ampara en nuevas tecnologías. Es en este sentido particular que encontramos la importancia de discutir la cuestión de los contenidos en las luchas actuales contra el orden capitalista existente, para poder autocriticar y afilar nuestra propia práctica de auto-negación proletaria y afirmación comunista.

"VIRUS, EL MUNDO DE HOY"

Hasta los primeros días de 2020, cuando oyó hablar de un “virus”, el occidental pensó primero en su computadora (el asiático estaba sin duda mejor informado). Por supuesto, nadie ignoraba el significado médico de la palabra, pero estos virus se mantenían alejados (Ébola), relativamente silenciosos a pesar de las 3 millones de muertes anuales por SIDA, incluso triviales (la gripe invernal, causa de “sólo” 10.000 muertes en Francia cada año, la mayoría, personas de edad avanzada y que padecen enfermedades crónicas). Y si la enfermedad golpeaba, la medicina hacía milagros. Incluso había abolido el espacio: desde Nueva York, un cirujano operaba a un paciente en Estrasburgo. En aquel entonces, eran más bien las máquinas las que se enfermaban.

Hasta los primeros días de 2020.

1 / ENFERMEDAD DE CIVILIZACIÓN

1.1 / Morimos como hemos vivido

Una enfermedad contagiosa con una velocidad de propagación muy superior a la de la gripe, el covid-19 provoca pocos casos graves, pero su gravedad es extrema, sobre todo en las personas de riesgo (especialmente después de los 65 años), y requiere una hospitalización “intensa” de los pacientes en peligro mortal. De ahí también la necesidad (muy tardíamente realizada en Francia) de hacer exámenes masivos.

Las epidemias y pandemias no han esperado a la época contemporánea.

En el Imperio Romano, la peste habría cobrado casi 10 millones de víctimas entre 166 y 189. Tras la Primera Guerra Mundial, se atribuyeron entre 20 y 100 millones de muertes a la gripe “española” (que incluye entre 150.000 y 250.000 en Francia). Al mismo tiempo, el tifus, causado por una bacteria, mató a 3 millones de rusos durante la guerra civil. En 1957-1958, la gripe “asiática” originó la muerte de unos 3 a 4 millones de personas en todo el mundo (15.000 a 20.000 en Francia). Se estima que la gripe de “Hong Kong” provocó 1 millón de muertes a través del mundo entre el verano de 1968 y la primavera de 1970, de las cuales 31.000 fueron en Francia.

Muchas cifras pues, a veces muy inciertas (entre 20 millones y 100, la diferencia es enorme), siempre impresionantes, y que a menudo se refieren a episodios olvidados de la memoria colectiva: antes de febrero de 2020, ¿quién recordaba en Francia las muertes de 1968-1970? En ese momento, el Estado no había adoptado medidas generales de salud pública, y la prensa ignoraba o minimizaba la epidemia.

El covid-19 va acompañado de un aluvión de estadísticas que son tanto más difíciles de entender cuanto que sus criterios varían. Todo cambia según se registre el número total de muertes desde el comienzo de la epidemia o del día, los contagios, el aumento del número de contagios en comparación con una fecha determinada, la tasa de transmisión, las hospitalizaciones o las camas ocupadas en cuidados intensivos. En Francia, la multiplicación de exámenes (poco numerosos en los primeros meses) incrementa la cifra de contagios, mientras que el número de muertes diarias disminuye. Cuantos menos exámenes haga un país, menos casos contabiliza, lo que no significa que haya menos enfermos o muertos.

Ahora, se supone que todo el mundo sabe la diferencia entre morbilidad, mortalidad y letalidad. Sin embargo, es necesario distinguir entre tasa de letalidad aparente y real. Sólo la segunda indica la relación entre el número de muertes y los casos efectivamente testeados como positivos; la primera se basa únicamente sobre la estimación de los que se han infectado.

Por muy interesante que sea, esta contabilidad, inevitablemente incompleta, sólo revela un aspecto de la pandemia: su magnitud (probablemente un millón de muertes en todo el mundo en 2020). No dice prácticamente nada sobre sus causas sociales y sus efectos.

Como toda enfermedad grave, el covid-19 puede matar a personas debilitadas, por la edad, por otra enfermedad y/o por un modo de vida debilitante: mala alimentación, contaminación atmosférica y química —la que se encuentra en el aire mataría entre 7 y 9 millones de personas en el mundo, de 48.000 a 67.000 en Francia—, el sedentarismo, el aislamiento, la vejez sin trabajo y por lo tanto estando fuera de la sociedad —todos ellos factores que contribuyen a la diabetes y al cáncer… terreno favorable para el covid. De los 31.000 fallecimientos registrados en Francia a finales de agosto de 2020, se cree que al menos 7.500 se deben a una comorbilidad (vinculada en una cuarta parte de los casos a la hipertensión arterial y en una tercera parte a enfermedades cardíacas).

Factores diversos y no cuantificables se conjugan para crear un exceso de mortalidad, con una dimensión de clase: por ejemplo, los pobres comen más comida chatarra, y la obesidad es más frecuente entre ellos. Y la tuberculosis (1.500 millones de muertes en el mundo en 2014) ha reaparecido con el empobrecimiento y el hacinamiento urbano. Cuando estás enfermo, es mejor ser rico… y por lo general blanco. “Cuando un blanco está resfriado, un negro contrae neumonía”, dicen en los Estados Unidos. Sin olvidar, en este caso, el costo humano del confinamiento: desempleo, ansiedad, depresión, aislamiento para el residente de una EHPAD (Établissement d’hébergement pour personnes âgées dépendantes / Institución Residencial para Personas Mayores Dependientes)…

La civilización capitalista no creó el covid-19, pero favorece su difusión, a través de la circulación cada vez más extensa de seres humanos y mercancías, una urbanización mundial acelerada y a menudo insalubre, y la degradación de los mecanismos de seguridad social en los llamados países desarrollados. (Volveremos a esto en el §2.)

“Gobernar es prever”: una regla que la sociedad capitalista no ignora, pero que aplica según sus propias lógicas. Cuando prevenir es un obstáculo a la competencia entre empresas, a la búsqueda del coste mínimo de producción, al beneficio y a los intereses a corto plazo de la clase dominante, la prevención pasa a un segundo plano. El principio de precaución jamás será una prioridad en una sociedad que es capaz a lo sumo de gestionar una crisis sanitaria, pero no de prevenirla.

En nuestro mundo, sólo lo mensurable sería “científico”: los factores sociales y medioambientales que juegan un rol importante en la propagación de las enfermedades son difíciles de cuantificar, por lo que escapan al análisis estadístico.

En cualquier caso, el modo de vida occidental no parece ser una ventaja.

1.2 / Cronología de una gestión por expedientes

“Debemos comenzar reiterando, a riesgo de escandalizar hoy, que la pandemia del Covid-19 debería haber permanecido como lo que es: una pandemia ligeramente más viral y letal que la gripe estacional, cuyos efectos son leves en una gran mayoría de la población, pero muy graves en una pequeña fracción. En cambio, el desmantelamiento del sistema de salud europeo y norteamericano que comenzó hace más de una década, ha convertido este virus en una catástrofe sin precedentes en la historia de la humanidad que amenaza a nuestros sistemas económicos en su totalidad. […] Habría sido relativamente fácil contener la pandemia mediante la detección sistemática de las personas infectadas tan pronto como aparecieron los primeros casos, trazando sus desplazamientos y la colocando en cuarentena selectiva a las (muy pocas) personas afectadas. […] La técnica de los exámenes de detección no es nada complicada, sólo requiere la organización y el equipamiento que sabemos producir. […] Al mismo tiempo que se distribuyen mascarillas de forma masiva a toda la población susceptible de estar contaminada para reducir aún más los riesgos de diseminación”. (Gaël Giraud, 24 de marzo de 2020)

Obviamente, no es eso lo que estamos viviendo.

¿Por qué uno de cada tres terrícolas ha sido confinado durante semanas, y en riesgo de que sean confinados nuevamente si los Estados lo consideran necesario?

Si es cierto que la internacionalización del capitalismo lo hace vulnerable, esto no es suficiente para explicar la parálisis parcial de la economía mundial: ¿por qué se ha detenido la producción y la circulación? ¿Por qué la lucha contra el contagio ha tomado la forma de un encierro de las poblaciones, con el cierre forzoso de algunas empresas?

Primer momento: Advertencia

“A principios de 2018, en una reunión de la Organización Mundial de la Salud […] un grupo de expertos […] acuñó el término ‘enfermedad x’. Predijeron que la próxima pandemia sería causada por un nuevo patógeno desconocido que aún no había entrado en contacto con la población humana. La enfermedad x probablemente provendría de un virus de origen animal y surgiría en algún lugar del planeta donde el desarrollo económico favorece la interacción entre humanos y animales. Es probable que la enfermedad x se confundiera con otras enfermedades al inicio de la epidemia y se propagara rápida y silenciosamente […] explotando las redes de viajes y comercio […] La enfermedad x tendría una tasa de mortalidad más alta que la gripe estacional”. (Michael Roberts, 15 de marzo de 2020)

Segundo momento: Negación

Menos de dos años después, cuando apareció lo que tenía todas las características de esta enfermedad x, los Estados comenzaron a minimizar o negar el problema.

“Cuando, el 31 de diciembre de 2019, las autoridades de Taiwán advirtieron a la OMS sobre los peligros del virus de fácil transmisión, la dirección de la OMS cuestiona la gravedad de la situación y se hace portavoz de China. El 14 de enero […] la OMS niega que el virus sea contagioso entre los humanos. Por consiguiente, la pandemia resultante permaneció invisible por largo tiempo en los diversos países afectados, tanto en Asia como en Europa, que en general la detectaron varias semanas más tarde. El 30 de enero, el director de la OMS […] viajó a China donde afirmó que la situación estaba bajo control y felicitó a las autoridades chinas […] desaconseja también cualquier restricción de desplazamientos y viajes mientras que Taiwán ya está cerrado bajo control desde hace un mes”. (Jean-Paul Sardon, 28 de abril de 2020)

Privilegiando los intereses económicos, los Estados no han adoptado medidas de protección, por ejemplo, instaurando controles sanitarios en los puntos de entrada a su territorio.

En Francia, el domingo 14 de marzo de 2020, el buen ciudadano fue llamado a salir para ir votar en las elecciones municipales.

Tercer momento: La gestión sanitaria tiene prioridad sobre la economía

Ante la magnitud de la epidemia, los gobiernos no podían abstenerse de reaccionar, pero sólo según sus propias lógicas y con sus propios medios. En un país como Francia, el acontecimiento revela hasta qué punto la seudo-abundancia oculta una verdadera escasez: la “séptima potencia económica mundial” carece de enfermeras/os, de camas de hospital, de exámenes, de medios de protección… En marzo de 2020, el confinamiento generalizado —que condujo a la paralización parcial de la producción y el comercio— demostró ser el único medio disponible para limitar temporalmente una enfermedad cuya peligrosidad era poco conocida.

En Francia, el martes 16 de marzo, el buen ciudadano fue obligado a quedarse en casa bajo pena de castigo.

Cuarto momento: De vuelta al trabajo —casi— como siempre

Después de unos dos meses, la pandemia, lejos de haber terminado, y aún más mortífera en algunos países, parecía manejable sin desestabilizar las sociedades. Además, se constató que la gran mayoría de los muertos habían pasado la edad de ir a trabajar (en Francia, entre el 1 de marzo y el 28 de agosto, el 90% de los muertos superaban los 65 años), y que, para los trabajadores, la probabilidad de morir a causa del covid era baja: por lo tanto, era urgente enviarlos de vuelta al taller o a la oficina —con la promesa de una protección adecuada, por supuesto. Al mismo tiempo que se suavizan las restricciones y prohibiciones en la vida cotidiana (aunque a veces se empeoran en otros países).

1.3 / “¡Y bien! La guerra” (La Marquesa de Merteuil, Choderlos de Laclos, Las amistades peligrosas, 1782)

Los gobiernos e instituciones se proclaman en guerra contra un “enemigo invisible”. Tomémosles la palabra.

Tanto si un país gana como si pierde una guerra, para sus clases dirigentes el costo no es insignificante, y a menudo resulta ser exorbitante: pueden dejar toda o parte de su riqueza o poder atrás. Pero la racionalidad de un conflicto no puede comprenderse ni medirse en libras esterlinas o dólares. Un Estado no va a la guerra para ganar dinero, y lo que lo determina no es una lógica de negocios: es el resultado de fuerzas y (des)equilibrios sociales y políticos, al interior como al exterior del país. La decisión que se tome será, en última instancia, acorde al interés de las clases dominantes, tal como ellas lo conciben. Las élites dirigentes de los cuatro imperios (alemán, austriaco, ruso y otomano) que desaparecieron después de 1918 se habían lanzado en 1914 a una guerra de la que esperaban salir fortalecidos. En bastante menor grado, los invasores del Iraq en 2003 no habían previsto el Estado islámico.

Los gobiernos conocen desde hace décadas las causas y los efectos del calentamiento climático, contra los cuales sólo han proporcionado paliativos. ¿Por qué actuarían de otra manera ante una pandemia? Incapaces de tomar precauciones para las personas mayores que ya padecen enfermedades graves, de testear masivamente, de poner a cualquier persona infectada en cuarentena, y de hospitalizar en buenas condiciones los casos extremos, les quedaba la solución menos mala y más fácil para ellos: establecer una especie de “bloqueo social”.

Ante una crisis de la cual no podían ni querían tratar las causas (formaban parte de ella), las clases dominantes la administraron sin dejar de hacer todo lo posible por mantener su poder. Las respuestas han variado en extremo, desde Alemania hasta Brasil, con sanciones que van desde seis meses de prisión en Francia hasta siete años en Rusia. Pero en todos los casos, la gestión de la epidemia y el control de la población son una sola y misma cosa: en Francia, la salida al bosque se prohibió durante el confinamiento, porque sus amplios espacios, aunque favorecen el “distanciamiento físico”, hacen más difícil la vigilancia. El precio que deben pagar las clases dominantes (riesgo de descrédito político, pérdida de producción y, por tanto, de beneficios) no es pequeño, pero secundario en comparación con el imperativo de mantener el orden, social, político y sanitario al mismo tiempo.

Incluso Corea del Sur y Taiwán, a pesar de haber practicado masivamente exámenes y distribuido mascarillas, limitando así el confinamiento a los casos probados, tuvieron que frenar sus economías altamente orientadas a la exportación, ya que el resto del mundo se cerró. Del mismo modo, Alemania, a pesar de un confinamiento muy diferente al de Francia, por ejemplo, se vio obligada a limitar sus actividades comerciales.

El resultado, una huida hacia adelante finalmente muy racional: un gran número de países se inyectó una dosis (fuerte pero provisional, se espera) de reposo forzoso antes de volver en buena salud y más bello.

Pero en la novela de Laclos, la belicosa marquesa termina bastante mal.

2 / CADA CUAL SEGÚN SU CAPITALISMO

Si es cierto que el gobierno francés trata a su pueblo como niños, y el gobierno alemán como adultos, uno se sorprende por la oposición entre el carácter muy preventivo del sistema de salud en Alemania, en comparación con una Francia que sólo ha sido reactiva.

Tanto bajo gobiernos de derecha como de izquierda, entre 1993 y 2018, Francia recortó 100.000 camas de hospital, y al principio de la crisis sólo tenía capacidad para testear a 3.000 personas al día.

Alemania, por otro lado, fue capaz de testear 50.000. Este país está lejos de ser un paraíso del Estado de Bienestar: el trabajo precario está institucionalizado, la tasa de pobreza se aproxima a la del Reino Unido, y también allí el hospital está sujeto a imperativos de rentabilidad. Pero Alemania se beneficia del capitalismo más sólido de la Unión Europea, basado en su poder de exportación, que garantiza una mejor reproducción de la sociedad —y de la fuerza de trabajo— y permite evitar recortar demasiado los presupuestos sociales, en particular el gasto en atención sanitaria.

Como Francia no dispone de estas ventajas (la industria representa el 15% del PIB, frente al 25% en Alemania), al principio de la crisis disponía de 7.000 camas de cuidados intensivos (que luego aumentaron a 10.000), contra 25.000 en Alemania. La “gestión” de la empresa hace funcionar el hospital sobre la base del principio “justo a tiempo”: como en una fábrica textil o un supermercado, conservar en todo momento sólo lo estrictamente necesario (una cama desocupada las 24 horas del día es un despilfarro de dinero), tener a disposición una reserva de desempleados disponibles y, si es necesario, contratar personal temporal, bajo contrato y sin “estatuto”. En septiembre de 2019, unos meses antes de la crisis, se establecieron administradores de camas para “suavizar el flujo de pacientes que entran y salen de los distintos servicios”. El resultado es una medicina de punta que a veces es menos capaz de hacer frente a una epidemia que un país pobre de África.

Dado que se ha pasado por alto la detección, y que faltan los medios humanos y materiales, el confinamiento y los toques de queda ocupan el lugar de la protección. Por lo tanto, no es absurdo que el Estado adopte una retórica de guerra y trate de suscitar una unión sagrada habiendo sido sacudido por un largo tiempo el año anterior, por la grave crisis social de los Chalecos Amarillos. Al “consejo de defensa” contra el terrorismo, se añade el “consejo de defensa covid”, “consejo ecológico”… A la manera en que la defensa civil organizada por el Estado salva vidas tras un bombardeo, debido a la guerra desencadenada por el mismo Estado.

Si Corea del Sur y Taiwán han actuado de manera muy diferente, es sin duda porque han sufrido graves epidemias recientemente, pero también porque no han buscado sistemáticamente el “menor Estado posible”: no hay una sociedad capitalista estable sin un servicio público adecuado. En 2017, el número de camas de hospital por cada 1.000 habitantes en Corea del Sur era de 12,27, (3,18 en Italia). El gasto en educación y salud no es sólo un costo, sino una inversión necesaria para el conjunto del capital, de lo contrario este no asegura la reproducción de toda la sociedad de la que depende.

Así, “a fuerza de ahorrar en el sistema sanitario, un virus un poco más agresivo y mortal que la gripe habitual es suficiente para causar una pérdida de diez puntos del PIB. […] La integración entre el Estado y la empresa privada […] se ha hecho demasiado fuerte, incluso desde el punto de vista puramente capitalista de su funcionamiento óptimo [y] limita considerablemente la eficacia y la capacidad de respuesta de la acción estatal”. (Il Lato Cattivo)

Incapaces de abordar las causas de una crisis que han contribuido a crear, los gobernantes se ven obligados a asustar y a la vez tranquilizar, y el discurso alarmista consolida el control sobre la población, transmitido por diversas fuerzas: el gobierno central, la “comunidad científica” (cuyo asunto de Raoult tiene al menos el mérito de mostrar las cuestiones de poder y las incoherencias), así como los medios de comunicación, caja de resonancia de la sociedad.

3 / “ME VEO OBLIGADO A ADMITIR QUE TODO CONTINÚA”…

 …escribió Hegel hace doscientos años.

 3.1 / Preservar el status quo

El capitalismo no está hecho de objetos, seres humanos, máquinas, centros comerciales y tarjetas de crédito. Es la relación social que anima al trabajador portuario, a la vendedora, al carguero, a la boutique, a la grúa, a la máquina-herramienta y al cajero automático, con un dinamismo nunca alcanzado por los sistemas sociales anteriores. Por sí sola, la inmovilización temporal de una parte de las actividades productivas las interrumpe sin destruir lo que antes las ponía —y pronto las volverá a poner— en movimiento.

Incluso parcialmente suspendida, la relación de producción capitalista no deja de funcionar. El intercambio mercantil persiste, a pesar de que en la base exista una solidaridad en la que no “cuenta” el dinero y sus tiempos. Para algunos sectores, el beneficio debe y puede pasar parcialmente a un segundo plano, pero no desaparece. Algunas empresas se endeudan o quiebran, otras nacen (servicios en línea), o prosperan (Amazon…). La mayoría pierde dinero y se adapta.

Mientras que la crisis bancaria y financiera de 2008 había detenido parte de la producción, inmovilizando grupos de buques cargueros en los estuarios de los grandes ríos, esta vez es directamente la llamada economía real la que se ve afectada.

Sin embargo, decir que la crisis revelaría la realidad, porque demostraría cómo la sociedad sólo funciona gracias a la enfermera, el recolector de basura, el repartidor, el mecánico… es afirmar una verdad a medias.

Contra el mito de una economía basada en el conocimiento, son en efecto los trabajadores productivos ordinarios los que han mantenido a la sociedad en marcha durante el confinamiento: la crisis confirma la centralidad del trabajo… pero del trabajo asalariado. En la sociedad actual, el recolector de basura y la enfermera dependen del dinero como el comerciante. Lejos de revelar su quiebra, la crisis actual revela la resistencia de un sistema social que aún sabe hacerse indispensable. El dinero sigue siendo la mediación necesaria para nuestras vidas: a quien ha perdido su trabajo no le quedan nada más que sus ahorros, la ayuda familiar o la asistencia pública —todo ello expresado en dinero. Ni siquiera el apoyo mutuo está exento de ello: los que hacían mascarillas para sus vecinos a veces debían comprar telas o, más frecuentemente, los muy preciados elásticos. Y es a través de los préstamos a las empresas, y en menor medida a los particulares, que los Estados intervienen.

Pero, “Lo que llama la atención de estos enormes programas de rescate, es que gastan cantidades de dinero sin precedentes […] esencialmente para preservar el status quo —al menos inicialmente”. (“Difícil nacimiento – Crónica de una crisis en ciernes”)

Lo que se está extendiendo y seguirá acentuándose, es el libre-comercio moderado por un modesto retorno del Estado: se dará menos dinero público al sector privado sin compensación; y para algunas producciones consideradas estratégicas, una relocalización muy limitada, sin que cesen las cadenas de valor internacionales y “justo a tiempo”.

3.2 / Tres semanas ganadas para el planeta

A principios de 2020, estábamos preparando un texto sobre ecología, que pronto aparecerá en este blog. En cualquier caso, decimos que ninguna de las causas del calentamiento global será minimizada por el tratamiento de una crisis sanitaria que es un elemento de la crisis medioambiental. A diferencia de la “gripe española”, por cierto, más mortífera, la pandemia actual expresa la contradicción entre el modo de producción capitalista y sus indispensables bases naturales. La contaminación, el deterioro de la biodiversidad, la deforestación… persistirán, y, por ejemplo, la ganadería industrial continuará fomentando la aparición de nuevos virus y enfermedades a los que seremos vulnerables.

Sin duda, en el año 2020, la ralentización de la economía provocada por la pandemia habrá retrasado en tres semanas el “día del exceso”, fecha en la que la humanidad consume todos los recursos que los ecosistemas pueden producir en un año. Pero sería un error esperar que esta desaceleración de la producción se prolongue y conduzca a una “planificación” o “bifurcación” ecológica en el futuro. Los niños simplemente comerán más alimentos orgánicos en el comedor de la escuela, y sus padres comprarán más verduras locales en el Carrefour, vivirán en un eco-barrio, conducirán un automóvil eléctrico en una ciudad de “carbono cero” en un territorio de “energía positiva para el crecimiento verde”.

No frenaremos la urbanización del mundo, lo haremos verde. Londres, una típica metrópolis “globalizada” que representó un tercio de la creación de empleos en Inglaterra entre 2008 y 2019, reverdecerá sus edificios, prohibirá los vehículos de gasolina, introducirá autobuses y tranvías eléctricos, aumentará su “cinturón verde” y multiplicará el número de huertas para los habitantes de la ciudad. Mientras tanto, la alimentación de los londinenses no provendrá de la región, ni siquiera del país, sino del mundo entero: si hoy en Gran Bretaña una hectárea de tierra es cien veces más rentable cuando se utiliza para la construcción que para la agricultura, sólo una profunda agitación social podría poner fin a la ley del rendimiento.

Hay que ser ingenuo para escandalizarse por el hecho de que los gobiernos quieran sobre todo financiar (ampliamente) a las empresas (en particular a la aeronáutica y la industria automovilística) y ayudar (pero por poco tiempo) a los asalariados que trabajan a tiempo parcial. La competencia y el beneficio obligan, que sea normal subvencionar la producción a pesar de su efecto negativo sobre el medioambiente. En unas palabras, reducir las consecuencias mientras se alimentan sus causas. Ahorramos energía aquí para usar más energía allá. Ya en Francia, la energía nuclear era totalmente eléctrica: éste es, en efecto, el camino que se ha tomado, mediante un “mix” que mezcla dosis cada vez mayores de combustibles fósiles con una proporción creciente de energías renovables… sin renunciar a la energía nuclear. Utilizaremos menos envases de plástico, lo que no impedirá el crecimiento de la producción mundial de plástico. Etc.

Y esto en la ilusión de un capitalismo más ligero, por lo tanto, menos contaminante, ya que es digital. Pero en realidad, lo virtual pesa mucho: materias primas, combustible, fabricación, transporte, mantenimiento…

“El consumo energético mundial sigue creciendo (+2,3% en 2018), y más del 80% sigue procediendo de los combustibles fósiles. La cantidad de energía necesaria para producir energía también está creciendo, a medida que se explotan los yacimientos de menor calidad o los llamados hidrocarburos ‘no convencionales’, como las arenas petrolíferas. […] la ‘tasa de retorno energético’ sigue disminuyendo. […] El simple hecho de ver videos en línea, que están almacenados en enormes infraestructuras materiales, habría generado en 2018 tantas emisiones de gases de efecto invernadero que las de un país como España. […] Un proyecto estándar de aprendizaje automático emite hoy en día, unas 284 toneladas equivalentes de CO2, en todo su ciclo de desarrollo, cinco veces las emisiones de un automóvil desde su fabricación hasta el depósito de chatarra. […] Los gigantes de la tecnología tienen poco interés en implementar métodos más eficientes. Tampoco tienen interés en que sus usuarios adopten comportamientos ecológicos. Su futura prosperidad depende de que todos se acostumbren a encender la luz hablando con un altavoz conectado, en lugar de presionar un estúpido interruptor. El costo ecológico de estas dos operaciones está lejos de ser similar. El primero requiere un sofisticado dispositivo electrónico provisto de un asistente de voz, cuyo desarrollo ha consumido muchas materias primas, energía y trabajo. No tiene sentido abogar simultáneamente por el ‘Internet de las cosas’ y la lucha contra la crisis climática: el aumento del número de objetos conectados simplemente acelera la destrucción del medioambiente. Y se espera que las redes 5G dupliquen o tripliquen el consumo de energía de los operadores de telefonía móvil en los próximos cinco años”. (Sébastien Broca, “El carburo digital de carbón”).

Miles de millones de objetos “comunicantes” se disponen a irrumpir en nuestras vidas. El “tren del progreso” reanuda su curso por un momento suspendido. El calentamiento global está preparando nuevas pandemias tropicales. Habrá otros coronavirus.

Pero tranquilicémonos: Google informa que “los investigadores están utilizando la Inteligencia Artificial para reducir la contaminación del aire en Uganda”.

3.3 / Aceleración

Aunque el mundo se ha ralentizado temporalmente, sus tendencias subyacentes se ven reforzadas por la crisis, como en otras circunstancias por la guerra.

A las estadísticas diarias de los infectados y fallecidos, los medios de comunicación añaden las de la producción perdida, y predicen un colapso financiero. Es posible. Pero en los Estados Unidos, entre 1929 y 1932, las acciones en la Bolsa perdieron el 90% de su valor, y la producción industrial cayó en un 52% entre 1929 y 1933: en ese año había un 25% de desempleo y 2 millones de personas sin hogar en ese país. Sin embargo, el capitalismo continuó.

Ninguna epidemia gigantesca y devastadora por sí sola, a menos que elimine casi toda la población mundial, pondrá fin al capitalismo. Alterará los equilibrios, reorganizará las cartas políticas, geopolíticas y sociales en las direcciones más inesperadas y opuestas. La crisis de 1929 había llevado al New Deal, al nazismo y a los frentes populares, con la URSS fortaleciéndose y Suecia llevando al poder una socialdemocracia reformadora durante décadas.

“La reproducción de las relaciones sociales capitalistas exige a veces enormes sacrificios en sus soportes materiales (cosas y personas) […] por la misma razón, estas relaciones no se dejan modificar deliberadamente ni deshacer por un automatismo de la historia (un ‘colapso’ por ejemplo)”. (Il Lato Cattivo)

Con algunas correcciones, el reino del “justo a tiempo” y del “stock cero” continúa. La farmacia venderá algunos medicamentos fabricados en Lyon o Madrid, pero los europeos seguirán comprando un Smartphone enviado desde Asia en un barco cargado con 2.000 contenedores, y luego transportado en un camión o camioneta UPS. La computadora utilizada en la localidad de Mers-les-Bains no saldrá de fábricas alemanas u holandesas como de las que provenían anteriormente los equipos de radio y televisión de gran consumo vendidos por Grundig o Philips.

Podemos prever un retorno muy parcial al llamado Estado social. La burguesía ha ido demasiado lejos en los recortes presupuestarios, la privatización, la racionalización de los servicios públicos que se han hecho funcionar como empresas, todo el mercado y el menor Estado posible. El capitalismo presupone un espacio no-capitalista, y un Estado que opera con otras lógicas que no son puramente mercantiles.

Esto no disminuye la dominación burguesa, en particular de sus sectores financieros y bancarios. El coronavirus no detendrá la marcha hacia la disminución de las pensiones, la precariedad, la individualización del mercado laboral y la regresión de las protecciones sociales.

3.4 / ¿Habrá una vida sin Internet?

Lo que el coronavirus ha inaugurado, es el aprendizaje a gran escala de la tele-existencia. Quedarse en casa voluntariamente y por la fuerza ha demostrado la imposibilidad de una vida “normal” hoy en día sin la tecnología digital. Internet ha sido tanto un medio para que los Estados impongan el confinamiento como para que las poblaciones lo apoyen.

El acceso a los servicios públicos, la educación, las relaciones familiares y de amistad, la sexualidad (sitios de citas y pornografía), el ocio, las compras, el trabajo (aunque en menor medida de lo que se dice), incluso la actividad política… gracias al confinamiento, la evolución hacia lo totalmente digital ha dado un salto adelante. Comunicación mediante teléfonos inteligentes y la omnipresencia de las pantallas: la sociedad de los individuos los socializa a distancia.

Durante los últimos 30 años aproximadamente, las computadoras se han vuelto indispensables para la circulación de capital y mercancías —empezando por la fuerza de trabajo. Como el capitalismo ha colonizado la vida cotidiana, también está instalando lo digital en el dormitorio, en el automóvil, en la nevera, y se está preparando para implantarlo al interior de los cuerpos. Lo que se presentó como simplemente “más práctico y rápido” se está imponiendo ahora como necesario, antes de que sea obligatorio. El ser humano ahora vive “en línea”. Es posible que pronto tenga un asistente virtual capaz de vincular todos sus datos personales, hacer sus compras por él, vigilar su salud recordándole que tome sus medicamentos, gestionar su agenda, contactar a una persona con la que no habla desde hace tiempo, y así conocer sus necesidades mejor que él.

La desintoxicación digital no experimentará la moda de la comida lenta.

En menos de 15 años, el ordiphone (ordenador portátil) como dicen los Quebequenses, se ha convertido en una prótesis vital para al menos 3.000 millones de humanos, de los cuales se vendieron 1.500 millones de ejemplares en 2019. Por primera vez, una herramienta de trabajo es igualmente un objeto indispensable para la vida afectiva, familiar, intelectual, etc., y también un instrumento privilegiado de control social y político —y por lo tanto policial. Y siempre en nombre del bienestar colectivo: se dice que un lugar vigilado por cámaras está “bajo protección de video”. La palabra mágica “seguridad” se impone frente al delincuente como ante el terrorista y el virus, y la crisis sanitaria muestra hasta qué punto el Estado obtiene nuestra sumisión en nombre de la salud. Además del reconocimiento facial (en este campo, China es el porvenir del mundo), la radio-identificación tiene un brillante futuro por delante. Hoy en día más bien reservado a los animales domésticos, el micro-chip subcutáneo se implantará en los seres humanos, que portarán su historial médico, sus antecedentes penales, etc., y, aparte de algunos recalcitrantes, los ciudadanos modernos adoptarán este sistema como lo hicieron con el pasaporte biométrico o la declaración de la renta desmaterializada.

Sin alegrarse por ello, esto no debería ser sorprendente. Para que el usuario de Internet pudiera “en unos “pocos clics” conocer el pronóstico del tiempo en Vilnius o el nombre real de la persona que firmó “Barón Corvo”, fue necesario reunir y actualizar constantemente millones de datos, a los que esta búsqueda también añadirá sus rastros. No se puede saber todo sobre todo sin ser parte de ese todo, y ser “rastreado” en cada instante.

4 / BALANCE Y PERSPECTIVAS

4.1 / Distanciamiento 

En "Years and years", serie emitida en la primavera de 2019, la Inglaterra de 2029 está dirigida por un gobierno autoritario (e incluso criminal) que, en medio de una epidemia transmitida por los monos, encierra los barrios “sensibles” detrás de barreras controladas por la policía y prohíbe el acceso por la noche.

Un año después del estreno de la serie, para 3.000 millones de personas, esta ficción política se hizo realidad: restricciones de desplazamiento, toques de queda, omnipresencia policial. Pero este experimento “biopolítico” a escala mundial (y globalmente exitoso) manifestó visiblemente lo que esencialmente ya existía: excepto para el EPHAD, el confinamiento no nos puso más a “distancia social” unos de otros que antes. Ni menos. Bajo arresto domiciliario, hemos perdido el control de nuestras vidas: pero, ¿cuál teníamos en febrero de 2020? La libertad de ir a trabajar, siempre que seamos contratados, y la libertad de ser budista o marxista, siempre y cuando esas convicciones permanezcan como opiniones que no tengan consecuencias en los fundamentos de la sociedad. Un comunista de la década de 1840 dijo que los proletarios dependían de causas ajenas a ellos mismos. En 2020, la aceptación masiva de una atomización forzada manifestó la desunión que es la suerte cotidiana de los proletarios, más aún en una época de división de las luchas e identidades separadas.

Una epidemia y su tratamiento estatal no son más aplastantes que, por ejemplo, la declaración de guerra del 14 de agosto, que paralizó casi todo el movimiento obrero y socialista en ese momento.

En el siglo XXI, a diferencia de la década de 1840, la gran mayoría de la humanidad no dispone de otro medio para vivir más que asalariarse —si es posible y bajo las condiciones impuestas.

Pero este destino común no es suficiente para reunir y unificar: es necesario que previamente las luchas sociales hayan comenzado a apuntar hacia una meta común. Ahora, aunque hay muchas luchas, probablemente más de las que uno imagina, y de una variedad más amplia que en el pasado —conflictos del trabajo, “de género”, ecológicos…— y si bien a veces estas luchas son victoriosas, siguen estando fragmentadas, incapaces de llegar al corazón del problema. La Pandemia, el paro de una parte de la economía y el confinamiento han interrumpido algunas luchas, y también han provocado otras. Pero la simultaneidad no es sincronización, la yuxtaposición no es confluencia, ni la unión es sinónimo de superación. Hasta aquí, las resistencias y los rechazos han coincidido como mucho en la exigencia de reformas.

La lucha por el salario y las condiciones de trabajo afecta a la relación salario/beneficio, pero no ataca automáticamente (y de hecho raramente) al propio salario. Del mismo modo, negarse a arriesgar la salud por un patrón, reivindicar medidas de protección, o incluso exigir que se le pague sin venir a trabajar mientras persista el peligro, no basta para cuestionar la coexistencia de la burguesía y el proletariado. De crítica del trabajo, hay muy poco, y aún menos de crítica del Estado en tanto que Estado, escribieron los autores de “Cueste lo que cueste. El Estado, el virus y nosotros”, en abril de 2020: la observación sigue siendo válida.

Podemos imaginar una reversión hacia el final de la pandemia, con todas las críticas separadas convergiendo para atacar la estructura fundamental, la que no crea las otras opresiones, sino que las mantiene y las reproduce: la relación capital/trabajo, burguesía/proletariado. Las diversas luchas se “precipitarían”, como decimos en la química, cuando los elementos heterogéneos que estaban hasta entonces dispersos se cristalizan en un bloque. La resistencia pasaría a la fase de un asalto a las bases de esta sociedad. Las élites dirigentes serían tanto más rechazadas cuanto que su gestión de la crisis las ha desacreditado y ha puesto a grandes sectores de la población en su contra. Aprovechando la paralización de una parte de la producción, los proletarios intentarían transformar la sociedad, rebelándose contra las fuerzas del Estado, atacando la dominación burguesa, rompiendo con la productividad y el intercambio mercantil, separando lo nocivo de lo útil, iniciando una desacumulación (decrecimiento), etc.

Esto no es imposible, pero no hay nada en la actualidad que indique que las luchas multiformes se estén moviendo en esta dirección. Más bien, los signos visibles muestran la supervivencia de divisiones categoriales, identitarias, locales, nacionales, religiosas y, a veces, la aparición de nuevas separaciones.

Y no hay ninguna receta para remediarlo.

4.2 / Hipótesis

El virus y su tratamiento no cambian nada fundamentalmente: revelan y acentúan las evoluciones. Un acontecimiento histórico, incluso a la escala de la pandemia actual, no revierte por sí mismo el curso de la historia. El covid suspende muchas cosas, no interrumpe el capitalismo ni su dominación, ni siquiera es seguro que cambie sus formas actuales como lo hizo con la Guerra del 1914-18 o la crisis de 1929.

No estamos viviendo el fin del mundo o el fin de un mundo. La pandemia refuerza el orden existente: como de costumbre, en tanto que clase, la burguesía muestra unas defensas inmunológicas bastante buenas.

El capitalismo tiene una (verdadera) fragilidad sólo en aquello que lo fundamenta: el proletariado. Más que cualquier otro sistema, este modo de producción se nutre de las crisis superadas, incluso graves, porque es sorprendentemente impersonal y plástico, y se conforma con lo esencial: la relación capital/trabajo, la empresa, la competencia… La relación social capitalista es al mismo tiempo “portadora de su propia superación o de su reproducción a un nivel superior”: de todas las relaciones “de explotación entre clases antagónicas” que han existido históricamente, es “la más contradictoria y, por tanto, la más dinámica”. (Il Lato Cattivo, “Covid-19 y más allá”, marzo de 2020).

Propondremos una “ley histórica” (que como cualquier ley admitiría sus excepciones):

En ausencia de un movimiento social preexistente ya radicalizado (es decir, tendiente a atacar los fundamentos de la sociedad), una catástrofe sólo puede favorecer el desencadenamiento de conflictos parciales, de intensidad variable, y obligar al orden establecido a evolucionar y, por tanto, a reforzarse.

Del coronavirus, todo el mundo sale reafirmado. La mujer de izquierda concluye que necesitamos verdaderos servicios públicos, el neoliberal que el Estado está demostrando su incompetencia, el votante de extrema derecha que las fronteras deben cerrarse, el ecologista que hay que multiplicar los pequeños pasos, el ecologista gubernamental que debemos reunir cualquier fuerza política que pueda trabajar por el clima, el transhumanista que es hora de avanzar hacia una mayor humanidad, el investigador que la investigación necesita créditos, el activista que es urgente impulsar las luchas, el resignado que todo se nos escapa, el colapsólogo que debemos acostumbrarnos a lo peor… ¿Y el proletario? ¿Qué ha corroborado? En cualquier caso, piensa y pensará lo que sus acciones y luchas le llevarán a entender.

Sólo nos hacemos las preguntas (teóricas) para las que ya hemos empezado a dar respuestas (prácticas).

Gilles Dauvé, 22 septiembre 2020.

Lecturas:

Michael Roberts, «It was the virus that did it», The Next Recession, 15 mars 2020.

Et «Lockdown!», The Next Recession, 24 mars 2020.

Jean-Paul Sardon. «De la longue histoire des épidémies au Covid-19», Les Analyses de Population & Avenir, 2020.

Jean-François Toussaint & Andy Marc, «Sortir d’un confinement aveugle», larecherche.fr, 22 avril 2020.

Gaël Giraud, «Dépister et fabriquer des masques, sinon le confinement n’aura servi à rien», reporterre.net, 24 mars 2020.

Giraud s’illusionne sur la possibilité de créer aujourd’hui «un système de santé publique digne de ce nom», non dominé par « une industrie médicale en voie de privatisation».

Jean-Dominique Michel, Covid: Anatomie d’une crise, HumenSciences, 2020, 224 p.

Comme Gaël Giraud, J.-D. Michel croit possible dans le monde actuel un système de santé qui serait autre chose qu’une industrie de la maladie.

Il Lato Cattivo, «Covid-19 et au-delà».

B.A. et R.F., «Accouchement difficile – Chronique d’une crise en devenir», hicsalta-communisation.com

Raffaele Sciortino, «Géopolitique du virus», acta.zone, 29 avril 2020.

Sébastien Broca, «Le numérique carbure au charbon», Le Monde diplomatique, mars 2020.

Tristan Leoni & Céline Alkamar, «Quoi qu’il en coûte. L’Etat, le virus et nous».

Sur les luttes actuelles et les nouvelles formes de réformisme : Tristan Leoni, «Abolir la police?», septembre 2020.

Site de Pièces & Main d’œuvre, notamment «Le virus à venir et le retour à l’anormal», et «Le virus de la contrainte».

Citation de Hegel : «Je vais avoir 50 ans. J’ai vécu trente ans dans une époque éternellement agitée, pleine de crainte et d’espoir et j’espérais qu’on pût un jour être quitte de la crainte et de l’espoir : je suis forcé d’admettre que tout continue »  (Lettre à Friedrich Creuzer, 30 octobre 1819)

https://www.worldometers.info/coronavirus/

https://feverstruggle.net/category/reports/

jueves, 19 de marzo de 2020

'Coronavirus' (Raoul Vaneigem)

Coronavirus
por Raoul Vaneigem

Cuestionar el peligro del coronavirus es seguramente absurdo. Por otra parte, ¿no es igual de absurdo que una interrupción en el curso habitual de las enfermedades sea objeto de tal explotación emocional y despierte la arrogante incompetencia que una vez barrió la nube de Chernóbil de Francia? Por supuesto, sabemos con qué facilidad el espectro del apocalipsis sale de su caja para apoderarse del primer cataclismo que se produce, jugar con las imágenes del diluvio universal y conducir la reja de la culpa al suelo estéril de Sodoma y Gomorra.

La maldición divina fue un complemento útil para el poder. Al menos hasta el terremoto de Lisboa de 1755, cuando el Marqués de Pombal, amigo de Voltaire, aprovechó el terremoto para masacrar a los jesuitas, reconstruir la ciudad según sus ideas y liquidar felizmente a sus rivales políticos a través de pruebas "protoestalinistas". No insultaremos a Pombal, por muy odioso que sea, comparando su golpe de estado dictatorial con las miserables medidas que el totalitarismo democrático aplica en todo el mundo a la epidemia de coronavirus.

¡Qué cínico es culpar de la propagación del flagelo a la deplorable insuficiencia de los recursos médicos desplegados! Desde hace décadas, el bien público se ha visto socavado y el sector hospitalario ha sido víctima de una política que favorece los intereses financieros a expensas de la salud de los ciudadanos. Siempre hay más dinero para los bancos y cada vez menos camas y cuidadores para los hospitales. Qué payasadas ocultarán por más tiempo el hecho de que esta gestión catastrófica del catastrofismo es inherente al capitalismo financiero que es globalmente dominante, y que hoy en día lucha globalmente en nombre de la vida, del planeta y de las especies a salvar.

Sin caer en ese resurgimiento del castigo divino que es la idea de que la Naturaleza se deshaga del Hombre como una sabandija inoportuna y dañina, no es inútil recordar que durante milenios la explotación de la naturaleza humana y de la naturaleza terrestre ha impuesto el dogma de la anti-física, de la anti-naturaleza. El libro de Éric Postaire 'Les Épidémies du XXIe siècle', publicado en 1997, confirma los desastrosos efectos de la desnaturalización persistente, que vengo denunciando desde hace decenios. Refiriéndose al drama de las "vacas locas" (predicho por Rudolf Steiner ya en 1920), el autor nos recuerda que además de estar indefensos ante ciertas enfermedades, nos damos cuenta de que el propio progreso científico puede causarlas. En su petición de un enfoque responsable de las epidemias y su tratamiento, incrimina lo que el prefecto, Claude Gudin, llama la "filosofía del cajero". Hace la siguiente pregunta: "Si subordinamos la salud de la población a las leyes del beneficio, hasta el punto de transformar a los animales herbívoros en carnívoros, ¿no corremos el riesgo de provocar catástrofes que serían fatales para la Naturaleza y la Humanidad?" Los gobiernos, como sabemos, ya han respondido con un SÍ unánime. ¿Qué importa ya que el NO de los intereses financieros sigue triunfando cínicamente?

¿Hizo falta el coronavirus para demostrar a los más estrechos de vista que la desnaturalización por razones de rentabilidad tiene consecuencias desastrosas para la salud universal, la salud que se gestiona sin desarmar a una Organización Mundial cuyas preciosas estadísticas compensan la desaparición de los hospitales públicos? Existe una clara correlación entre el coronavirus y el colapso del capitalismo global. Al mismo tiempo, no es menos obvio que lo que está encubriendo y abrumando la epidemia de coronavirus es una plaga emocional, un miedo histérico, un pánico que oculta la falta de tratamiento y perpetúa el mal al asustar al paciente. Durante las grandes epidemias de plagas del pasado, la gente hacía penitencia y proclamaba su culpa flagelándose a sí misma. ¿No les interesa a los gestores de la deshumanización mundial persuadir a la gente de que no hay forma de salir del miserable destino que se les está infligiendo? ¿Que todo lo que les queda es la flagelación de la servidumbre voluntaria? La formidable máquina mediática sólo repite la vieja mentira del impenetrable e ineludible decreto celestial donde el dinero loco ha suplantado a los sanguinarios y caprichosos dioses del pasado.

El desencadenamiento de la barbarie policial contra los manifestantes pacíficos demostró ampliamente que la ley militar es lo único que funciona eficazmente. Ahora confina a mujeres, hombres y niños a la cuarentena. ¡Afuera, el ataúd, dentro de la televisión, la ventana abierta en un mundo cerrado! Es un condicionamiento capaz de agravar el malestar existencial apoyándose en las emociones desgastadas por la angustia, exacerbando la ceguera de la ira impotente.

Pero incluso la mentira da paso al colapso general. La cretinización estatal y populista ha llegado a sus límites. No puede negar que se está llevando a cabo un experimento. La desobediencia civil se está extendiendo y soñando con sociedades radicalmente nuevas porque son radicalmente humanas. La solidaridad libera de su piel de oveja individualista a los individuos que ya no tienen miedo de pensar por sí mismos.

El coronavirus se ha convertido en el signo revelador de la bancarrota del estado. Al menos eso es algo en lo que deben pensar las víctimas de confinamiento forzoso. Cuando publiqué mis 'Modestas Propuestas a los Huelguistas' , algunos amigos me dijeron lo difícil que era recurrir a la negativa colectiva, que yo sugerí, para pagar impuestos y gravámenes. Ahora, sin embargo, la bancarrota comprobada del Estado corrupto es la prueba de una decadencia económica y social que está haciendo que las pequeñas y medianas empresas, el comercio local, los ingresos modestos, los agricultores familiares e incluso las llamadas profesiones liberales sean absolutamente insolventes. El colapso del Leviatán ha logrado convencernos más rápido que nuestras resoluciones para derribarlo.

El coronavirus lo hizo aún mejor. El cese de las molestias productivistas ha reducido la contaminación del mundo, salva una muerte programada a millones de personas, la naturaleza respira, los delfines vuelven a retozar en Cerdeña, los canales de Venecia purificados del turismo de masas encuentran un agua clara, el mercado de valores se derrumba. España resuelve nacionalizar los hospitales privados, como si redescubriera la seguridad social, como si el Estado recordara el estado de bienestar que destruyó.

Nada se da por sentado, todo comienza. La utopía sigue arrastrándose a cuatro patas. Abandonemos a su inanidad celestial los billones de billetes e ideas huecas que circulan sobre nuestras cabezas. Lo importante es "hacer nuestro propio negocio" dejando que la burbuja del negocio se desenrede e implosione. ¡Tengamos cuidado con la falta de audacia y confianza en sí mismo!

Nuestro presente no es el confinamiento que nos impone la supervivencia, es la apertura a todas las posibilidades. Es bajo el efecto del pánico que el estado oligárquico se ve obligado a adoptar medidas que ayer mismo decretó imposibles. Es al llamado de la vida y de la tierra para ser restaurada que queremos responder. La cuarentena favorece la reflexión. El confinamiento no suprime la presencia de la calle, la reinventa. Déjeme pensar, cum grano salis, que la insurrección de la vida cotidiana tiene insospechadas virtudes terapéuticas.

17 mars 2020
Raoul Vaneigem 

Traducción de un compañero del artículo aparecido en la voie du jaguar

jueves, 7 de noviembre de 2019

Policía y Democracia

Policía y Democracia

"La democracia no excluye de ninguna manera la autoridad, la dictadura, el Estado. Por el contrario, ella los necesita como su fundamento". 
Jacques Camatte, La mistificación democrática.

"La seguridad es el supremo concepto social de la sociedad burguesa".
Karl Marx, Sobre 'La cuestión judía'.

"La policía es el enemigo absoluto". 
Baudelaire.

"Con una metralleta en la raja, todo Chile trabaja".
Sergio de Castro, Chicago Boy y Ministro de Hacienda (1977 – 1982) del Dictador Pinochet.

Existe una relación orgánica directa y funcional entre la policía, la democracia y el desarrollo del capitalismo. La democracia moderna es una relación social e histórica inseparable del capital, de hecho, la sociedad capitalista alcanza su pleno desarrollo histórico, económico (e incluso militar) con la organización de miles de millones de seres humanos bajo el régimen democrático. La base material del sistema democrático son las relaciones sociales capitalistas, que tienden a disolver toda unidad entre los individuos y la comunidad humana, es la reunión de lo separado en tanto que separado: un aglomerado de soledades organizadas por y para la producción mercantil. Por consiguiente, es posible afirmar que la policía es una fracción especial del ejército permanente del Estado/Capital, cuya función es asegurar la realización de la plusvalía, la conversión de las mercancías en dinero o, en otras palabras, asegurar la sumisión de todas las actividades humanas a la permanente autovalorización del capital.

Puesto que las actuales condiciones capitalistas de existencia son la base material del sistema de organización democrático, el resguardo policial de la sociedad no hace más que expresar de forma visible la miseria y las contradicciones de la sociedad burguesa: este sistema que vocifera por todos los medios de sumisión de las masas que es perfecto, que todos vivimos felices con el actual orden de cosas, necesita una violencia social y militar crecientes para mantener el podrido fundamento de todo el sistema: la explotación del humano por el ser humano. 

De esta forma, el papel de la policía como fuerza de choque primaria del Estado/Capital, y por supuesto el de todas las otras ramas del ejército burgués, está mistificado por la dinámica propia de las relaciones sociales burguesas. La policía, que históricamente ha asegurado la explotación humana, no patrulla las calles de las grandes ciudades capitalistas con un letrero que advierta “Defensa violenta de la propiedad privada”, sino que, dado el aislamiento, competencia y mutuo enfrentamiento de las individualidades humanas subsumidas por el capital, la policía puede aparecer como un ente protector del individuo atomizado. Esta resulta ser una triste paradoja, una especie de síndrome de Estocolmo social, puesto que la vida cotidiana de la sociedad burguesa encubre el hecho de que esta atomización y aniquilación de la individualidad humana (por ej: el trabajo asalariado) es justamente lo que protege y fortalece la existencia de la policía. 

La policía moderna surge históricamente en paralelo con el desarrollo, consolidación y expansión mundial del modo de producción capitalista. Es evidente que al existir la policía por y para la expansión de la propiedad privada (lo que implica a su vez la expropiación y miseria de la mayoría de la especia humana), esta debe reprimir y evitar a toda costa la insurrección revolucionaria de la humanidad contra el capital, ya que por su esencia toda insurrección proletaria es la destrucción de la propiedad y, cuando se puede, de la clase explotadora y sus defensores. 

Son las relaciones económicas las que hacen necesaria la existencia de la policía, ya que la sociedad capitalista encierra dentro de sí misma la posibilidad de unificación total de la especie humana (comunismo) y por ellos las personas esclavizadas por el capital deben ser fijadas dentro de sus roles sociales mediante la violencia: la violencia económica asegura que todas las personas deban trabajar para existir y existir para trabajar, la violencia policial – militar asegura que los hambrientos y explotados de toda índole no se rebelen contra la dictadura del capital. La policía sabrá disparar, como ya lo ha hecho, cuando llegue el momento contra las masas insurrectas o también golpeará y encarcelará al hambriento que se atreva a tomar una mercancía sin pagarla para satisfacer sus necesidades humanas. Por ello es que la seguridad es el supremo concepto de la sociedad mercantil: la vida en la sociedad capitalista es un permanente estado de excepción para los proletarios.

El principal argumento que la burguesía esgrime para justificar la existencia de la policía, es el combate contra la delincuencia. Plantear así el problema, es posicionarse de facto en el relativo y engañoso terreno de la ideología burguesa, puesto que en el fondo se busca salvar el estado de excepción democrático, y su correspondiente derecho burgués, como el más adecuado a una naturaleza humana supuestamente egoísta. Mas, la realidad social e histórica demuestra que las relaciones sociales sobre las cuales se funda la sociedad capitalista, que ponen a todas las individualidades humanas en una mutua oposición y egoísmo, son la verdadera causa de la delincuencia, ya que el robo sólo puede existir en la medida en que exista una propiedad privada que pueda ser robada, y es justamente el robo que la clase burguesa, organizada como Estado/Capital, hace del tiempo y la creatividad humana el verdadero fundamento del Estado, del derecho, de la democracia y todas sus instituciones.

Por consiguiente, jamás podrá el Estado, ni aún con toda la tecnología y financiamiento puestos a disposición de las diferentes policías, resolver el problema de la violencia social, porque esta sociedad existe gracias al terror generalizado que la dictadura del capital impone sobre la especie humana: la necesidad de dinero. La policía existe por y para esta necesidad, y a su vez contribuye a aumentarla en la medida en que castiga y persigue cualquier atentado contra la propiedad privada. Sólo la superación de la sociedad capitalista, es decir, la especie humana viviendo el comunismo anárquico, podrá poner fin a todos los antagonismos de la sociedad burguesa, porque no es la guerra de todos contra todos ni el egoísmo declarado sino la producción social puesta al servicio de las necesidades humanas y la expansión infinita de la creatividad. Allí donde el libre desarrollo de cada uno es el fundamento social para el libre desarrollo de todos, se hace imposible la existencia de la policía. Por el contrario, cuando la base de la sociedad hace que en vez de encontrar en el otro mi confirmación como ser humano, encuentre mi negación, un impedimento a mi desarrollo, la sociedad está condenada ineluctablemente a la necesidad de la policía y a tender a hacer de cada individuo un policía no sólo de los demás y de sus propias posesiones, sino también de sí mismo.   

De este modo la crítica que apuesta por la abolición de la policía debe volverse una crítica contra el Estado, el cual es la organización política del capital para la explotación económica del conjunto de la humanidad: “una permanente conspiración, una conspiración dirigida, por supuesto, contra las masas para cuya esclavización existen todos los Estados” (Bakunin).  La liquidación del Estado, es una condición preliminar para el movimiento de superación de la sociedad de la mercancía, ya que toda fuerza exteriorizada contribuye al fortalecimiento permanente del viejo orden en tanto que esta esfera de la sociedad y la esclavitud son indisociables en la medida que esta criatura artificial y todo su despliegue de funciones; el profesor, el ejército, ministros, cárceles, policía, etc… garantizan por la fuerza (física o de otra especie) las condiciones de reproducción de las relaciones de producción (que en último término son relaciones de explotación). 

Para la insurrección revolucionaria de la humanidad esclavizada por el capital es necesaria la destrucción del Estado; no su conquista, sino su abolición como relación social. El comunismo anarquista sólo podrá florecer en un terreno en el cual las relaciones sociales no permitan la reestructuración del Estado – Capital, que la lucha insurreccional deberá ir de la mano con una inmediata transformación comunista del conjunto de la sociedad.

Tomado de la publicación Anarquía & Comunismo N° 8 (otoño 2017).

lunes, 16 de septiembre de 2019

POR UN SEPTIEMBRE NEGRO/ROJO: INTERNACIONALISMO


Septiembre, para quienes nacimos y vivimos en la región chilena, es un mes especial. Porque, por un lado, se conmemora el 11 de septiembre, fecha en que el bloque amenazado por la Unidad Popular aprovechó las fisuras y medias tintas del gobierno de Allende, masacrando a miles de proletarias/os desarmados, que se habían entregado a la esperanza revolucionaria desde el aparato estatal. Esa fecha inicia la edificación del actual estado del capitalismo en Chile: neoliberal, del que este país es alumno aventajado. Por otro, una semana después se celebran las fiestas de la Patria, que festejan curiosamente una supuesta independencia que en realidad respaldó a la Corona española en un Cabildo compuesto de representantes de la oligarquía de la época. Además, el impulso de la fecha da para homenajear a las Fuerzas Armadas y sus “glorias”, que siempre han defendido los intereses burgueses, ya fuesen locales o foráneos. 

Para el ciudadano común, estos días son espacios de recreación y consumo, conciencia más, conciencia menos de la historia. Para los que queremos amargar los dulces terremotos, son el espacio que el Poder otorga para descomprimir a las y los explotados, reproducir la fuerza de trabajo, y de paso potenciar el orgullo nacional. O sea, una operación ideológica de lo más reaccionaria. 

En el caso del 11, el bloque dominante se mostró en concordancia internacional. La burguesía estadounidense apoyó materialmente a la burguesía local, en pos de cuidar los mismos intereses en una época de guerra política declarada. En el caso del 18, el Estado utiliza la ideología de la Unidad Nacional (en un contexto de confusión y manipulación producto de una bomba que ha dañado personas, cuya autoría no está clara) para celebrar la encomiable gallardía de aristócratas criollos y militares cuya carne de cañón es “el roto”, sangre proletaria siempre dispuesta a ser derramada porque así lo dicta la lógica de los generales y gobernantes. Porque no vale nada. 

Mientras miles de explotadxs comen kilos de sufrimiento, se embriagan con licores vendidos por la familia Luksic, y bailan la patriarcal danza nazional, las y los proletarios rabiosos, las y los explotados que, hartos de los espejismos y espectáculos, hemos pasado al ataque, propagando la crítica radical contra la dictadura de la mercancía, construyendo el comunismo y la anarquía desde la propia cotidianeidad, saludamos las banderas del internacionalismo. En septiembre y siempre. 

Porque la clase dominante no reconoce fronteras a la hora de cuidar sus intereses, debemos ser más astutos y asumir que nuestra autodefensa y ataque debe ser a escala internacional. Partiendo desde nuestra realidad más cercana, pero con el horizonte en la comunidad humana mundial. Nuestros problemas son similares, la raíz es la misma. Tenemos más en común con los explotados fuera de nuestras fronteras que con la burguesía local, por mucho que tengamos impresa a fuego una misma bandera, un himno, un puñado de héroes. Debemos estar claros: La revolución sólo tendrá un porvenir si es a escala internacional. No queremos países “liberados”, “zonas autónomas” o “experimentos”. Somos tercos, porque estamos convencidos: La revolución es global, la hace el proletariado (conjunto de trabajadorxs que no tienen más que su fuerza de trabajo para sobrevivir, más allá si se desempeña como maestro albañil o burócrata de la administración) y se hace hasta el fin.  

Frente al espectáculo nacional,
INTERNACIONALISMO PROLETARIO Y COMBATIVO.

Tomado de Anarquía & Comunismo N°2 (2014)

martes, 10 de septiembre de 2019

La dictadura del capital es permanente. La lucha contra ella también.

Difundimos agitación gráfica de unxs compañerxs, junta a una selección nuestra de materiales sobre la lucha de clases en Chile durante los 70, el golpe de estado y la dictadura. En ellos se comprende la continuidad de la dominación capitalista bajo ropajes democráticos o dictatoriales, así como la ininterrumpida lucha contra la misma, a pesar de las sangrientas derrotadas sufridas por la humanidad proletarizada, gatilladas tanto por la feroz represión como por la labor de debilitación efectuada por quienes han pretendido representarla.

* Dossier "A 40 años del golpe". Incluye los textos:
- Extraña derrota: La revolución chilena, 1973, por PointBlank!
- Lúcida intervención de un compañero en una asamblea de la CUT en las postrimerías de la UP.
- Comunicado ‘vopista’ luego de la represión de la UP
- A profundizar la ruptura total con la sociedad de clases, aparecido en el Nº 1 de Comunismo Difuso (2009).
El fin de la UP y la reemergencia del proletariado (extracto), por el Grupo Comunista Internacionalista GCI, 1983.
- Carta de los Cordones Industriales a Salvador Allende.

En la revista Revolución Hasta el Fin N° 0, aparecen algunos textos de este Dossier, al que se le sumó el importante documento Quiénes Somos, publicado en Correo Proletario N° 2, noviembre de 1975.

* Chile: Los gorilas estaban entre nosotros, de Helios Prieto, crucial y aún desconocido texto, escrito en el mismo 1973. Fundamental para comprender las razones de la derrota proletaria, dejando claro el papel de la socialdemocracia (UP y su ala "izquierdista") en el brutal desenlace del 11 de septiembre.

* Publicación Comunidad de Lucha (sept. 2018), dedicado al tema (se puede acceder a los textos en formato web desde AQUÍ)

* El rol del lumpen-proletariado en Chile (1970-1973), Fabiola Jara y Edmundo Magaña.

* Intervención de un compañero anarquista sobre el movimiento obrero en Chile (1977)

A 40 años del golpe: 
Desmitificar nuestra historia, romper con toda idolatría y continuar la lucha revolucionaria por fuera y en contra de la institucionalidad capitalista.
(Introducción al dossier)

En cambio, las revoluciones proletarias (...) se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: ¡Hic Rhodus, hic salta! ¡Aquí está la rosa, baila aquí!” (K. Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, 1852) 

 “La clase que lucha, que está sometida, es el sujeto mismo del conocimiento histórico. En Marx aparece como la última que ha sido esclavizada, como la clase vengadora que lleva hasta el final la obra de liberación en nombre de generaciones vencidas. Esta consciencia (...) le ha resultado desde siempre chabacana a la socialdemocracia (...). Se ha complacido en cambio en asignar a la clase obrera el papel de redentora de generaciones futuras. Con ello ha cortado los nervios de su fuerza mejor. La clase desaprendió en esta escuela tanto el odio como la voluntad de sacrificio. Puesto que ambos se alimentan de la imagen de los antecesores esclavizados y no del ideal de los descendientes liberados.” (W. Benjamin, Tesis de filosofía de la historia, 1940) 

Y si queremos en la próxima revolución dejar las puertas abiertas a la reacción (...), no tenemos más que confiar nuestros asuntos a un gobierno representativo, a un ministerio armado de todos los poderes que hoy posee. La dictadura reaccionaria, roja en un principio, palideciendo a medida que se siente más fuerte sobre su asiento, no se hará esperar, porque tendrá a su disposición todos los instrumentos de dominación y los pondrá inmediatamente a su servicio”. (P. Kropotkin, El gobierno representativo, 1880)

No podemos, como explotadas/os que aspiramos a dejar de ser tales, relegar nuestra historia a la mera cronología de sucesos aparentemente aislados, a la mitificación nostálgica del pasado, a la recuperación ideológica que pretenden perpetrar las decenas de versiones (de izquierda y derecha) en que se presenta el “partido del orden” (1). Nuestra mirada de las distintas experiencias que a través de los años han cuestionado el orden social impuesto, a partir de las cuales se ha llegado a comprender la necesidad ineludible del derribamiento revolucionario de las relaciones e instituciones capitalistas, responsables del mantenimiento de las condiciones de miseria general, debe posicionarse en ruptura con todos esos intentos de deformación histórica, si es que sinceramente deseamos extraer del pasado lecciones útiles para encarar el presente. Esto, por cierto, no significa clamar por una revisión “objetiva” de los procesos históricos. Tal pretensión academicista requeriría situarse en una posición neutral que simplemente no existe. Por el contrario, aspiramos a un examen crítico de la historia que sea capaz de comprender las verdaderas potencialidades que encarnaban ciertos fenómenos y experiencias, a la vez que intenta vislumbrar sus errores y límites, sin dejar de lado el contexto social-histórico dentro del que surgen. Y, ante todo, no buscamos las respuestas a las derrotas de nuestra clase en los “errores” en que las camarillas políticas, arrogándose la representación del “pueblo”, hayan podido incurrir, sino precisamente en aquellas/os en cuyo nombre se pretendía actuar. Es en este sentido que rescatamos la herencia rebelde de aquella experiencia subversiva que agitó las frías aguas de la sociedad capitalista chilena durante los años 60 y 70, obligando a la reacción a utilizar sus recursos más sanguinarios para ponerle freno -como parte de la reacción mundial frente a la gran oleada revolucionaria que sacudió a todo el mundo durante aquel periodo-, mediante el golpe militar y la represión más dura ejercida por los aparatos de seguridad de la dictadura. Lo importante, en cualquier caso, es comprender que tal derrota se vio inmensamente favorecida por la desactivación de las experiencias radicales llevada a cabo por la social-democracia durante los años previos, proceso que compromete a prácticamente todo el aparataje político que se hacía llamar revolucionario, participando directamente en el estado burgués, o actuando como su ala izquierdista “crítica”.

De esta forma, el discurso demócrata oficial, aquel que llama a la “reconciliación nacional”, a la “superación de las divisiones del pasado” para “mirar hacia el futuro”, a juramentar un “nunca más” basado en el respeto a la institucionalidad democrática (por tanto, burguesa), se presenta como un clásico recurso del poder para negar discursivamente cualquier posibilidad de ruptura radical con la reproducción del capitalismo. Y en este sentido, no constituye ninguna novedad.  Por lo mismo, no merece el gasto de energía, para los fines que nos hemos propuesto aquí, el desarrollo de una crítica más detallada de las políticas de quienes tan claramente se exhiben como enemigos acérrimos de toda actividad cuestionadora de la miseria existente. Lo que sí se hace necesario es aportar a la comprensión real del papel que todo el sector político conocido como la “Izquierda”, con todos sus matices, jugó y sigue jugando en el mantenimiento del orden social clasista. Desde luego, esto no es tarea fácil de realizar en un medio que cree una misma cosa la crítica y acción anticapitalistas y la pertenencia –doctrinaria y militante- a la Izquierda. Para nosotros/as, no se trata de jugar a ser “más” radicales levantando enemigos donde tradicionalmente se solía ver a “compañeros de viaje”, sino de criticar –incluyendo, por supuesto, la autocrítica- aquellas lógicas relacionales, aparatajes organizativos y convencimientos ideológicos de quienes han históricamente pretendido actuar en nombre de “la clase obrera”, del “pueblo”, “los oprimidos”, o como sea que circunstancialmente nos llamen a las/os explotadas/os, en el intento de transformarse en vanguardia de un movimiento que constantemente les supera. No es este el espacio para llevar a cabo una crítica más profunda, que analice las raíces históricas de la Izquierda como fracción política inherente a un sistema de dominación dado, y que sistematice los argumentos lógicos/teóricos que llevan a comprender al movimiento revolucionario del proletariado necesariamente como anti-político, en el sentido de que sólo puede ser revolucionario, expresando un contenido comunista/anárquico, el movimiento que tienda a romper con todas las separaciones introducidas y mantenidas, mediante el ejercicio de la violencia, por la división clasista de la sociedad humana. Sin embargo, es necesario tener claridad al respecto. Se ha denominado Izquierda a aquel espectro político que pretende (honestamente en algunos casos, de manera descaradamente falsa en muchos otros) defender y representar los intereses colectivos de quienes sufren en carne propia las desgracias de la explotación capitalista (y que según el contexto histórico y la ideología particular, han sido llamados de distintas maneras –trabajadores, campesinos, pobres, oprimidos, populares, etc.). Lo más importante de notar es que la Izquierda existe en referencia a lo político, a la administración de la sociedad –en la inmensa mayoría de los casos, esto implica que tal administración es llevada a cabo a través del Estado. Y dentro de esta gama de expresiones políticas, algunas han sido clasificadas como “reformistas”  y otras como “revolucionarias”. En general, tal clasificación se hace en referencia a cuestiones más bien de método que de contenido. Por ejemplo, se suele razonar que “reformistas” son quienes llaman a acudir a las urnas para desencadenar un cambio social que asegure más justicia, igualdad, participación, etc., y “revolucionarios” quienes desean llegar a lo mismo pero por vías insurreccionales. En cualquier caso, existe toda una escala cromática en tal clasificación (desde lo más amarillo al rojo más oscuro). Lo político, la determinación de la administración de la sociedad, es posible si se detenta un poder más o menos centralizado. Es decir, lo político siempre existe, de una u otra forma, y quiéranlo o no aceptar quienes se organizan “políticamente”, en torno al Estado (en la forma en que se presente). De esta manera, si la comunidad humana que pretendemos construir revolucionariamente supone el fin de la dominación de cualquier tipo, y por ende, la abolición de la jerarquización social, el mantenimiento de esferas separadas de actividad humana, especializadas en el ejercicio del poder, sólo puede significar, o bien que el proceso revolucionario fue derrotado, o que aún existen fuerzas reaccionarias en escena. En lo fundamental, esta es la raíz de la necesidad de un movimiento que niegue y supere la política, tanto oficial como pretendidamente revolucionaria. Ahora, esto no nos lleva a la ceguera de meter en un mismo saco a todas las expresiones que se han identificado como políticas. Debemos ser capaces de descubrir el contenido real de los fenómenos sociales y las propuestas de acción generadas, aquí y en todas partes del mundo, más allá de las palabras a las que recurran para su expresión. Así también, debemos diferenciar aquello que se presenta como una forma de cooptación determinada directamente desde la clase dominante, con el fin de contener el auge de la crítica social en actos, de lo que constituyen expresiones auténticas de la clase en su búsqueda de una interpretación más acertada de su realidad inmediata e histórica, expresiones que, por cierto, pueden y deben también ser criticadas. Por tanto, una cosa es atacar los intentos de cooptación del poder, y otra es la crítica –todo lo dura y frontal que se requiera– a los intentos de traducir la propia lucha en el lenguaje de la ideología dominante. Y lo que ocurre, casi siempre, es que estas dos situaciones se entremezclan. Lo que se acentuó, de hecho, durante el gobierno social-demócrata de la UP.  

En definitiva, el papel desempeñado por la Izquierda (institucional y “revolucionaria”, voluntaria o involuntariamente), en contextos de gran agitación social y aparición de fisuras en la reproducción del sistema capitalista, no es otro que el de contener el empuje y la creatividad de la clase en lucha, secuestrando su representatividad y dispersando su potencial revolucionario en formas de “enfrentamiento” dóciles y en objetivos formulados en la lógica de la ideología dominante. La Izquierda, que es la Izquierda del capital, no busca otra cosa que la administración más justa de la explotación capitalista, y cuando se muestra incapaz de contener el avance proletario, que vislumbra los límites de la práctica que las ideologías y organizaciones partidistas le asignan, que empieza a comprender sus reales posibilidades y a generar consciente y autónomamente las herramientas coherentes a sus necesidades de emancipación, es entonces cuando la dinámica del capital saca a relucir todo su arsenal del terror para ejecutar un papel represivo mucho más directo. La burguesía nunca se ha limitado a la hora de recurrir a la violencia política sistemática, ejercida ya sea directamente por sus cuerpos de orden y seguridad, como por organismos exclusivamente creados para la expansión del terrorismo de estado, cuando sus intereses se ven en peligro inminente. En tal sentido, la dictadura no surge contra la democracia; es la continuación de su tarea cuando ésta se muestra impotente, o cuando la aplicación de cambios drásticos en la estructura y forma de la explotación capitalista es requerida, procesos que suelen ir de la mano.

Cuando la cooptación se muestra insuficiente, sólo queda a disposición la “razón de la fuerza”. El golpe del 11 de septiembre tiene entonces que ser entendido como un ataque del capital a las luchas proletarias que se intensificaban y multiplicaban, en muchos casos criticando y superando explícitamente a la UP, la que a pesar de desarmar las experiencias más radicales, se mostraba incapaz de mantener el orden capitalista, orden que en lo fundamental jamás se propuso poner en tela de juicio. Obviamente, entran en juego siempre los intereses particulares de distintos bloques o grupos, siendo notorio el apoyo norteamericano a las maniobras golpistas de la derecha política. Pero tras las luchas espectaculares entre izquierdas y derechas, se encuentra la continuidad de la reacción burguesa al desarrollo del contenido comunista que las luchas proletarias van gestando. En dicho proceso, es innegable, como ya dijimos, que muchas y muchos militantes que desarrollaron una interpretación más lúcida de la realidad social, formaron parte de alguno de los partidos que pretendía ser revolucionario. Esto, sin embargo, debe ser matizado. Los mismos testimonios de estos militantes dan cuenta de cómo eran incapaces de dirigir las experiencias autogestionarias que se multiplicaban. 

Hoy, desde los alegatos tímidos de los sectores que se suman a la institucionalidad gobernante, pidiendo “Justicia” para que exista una “democracia madura” (y a través de los tribunales burgueses, claro está, constituyendo ésta más bien un recurso retórico que una exigencia real), a los clamores por reconstruir la “unidad de la Izquierda desde abajo”, tomando como molde directo a la UP, eso sí, reparando sus “errores”, encontramos un mismo hilo conductor, una misma esencia ideológica y programática: creer que avanzamos al socialismo mediante la acumulación de reformas, que la economía puede ser más justa y que la democracia se puede profundizar. Y todo esto, cuando se reconoce que no es el “ideal último” al que se aspira, sino una cuestión de estrategia, se hace en base a la imposición de límites a las propias capacidades del proletariado en su conjunto de realizar una crítica radical y de generar experiencias, espacios y relaciones profundamente distintas y opuestas a las que se replican desde la sociedad capitalista.

Por todo esto, hemos decidido reunir los siguientes textos en esta recopilación en torno al golpe del 11 de septiembre, que repasan la labor de la social-democracia durante la UP e intentan recoger las contradicciones que se explicitaban en dicho proceso, tendiendo a la crítica y superación de los márgenes reformistas e institucionales. Más allá de todas las diferencias expuestas, el dolor desatado por la represión sanguinaria de la dictadura (ya sea contra cuadros políticos, activistas sin partido o personas sin militancia) es también nuestro, y cada una de las vidas cobradas a manos de pacos, milicos y agentes de los aparatos de “inteligencia” constituyen una razón más para avanzar hacia la destrucción de este sistema aberrante. Se aproxima el momento en que aquellos que mantienen este mundo de miserias se enterarán de que, tal como les advirtiera el anarquista Paulino Pallas hace más de un siglo, antes de su ejecución, “la venganza será terrible”. 

Nota:
(1) A decir de Marx, durante los sucesos revolucionarios en Francia desde 1848 al golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, todos los estamentos reaccionarios de la sociedad se habían unido en un “partido del orden frente a la clase proletaria, como partido de la anarquía, del socialismo, del comunismo.” (K. Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, 1852)

sábado, 20 de julio de 2019

"La Destrucción de la Naturaleza" (Anton Pannekoek, 1909)

Presentación:

Es claro que la preocupación por la devastación del entorno no figuraba entre las prioridades de la política socialdemócrata de principios del siglo XX. Su “marxismo” consistía en una ideología que enaltecía el trabajo, sin poner en cuestión ninguna categoría fundamental de la sociedad capitalista, concibiendo a la “Naturaleza” solo como una fuente de recursos y depositando su fe en el progreso tecnológico y la expansión industrial. Esto es lógico, pues se trataba de una organización propiamente burguesa. Pero no es menos cierto que en ella se producían quiebres que permitían la expresión de elementos genuinamente proletarios y revolucionarios. En este sentido, no sorprende tanto que sea uno de los comunistas más lúcidos y radicales de aquel periodo quien prestara atención a esta temática, y orientara su análisis, sus premisas y sus conclusiones, en una certera perspectiva revolucionaria. Nos referimos a Anton Pannekoek, reconocido astrónomo neerlandés, cuya carrera científica y militante la llevara a cabo durante mucho tiempo en Alemania, siendo uno de los principales impulsores del “comunismo de consejos”, corriente crítica de la variante bolchevique de la socialdemocracia.

En este temprano artículo, esboza con sorprendente claridad la causa de los nocivos efectos que ya se observaban en los ecosistemas alterados por la intervención de la economía capitalista. 

Por supuesto, contiene elementos criticables, como la insuficiente crítica de la economía misma, lo que conduce a pensar en la posibilidad de una economía socialista razonable. O al parecer tratar al estado como un órgano impotente frente al capitalismo, al que debe servirle, y no derechamente como parte inseparable de la dominación capitalista. Pero, en sí mismo, es un sobresaliente aporte a la comprensión global del problema y un testimonio contundente de que la destrucción del ambiente nunca fue algo ajeno a los análisis de teoría revolucionaria (al respecto, sugerimos leer la reciente serie de textos que se encuentra publicando el grupo Barbaria, cuya primera entrega es “La tierra en la crisis del valor”).

La destrucción de la naturaleza*
Anton Pannekoek (1909)

Numerosos escritos científicos se quejan efusivamente de la creciente destrucción de los bosques. Pero no es solamente el goce que todo amante de la naturaleza siente por el bosque lo que debe tenerse en cuenta. Hay implicados importantes intereses materiales, incluso intereses vitales para la humanidad. Con la desaparición de los abundantes bosques, países conocidos en la antigüedad por su fertilidad, densamente poblados, verdaderos graneros para las grandes ciudades, se han transformado en desiertos pedregosos. La lluvia rara vez cae allí, pero cuando lo hace, es en forma de fuertes y devastadoras lluvias que remueven las finas capas de humus que, por el contrario, debería fertilizar. Allí donde los bosques montañosos han sido destruidos, los torrentes alimentados por las lluvias de verano arrastran enormes masas de piedra y arena, que devastan los valles alpinos, deforestando y destruyendo poblados de inocentes habitantes, "debido a que el beneficio personal y la ignorancia han destruido el bosque en los valles altos y en la cabecera de los ríos".

"Interés personal e ignorancia": los autores, que describen elocuentemente este desastre, no atienden sin embargo a sus causas. Probablemente, creen que poner énfasis en las consecuencias sea suficiente para reemplazar la ignorancia con una mejor comprensión y anular los efectos. No lo ven como un fenómeno parcial, uno de los muchos efectos similares que el capitalismo, este modo de producción que constituye la más alta etapa de la búsqueda de ganancias, tiene sobre la naturaleza.

¿Cómo ha devenido Francia en un país pobre en bosques, al punto de importar cada año cientos de millones de francos de madera y gastar mucho más para mitigar, por medio de la reforestación, las consecuencias desastrosas de la deforestación de los Alpes?  Bajo el Antiguo Régimen, había muchos bosques estatales. Pero la burguesía, que tomó las riendas de la Revolución Francesa, vio en estos solo un instrumento de enriquecimiento privado. Los especuladores han arrasado tres millones de hectáreas para convertir la madera en oro. El futuro era la menor de sus preocupaciones, solo la ganancia inmediata contaba.

Para el capitalismo, todos los recursos naturales no son más que oro. Cuanto más rápido los explote, más rápido fluirá este. La existencia de la economía privada resulta en que cada individuo intenta obtener el mayor beneficio posible sin siquiera pensar por un momento en el interés general, el interés de la humanidad. Como consecuencia, cada animal salvaje que presente un valor monetario y cada planta silvestre que dé lugar a ganancias se convierte inmediatamente en el objeto de una carrera hacia el exterminio. Los elefantes africanos casi han desaparecido, víctimas de la caza sistemática por su marfil. La situación es similar para los árboles de caucho, que son víctimas de una economía depredadora en la que todo el mundo se dedica solo a destruirlos, sin plantar otros nuevos. En Siberia, se informa que los animales considerados de peletería son cada vez más raros debido a su caza intensiva y que las especies más valiosas podrían pronto desaparecer. En Canadá[1], los vastos bosques vírgenes están siendo reducidos a cenizas, no solo por los colonos que quieren cultivar el suelo, sino también por los "prospectores" en búsqueda de depósitos de mineral, quienes transforman las laderas montañosas en roca desnuda para obtener una mejor visión general del terreno. En Nueva Guinea[2], fue organizada una masacre de aves del paraíso para satisfacer los deseos de ostentación de una multimillonaria estadounidense[3]. Las locuras de la moda, típicas del capitalismo que desperdicia plusvalor, ya han conducido al exterminio de especies raras; Las aves marinas en la costa este de los Estados Unidos debieron su supervivencia solo a la estricta intervención del estado. Tales ejemplos podrían multiplicarse hasta el infinito.

¿Pero no están las plantas y los animales para que los humanos los utilicen para sus propios fines? Aquí, dejamos completamente de lado la cuestión de la conservación de la naturaleza tal como sería sin la intervención humana. Sabemos que los humanos son los amos de la tierra y que transforman completamente la naturaleza según sus necesidades. Para vivir, dependemos completamente de las fuerzas de la naturaleza y de los recursos naturales; Tenemos que usarlos y consumirlos. No es de esto de lo que hablamos, sino de la forma en que los utiliza el capitalismo.

Un orden social razonable tendrá que usar los tesoros de la naturaleza puestos a su disposición de tal manera que lo que se consume sea reemplazado al mismo tiempo, para que la sociedad no se empobrezca a sí misma y pueda enriquecerse. Una economía cerrada que consume una porción del maíz destinado a la siembra se está empobreciendo e, inevitablemente, se arruinará. Pero esta es la forma en que el capitalismo opera. Esta es una economía que no piensa en el futuro, sino que solo vive en el presente inmediato. En el orden económico actual, la naturaleza no está al servicio de la humanidad, sino del capital. No son la ropa, los alimentos ni las necesidades culturales de la humanidad, sino el apetito del capital por la ganancia, por el oro, lo que gobierna la producción.

Los recursos naturales son explotados tal como si las reservas fueran infinitas e inagotables. Con las dañinas consecuencias de la deforestación para la agricultura y la destrucción de animales y plantas útiles, se pone de manifiesto el carácter finito de las reservas disponibles y el fracaso de este tipo de economía. Roosevelt[4] reconoce esta bancarrota cuando busca convocar una conferencia internacional para evaluar el estado de los recursos naturales aún disponibles y tomar medidas para evitar su desperdicio.

Por supuesto, este plan es en sí mismo una patraña. El estado puede hacer mucho para prevenir el despiadado exterminio de las especies raras. Pero el estado capitalista es, al fin y al cabo, solo un triste representante del bien común. Tiene que detenerse frente a los intereses esenciales del capital.

El capitalismo es una economía sin cabeza que no puede regular sus acciones por la conciencia de sus efectos. Pero su carácter devastador no se deriva de este solo hecho. En los siglos pasados, los seres humanos han explotado tontamente la naturaleza sin pensar en el futuro de la humanidad en su conjunto. Pero su poder era limitado. La naturaleza era tan vasta y poderosa que con sus pobres medios técnicos solo podían infligir un daño excepcional. El capitalismo, por otro lado, ha reemplazado las necesidades locales con necesidades globales, y ha creado técnicas modernas para explotar la naturaleza. De esta manera, son ahora enormes masas de materia las que están sujetas a colosales medios de destrucción y son desplazadas por poderosos medios de transporte. La sociedad bajo el capitalismo puede ser comparada con un gigantesco cuerpo sin razón; A medida que el capitalismo desarrolla su poder sin límite, devasta sin sentido alguno cada vez más el ambiente del que vive. Sólo el socialismo, que puede dotar a este cuerpo de conciencia y acción reflexiva, reemplazará al mismo tiempo la devastación de la naturaleza por una economía razonable.

Notas:
[1] La deforestación en Canadá representa hoy la mayor parte de los bosques víctimas de deforestación a nivel mundial. El llamado bosque intacto disminuyó un 7,3% entre 2000 y 2013. En 2014, Canadá ocupó el primer lugar en la destrucción de bosques vírgenes en todo el mundo, por delante de Rusia y Brasil.

[2] Nueva Guinea en 1909 estaba en manos de los Países Bajos, el Imperio Británico (Australia) y Alemania.

[3] En efecto, esta destrucción respondió a las demandas de los burgueses ricos, tanto europeos como estadounidenses. Durante décadas, el mercado de la moda femenina impulsó una búsqueda sistemática por las necesidades de un negocio extremadamente lucrativo. Culminó a principios de 1900: 80.000 pieles se exportaban cada año desde Nueva Guinea para adornar los sombreros de las damas europeas. En 1908, en las áreas de Nueva Guinea que administraban, los británicos declararon la caza ilegal. Los holandeses los imitaron sólo en 1931.

[4] Theodore Roosevelt (1858-1919), ex jefe de la policía de Nueva York, secretario de la Armada, luego se ofreció como voluntario en 1898 en la guerra contra España y Cuba, vicepresidente de MacKinley (que será asesinado), es dos veces Presidente de los Estados Unidos de 1901 a 1909. Su presidencia es particularmente marcada a nivel internacional, por su mediación en la guerra ruso-japonesa, que le valió el Premio Nobel de la Paz, y su apoyo a la primera conferencia de La Haya recurriendo al arbitraje para resolver una disputa entre los Estados Unidos y México. Todo esto en los bien entendidos intereses del poder estadounidense. Su política imperialista, conocida como "Big Stick", y luego el endurecimiento de la doctrina Monroe, permitió el control total del Canal de Panamá por parte del Estado yanqui. En política doméstica, su mandato está marcado por una política proactiva de "preservación de los recursos naturales" y la adopción de dos leyes importantes sobre la protección del consumidor. Ideológicamente, justifica la masacre de los amerindios por el capital yanqui simplemente negándolo: "ninguna nación conquistadora y colonizadora ha tratado a los salvajes que originalmente poseían las tierras con tanta generosidad como Estados Unidos". (“The Winning of the West”, Putnam, Nueva York, 1889).

* Zeitungskorrespondenz n° 75, 10 Julio 1909, p. 1-2.

Versión basada principalmente de la traducción al inglés, que puede leerse en Libcom.org, cotejada con la traducción francesa y el original alemán, que se encuentran AQUÍ. Las notas al pie corresponden a las realizadas por Ph. Bourrinet en su traducción al francés.

jueves, 4 de abril de 2019

[Extracto] La Infamia Originaria (Lea Melandri, 1977)

La Infamia Originaria (1977), de Lea Melandri, es uno de los textos más importantes del feminismo italiano surgido en la oleada revolucionaria de 1968-1977. Aborda lúcida y punzantemente la artificialidad de la separación entre lo "personal" y lo "político", así como los conflictos que acarrea enfrentarla y superarla. El extracto que compartimos a continuación está tomado de la traducción aparecida en el muy recomendable libro La Horda de Oro (Nanni Balestrini y Primo Moroni).

El militante revolucionario vuelve a pensar hoy en sus sueños privados y le surge la sospecha de que la política sea solo un sueño. Lo que ha sido mantenido a raya, negado o separado, se asoma con vergüenza o la insidia de «voces» disonantes, la «voz» que discrimina, divide, indica una diferencia.

Pero dentro, en la brecha, se vislumbra la sonrisa de Franti: una sonrisa infame que mata al mismo tiempo a la madre y a Malfati, al Corazón y a la Política.

En estos últimos años, mientras los grandes y pequeños partidos vuelven a estrechar sus estructuras jerárquicas y burocráticas, pirámides imaginarias de antiguas «geometrías» familiares, la espontaneidad revolucionaria descubre cada vez de forma más clara la verdad de todo aquello que la ideología burguesa ha expulsado de la esfera pública, a los guetos, a los hogares, la relación hombre mujer, la desviación individual. La búsqueda de circularidad y de síntesis entre lo personal y lo político, artificialmente separados, aparece como última frontera. A través de su superación o bien nace una nueva forma de existir políticamente o la política, como proyecto colectivo de liberación, muere.

Las dificultades que encuentra la autonomía en sus diferentes formas de agregación (asambleas autónomas, grupos de autoconocimiento, comunas, etc.) no son diferentes de las que llevan a los militantes «desilusionados» a recrear el partido como espacio separado de la política. Pero para los que han dejado esta ilusión a sus espaldas, el riesgo es el retorno a la vida privada. 

La nostalgia y la repetición se insinúan continuamente allí donde la aparición de comportamientos diferentes y más libres se siente como amenaza de soledad y marginación respecto a una socialidad que, aunque reconocida como imaginaria y represora, parece menos inquietante. 

La esclavitud ayuda a temer la libertad. La idea de movimiento lleva tras de sí, como si fuera una sombra, la de la parálisis. 

Llegado este punto hay que preguntarse si no somos siempre demasiado rápidas en trazar los límites entre conservación y revolución. Si por conservación no se entiende sólo la defensa de los privilegios sino, en un sentido más amplio, la sumisión a normas y relaciones que garantizan una supervivencia alienada, el límite se desplaza entrando en la historia de cada uno, tocando las situaciones más «privadas». 

Fantasmas y realidades se interesan siempre por nuestra historia privada / social. La organización capitalista de la producción para atribuir concreción a algunas abstracciones (dinero, valor de cambio) tuvo que proponerse como objetividad inmodificable (naturaleza). La misma suerte corrió todo lo que está relacionado con ella: división del trabajo, tecnología, relación individuo-sociedad etc. La «naturalidad» de la economía y de la política es el engaño de la ideología capitalista, mantenido en gran medida incluso por quienes querrían destruirlo. Descubrir trabas en una máquina que parece perfecta significa abrir un resquicio al intento de reapropiación de la realidad. Cuando lo social ya no nos aparece con la falsa solidez de lo que es objetivamente exterior y totalmente otro respecto a nosotras, es mucho más fácil observar el parentesco que mantiene con la historia de cada una de nosotras. 

En estos últimos años la imagen de sistema inquebrantable y racional ha sufrido una fractura difícilmente remediable. Las mistificaciones ideológicas y morales sobre las que se ha sostenido hasta ahora la sociedad burguesa caen mientras nos damos cuenta de que la subsistencia ya no es una garantía. 

Podría parecer el momento más favorable para poner fin a la dependencia de las masas. Alguien seguramente lo ha esperado. Pero hay también señales que indican tendencias opuestas: la revalorización de las instituciones (escuela, familia, partido), la nostalgia del retorno a lo privado, el nacimiento de nuevas formas de evasión de tipo mágico-religioso como protección frente a la soledad y la incertidumbre. El problema de la dependencia, aparte de ser más actual que nunca, es como si se revelase cargado de implicaciones complicadas y profundas. Frente a un orden que se desmorona, el esfuerzo por saldar las rupturas y cubrir las voces disonantes precisa de una conservación no menos material que el de la conservación física en sentido estrecho. Las mismas personas que ansían el desmoronamiento de la pirámide capitalista, no son siempre capaces de sustraerse a la tentación de reforzar los vértices de otras organizaciones sólo en apariencia alternativas.

La conservación se relaciona con la supervivencia. Más allá de la comida, ¿qué es lo que no podemos correr el riesgo de perder para que la vida nos sea garantizada? 

Dentro de la actual estructura económica, sujeto individual y sujeto social se presentan con connotaciones alienadas: los individuos, que la ideología burguesa describe como sujetos activos, libres y autónomos son en realidad reducidos a objetos pasivos, individuos abstractos; la masa de los productores y ejecutores resulta, por el contrario, formada por individuos que se desconocen entre sí, aislados y despojados del producto de su propio trabajo. Contraponiendo el sujeto social (clase) al individuo, como si la clase fuera por sí misma, objetivamente, el sujeto de la revolución, el materialismo dialéctico corre el riesgo de atribuir concreción y fuerza revolucionaria a una entidad tan abstracta y alienada como el individuo. 

La búsqueda de una individualidad concreta se relaciona por lo tanto, inevitablemente, con la búsqueda de una nueva sociabilidad

Cuando se habla de «personal» y «político», como de dos instancias presentes en los movimientos revolucionarios, el riesgo que corremos es, en cambio, el de restituir consistencia y polaridad a dos momentos que se presentan en realidad fundidos y confundidos. Introducirse en la historia de lo que ha sido leído sólo como privado e individual es como dejarse atrapar por un embudo. El tiempo real y la intencionalidad política están cada vez más asfixiados, mientras parece corporeizarse una profundidad sin historia donde se agitan pocas pasiones intensas, todas iguales. Lo «personal» asume así el aspecto de lo diferente: una suerte de «naturaleza» inmodificable y negada que aflora produciendo disgregación y confusión en un tejido social que quiere representarse como homogéneo.

Detrás de la verdad que hay en todo esto (la parcialidad contra una imaginaria unidad, la conflictividad contra una ficticia solidaridad) se puede acabar por reproducir, sin quererlo, la mistificación ideológica: ver como un impulso «natural» y separado lo que es efecto y al mismo tiempo sostén, la perduración de una sociabilidad distorsionada y abstracta.

Los celos, la competición, la petición de amor, son las caras desfiguradas de una integración en lo social que pasa de forma coercitiva a través de la dualidad / triangularidad de las relaciones familiares.

Desde este punto de partida, el modelo de una supervivencia alienante y destructora parece atravesar, con pequeñas modificaciones, toda la organización social.

[…] Romper el círculo de la dependencia es entrar en una fase de transición dónde el riesgo consiste en eliminar, junto al cadáver de una existencia alienada, el placer y la vitalidad congelados en una suerte de infancia mermada. 

La supervivencia tiene que ser repensada a partir de su punto de origen: una indicación que sirve no sólo para los análisis de la alienación especifica de las mujeres, sino para todas las organizaciones políticas que subrayan la autonomía como momento indispensable para la creación de una colectividad política real. 

La práctica política de los grupos feministas, en el justo momento en que hace suyas estas temáticas (la supervivencia, lo personal etc.) choca contra un Orden y una Unidad ideales que regresan continuamente, sin grandes variaciones, a las historias de la izquierda. La parcialidad se presenta en este caso de forma inequívoca como diversidad y disonancia, amenaza de cambio y de nuevas contradicciones imprevisibles. 

Cuando un orden social, cualquiera que éste sea, se siente amenazado, la reacción es la misma: censurar, controlar, integrar.

[…] El intento actual, que se desarrolla desde diferentes lugares, de llevarnos a las mesas de las conferencias, de las universidades, de los partidos, y que se ha convertido en la práctica política para el movimiento de las mujeres, no es sino la reacción conservadora de quien siente amenazados sus privilegios cotidianos, así como su credibilidad como intelectual y político.

Hoy la novedad de que la crítica de la supervivencia pueda llegar a ser parte integrante de la práctica política, es ya un hecho.

La comida y el amor, la sexualidad y el hacer, el juego y la necesidad sólo pueden renacer conjuntamente.

jueves, 17 de mayo de 2018

[Dossier] La lógica del género y la comunización

Nuevo material compartido por 2&3Dorm


"Camaradas y amigxs:

luego de una larga espera estamos felices de compartiles el cuarto y último título de la primera serie de Excursos: La lógica del género y la comunización. 

Este cuadernillo concentra 3 textos elaborados por dos integrantes del Colectivo Endnotes que hasta ahora no se encontraban disponibles en castellano y que, en nuestra opinión, presentan un necesario y agudo punto de vista sobre la relación de género en el capitalismo.

Esperamos que, tanto como a nosotrxs, estos materiales les aporten en una discusión que está lejos de haber sido zanjada.


Salud,

2&3Dorm—"

Extracto de la Introducción:

"Los textos que presentamos a continuación se abocan a la tarea de desentrañar la naturaleza históricamente específica de la relación hombre/mujer en el capitalismo. Estos textos buscan entender cómo la división antagónica de la humanidad en hombres y mujeres —sobre la base de una diferencia anatómica que determina roles sociales específicos y atributos subjetivos peculiares— sirve a la reproducción del orden social basado en la acumulación del (supuesto) valor que el trabajo asalariado produce.

A lo largo del siglo xx, distintos movimientos feministas han apuntado a diferentes aspectos de la sociedad capitalista donde se objetiviza el lugar subordinado de las mujeres: la asignación naturalizada del trabajo doméstico y reproductivo, la violencia misógina, la feminización de la pobreza, la desigualdad salarial, etc. Sin embargo, ninguno de estos aspectos considerados de manera aislada puede ayudarnos a entender por qué aquellos asignados al destino mujer ocupan un lugar “especial” para el Capital ni menos por qué la categorización de la humanidad en hombre/mujer, o el género como categoría esencial de existencia social, es necesario para la expansión del modo de producción centrado en la extracción de trabajo. Creemos que esta cuestión debe ser abordada por la crítica anticapitalista para que nuestra lucha en actos termine de una vez por todas con la totalidad de las condiciones que enajenan cotidianamente nuestras fuerzas vitales y someten la satisfacción de nuestras necesidades al cálculo de la ganancia. Hoy es más importante que nunca realizar esta tarea crítica, pues asistimos a la más profunda crisis de reproducción de la relación capital-trabajo. Por todas partes los síntomas de la desintegración se dejan ver: tanto en la creciente velocidad de destrucción de la base natural de las sociedades, como en las epidemias de las masacres masivas y la soledad allí donde el capitalismo se ha desplegado de forma más total."

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"Puesto que la revolución como comunización debe abolir todas las divisiones en la vida social, también debe abolir las relaciones de género, no porque el género sea inconveniente u objetable, sino porque es parte de la totalidad de relaciones que diariamente reproducen el modo de producción capitalista. El género, también, es parte de la contradicción central del capital, y por tanto, debe ser desmantelado en el proceso de la revolución. No podemos esperar hasta después de la revolución para que el problema del género se resuelva. Su relevancia respecto a nuestra existencia no se va a transformar lentamente ya sea por medio de una obsolescencia planeada o una deconstrucción lúdica, o a través de la igualdad de los distintos géneros o la proliferación de una multitud de diferencias. Por el contrario, para que haya revolución, la comunización debe destruir el género en su propio curso, inaugurando las relaciones entre individuos definidos en su singularidad."

La comunización y la abolición del género

miércoles, 4 de abril de 2018

COMUNIDAD DE LUCHA N°3

Tomado de Comunidad de Lucha:

En este número:

- Saltar el torniquete de la no-vida
- Sobre el 8 de marzo: las hogueras nunca se apagaron
- 29-M: memorias del combate anticapitalista

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Saltar el torniquete de la no-vida


Cualquiera que haya sufrido el hacinamiento y la espera tortuosa en el “horario punta”, puede fácilmente comprender la naturaleza inhumana del sistema de transportes. Efectivamente, este sistema no ha sido creado pensando en nuestras necesidades, ni mucho menos en la comodidad y el placer de quienes viajamos en micro o en Metro. Muy por el contrario, ha sido planificado con la misma racionalidad egoísta y calculadora con la que un empresario compra camiones para transportar animales hacia el matadero: no importa el bienestar de las personas, lo que importa es el bienestar de las empresas.

Es decir, el sistema está creado para hacer de lxs asalariadxs, y de sus hijxs, una fuente permanente de acumulación de capitales: explotadxs directamente en tanto trabajadorxs, y además como “usuarios” de un servicio por el cual debemos pagar. El hecho de que el “Panel de expertos del Transantiago” haya decretado 19 veces desde su puesta en marcha en 2007 la subida del precio del pasaje evidencia su verdadera labor: mejorar la rentabilidad económica de una empresa.

El apoyo –financiero, legal, policial– del Estado a las empresas del transporte es un hecho que ni siquiera cabe discutir, puesto como entidad administradora y protectora de la dominación capitalista, tiene sumo interés en que la gigantesca masa de esclavxs asalariadxs pueda ser transportada todos los días, y en grandes cantidades, a los lugares de trabajo y consumo. Más aún, el día 18 de enero se aprobó la famosa “Ley Anti-Evasión”, que penalizará duramente no sólo el no pago del pasaje y creará un registro nacional de “evasores”. Así, no solo se protegen con multas, cárceles y listas negras las ganancias, inversiones y la propiedad privada de capitalistas y políticos, también se logra, al mismo tiempo, el doble objetivo de perseguir a quienes no pagan, y de aislar y dividir cualquier manifestación de rebeldía por parte de lxs explotadxs y destruir cualquier posible brote de solidaridad.

La existencia de fiscalizadores, así como de la policía, es la prueba de que jamás hemos abandonado la época de los “negreros”: esclavos que controlan y apalean a otros esclavos.

Pero el verdadero símbolo de la miseria de este sistema capitalista, el secreto revelado de su existencia impersonal, inhumana, son los torniquetes.

El torniquete, lejos de ser un objeto neutral o accidental que con maquiavélico ingenio es usado por empresarios para obligarnos a pagar, es en realidad el modelo de toda esta sociedad, el verdadero espíritu de esta falsa comunidad, es la imagen que resume toda nuestra no-vida: pagar para vivir, vivir para pagar.

¿No es, acaso, ilimitado el número de “torniquetes” que debemos pasar durante nuestra vida? ¿Y cuántos de esos otros “torniquetes” son imposibles de saltar? Está el torniquete de la vivienda: pagar para habitar, para dormir, para tener un espacio –reducido para la mayoría de nosotrxs– en el cual sobrevivir. El torniquete de la salud: pagar para sanarnos y continuar nuestra existencia, no en tanto que seres humanos, sino como asalariadxs. Por lo demás, cuando se trabaja por menos de $400.000 (es decir, más de la mitad del universo de quienes trabajan) enfermarse es casi una condena a muerte. ¡Y no se le vaya a ocurrir tener una enfermedad crónica! Porque entonces el “torniquete farmacia” le cobrará mensualmente una suma para que Ud. siga respirando. Y si te endeudas y no puedes pagar, también habrá fiscalizadores acompañados de policías que irán a tu casa a embargarte por la imprudencia de haberte endeudado para mantenerte vivo ¿Y el “torniquete de la educación”? Pagar por venderte a un mejor precio, en el mejor de los casos, que obviamente es el más raro. Una situación laboral precaria e insegura es lo más común, aquí nuevamente… ¡no se le vaya a ocurrir tener problemas, estar triste, enfermarse, tener hijxs que le necesiten mientras trabaja, algún problema familiar! ¡Recuerde que hay cientos, miles tal vez, esperando reemplazarle! En resumen: si no pagas, no comes, no hay casa, y no hay salud, porque si no pagas… ¡no vives!

En el actual sistema de transportes y su organización, se encuentra visiblemente revelada toda la miseria de nuestra vida cotidiana. Hasta tal punto son el Metro y el Transantiago una manifestación de la universalidad de nuestra no-vida, que la crítica del sistema de transportes –y de la rutina social y del aburrimiento que fomenta– es al mismo tiempo la crítica de toda la sociedad, y la confirmación de la necesidad de una vida no sometida al dinero ni al trabajo asalariado. No se trata, por lo tanto, de que se cometa contra nosotrxs una injusticia particular –el torniquete, el hacinamiento, la humillación, la vigilancia– sino que se comete contra nosotrxs una injusticia de carácter universal que abarca todas las dimensiones y facetas de nuestra vida social. El problema no es tal o cual aspecto de esta sociedad capitalista –transporte, salud, AFPs, educación, etc.–, sino que la forma misma en que producimos y reproducimos la totalidad de nuestra vida. Es necesario, entonces, crear dentro de esta sociedad inhumana una comunidad que no dé cabida a la explotación; una comunidad que nos permita imaginar y crear colectivamente una forma de vida emancipada del miedo y de los efectos de todas las formas que asume la represión y, sobre todo, de un modo de no-vida basado en la dominación sobre el ser humano y la naturaleza.


Esta comunidad comienza parcialmente con la rebeldía colectiva a enajenar nuestra vida en el chip de una tarjeta, al negarnos individual y masivamente a reforzar un sistema que nos transporta directo hacia nuestra esclavitud. Pero para que la actual pasividad y evasión individual se convierta en rebeldía generalizada, habría que cuestionar prácticamente todos los aspectos de nuestra vida, de la cual el sistema de transportes es –por fundamental que resulte– solamente un elemento entre muchos otros. Una comunidad de lucha solamente podrá emerger con la ruptura del aislamiento capitalista que cotidianamente reproducimos, no solamente con la evasión o el negarse a pagar un pasaje, no solamente impidiendo que fiscalizadores y policías bajen de la micro a quienes no pueden o se niegan a pagar, sino en la subversión colectiva contra la sociedad del capital. Debemos ir a la raíz del problema. Es necesario dejar de pagar el pasaje como primer paso para dejar de pagar para vivir. Es necesario abolir la propiedad privada y el trabajo asalariado, bases reales sobre las que crecen el Estado y el sistema capitalista. Una comunidad de lucha solamente podrá afirmarse en ruptura con la totalidad del sistema y no solamente contra un aspecto particular, en la creación colectiva de una vida que ataque directamente los fundamentos sociales e históricos de la inhumanidad. La rebeldía contra el sistema aunque se manifieste por ahora en situaciones que aparecen como las más injustas –como las alzas de pasajes– lleva en sí un espíritu universal: el comienzo de la época de la superación colectiva del aislamiento capitalista.

Contra las leyes, la represión y la paz social del Capital
¡Comunidad de lucha!