domingo, 1 de enero de 2012

Amorós sobre el "decrecimiento"

Una de las propuestas más difundidas en el último tiempo dentro del "ecologismo", es la del "decrecimiento". Miguel (o Miquel) Amorós critica esta nueva ideología decrecentista, entregando además varios elementos para la discusión revolucionaria tanto en el campo "ambiental", como en el de la construcción comunista en general. Si bien no podemos hacer nuestra cada afirmación de los documentos aquí reunidos, concordamos a nivel general, esto es: el conflicto ambiental no se resolverá definitivamente si no son destruidos los cimientos en los que se funda la sociedad capitalista, si no se subvierte la esencia de las relaciones que la sustentan. Por el contrario, promover el "decrecimiento" económico de la sociedad actual, entendida como un bloque a-histórico que debe meramente frenar su expansión, sin entrar en profundidad en el cuestionamiento de sus conflictos internos (de clase), o es un idealismo bastante ingenuo o, derechamente, una pretendida salida desde la clase dominante a los problemas que la existencia y crecimiento de sus mismos privilegios genera, transformando una vez más la crítica parcial en un mecanismo de ajuste del sistema. En definitiva, como afirma Amorós, no basta con "poner a dieta al capitalismo". Es su destrucción la que se requiere, hoy más que nunca con mayor urgencia. Y como parte inherente de este proceso, que sólo puede ser concebido como revolucionario, construir la comunidad humana autoemancipada. 

Difundimos entonces tres textos de este autor sobre el tema: dos documentos y una entrevista. Al final dejamos también el enlace a una larga respuesta desde el campo "decrecenista" a estas críticas, la que si bien es clarificadora en algunos detalles, no hace sino que reafirmar el sentido de los comentarios de Amorós.



El trauma del decrecimiento

 “Con  frecuencia,  nos  dejamos  dominar  por  una  impresión,  hasta  que  nos  liberamos  al  reflexionar,  y  esta meditación rápida y mudable en su agilidad, penetra en el íntimo misterio de lo desconocido.”
(Kirkegaard, Diario de un S, eductor)
La sinrazón gobierna el mundo. Los individuos se relacionan a través de cosas que les imponen sus reglas desde fuera: mercancías, dinero, tecnología... En la sociedad a la que pertenecen su trabajo sirve para producir beneficios crecientes a particulares, no para satisfacer necesidades reales colectivas, por lo que aparece dominada por un tipo concreto de actividad económica: una economía de mercado cuya metástasis agota los recursos naturales, aumenta las desigualdades sociales y destruye el planeta. La separación entre el mundo tal como va y tal como debería ir es completa y el  futuro prometido no merece más que desprecio. El reino de la razón apunta hacia atrás, a una edad de oro; así las formas anteriores de sociedad y Estado salen del desván como soluciones menos injustas e irracionales y se ponen de moda. Unos proponen la vuelta a estadios anteriores a la civilización urbana (primitivistas); otros, al Estado-nación y a las condiciones capitalistas de la posguerra (ciudadanistas); finalmente, otros, mediante la agricultura biológica, el “comercio justo” y la “banca ética”, quieren regresar a la fase inicial del capitalismo, la de la separación del valor de uso y el valor de cambio, del trabajo concreto y el trabajo abstracto (neorrurales).

Una sociedad de clases pulverizadas que existe como objeto del capital

La etapa desarrollista o fordista del capitalismo produjo fenómenos de desclasamiento entre los trabajadores que se acentuaron con la reestructuración productiva que la concluyó; la mundialización hizo lo propio con las clases medias, tras precipitarlas en el abismo del crédito. El relevo generacional del proletariado y la mesocracia se horroriza ante la amenaza de exclusión, el destino de formar parte de la masa que la economía no necesita debido a la alta productividad y a la explotación intensiva de los obreros de los países “emergentes”. No obstante, la voluntad de reorganizar la sociedad según normas diferentes, el deseo de un cambio en la manera de aprender, producir y consumir que hoy se manifiesta esporádicamente en los llamados “movimientos sociales”, no lleva la impronta de la acción proletaria. La clase obrera ha perdido la memoria, y con ello, sus maneras y su ser. La iniciativa pertenece a los pequeños burgueses desclasados, a los estudiantes, empleados, funcionarios, y, en general, a los grupos sociales en el filo de la proletarización, los perdedores de la mundialización. El oscurecimiento del antagonismo de clase producto de la derrota obrera, sumado a la evidencia de la crisis ecológica, permite que se presenten como representantes de intereses generales, fabricándose para la ocasión un pensamiento recuperado de fragmentos críticos anteriores frutos de luchas reales. Confeccionan una ideología, una salsa de ideas completamente desligada tanto de su origen como de la acción, que refleja las ambigüedades de la idiosincrasia perdedora, sentada entre dos sillas, y que viene caracterizada por la negación del conflicto clasista, el rechazo de las vías revolucionarias, la confianza en las instituciones y la indiferencia ante la historia, detalles estos que confieren a la protesta un nuevo estilo en las antípodas de la pasada lucha de clases. En efecto, para los perdedores el capitalismo no es un sistema donde los individuos se relacionan a través de cosas y sobreviven sometidos al trabajo y esclavizados por el consumo y las deudas, algo que nació en un momento dado y puede desaparecer en otro; tal sistema no se desprende de una determinada relación social derivada de la propiedad privada de los medios de producción, sino que es “una creación de la mente”, un estado mental cuyo “imaginario” hay que descolonizar con ejercicios espirituales. Hay pues que alejarse de situaciones traumáticas, olvidarse de tomar bastillas y asaltar palacios de invierno, y sumergirse en ambientes “relacionales” donde  dominen  condiciones  psicológicas  apacibles  y familiares, que alguien ha llegado a calificar de “femeninas”. En el polo opuesto a Mayo del 68, uno no tiene más  ganas de hacer el amor cuando más se enfrenta con la policía, ni encuentra la playa debajo de los adoquines. La barricada no abre el camino. Eso seguramente es cosa de  machotes, un modo de hacer demasiado “masculino”. El método “convivial” no busca combatir porque no reconoce enemigos; se basa en trastocar la actitud de las personas - desde luego, no hechas de historia, sólo rellenas de “imaginario”-- no con el trabajo de la negación, sino con  el buen rollo evangelizador.

La crisis principal es crisis de la conciencia de clase

De acuerdo con el idealismo mesocrático el mundo es irracional e injusto porque no ha sido gobernado de forma adecuada, al no proporcionársele a la humanidad una verdad definitiva, o no desvelársele una “ley natural” como por ejemplo la del decrecimiento, fácilmente condensada en las ocho “erres” de Latouche. El antagonismo violento entre clases aparece apaciguado y semidisuelto en múltiples oposiciones menores: consumismo y frugalidad, despilfarro y ecoeficiencia, mundial y local, desperdicio y reciclaje, alimentación industrial y autoproducción, coche privado y bicicleta, crecimiento y decrecimiento, ying y yang. La ruta de una parte a la otra ha de ser recorrida con simplicidad y sin traumas; el nuevo orden será implantado lejos de las masas, paulatinamente y desde fuera, mediante la pedagogía y el ejemplo, gracias a experiencias marginales austeras y reformas fiscales. El decrecimiento es para sus seguidores la verdad “más verdadera”, por lo que será suficiente aplicarla en pequeñas  dosis y “articularla políticamente” para que su virtud conquiste el mundo. Como verdad absoluta no está sujeta al espacio ni al tiempo, no es vista como un producto histórico gestado en etapas anteriores de la crisis capitalista, responsable de una evolución determinada de las clases sociales y de sus conflictos. Sin embargo la memoria nos aclara el sentido de la aventura decrecentista en busca del reino idealizado de la clase media decadente. Para empezar, el decrecentismo no aporta nada nuevo. En sí es una mezcla de bioeconomía, indigenismo y ciudadanismo. De la primera extrae su principio económico; del segundo, su principio social, la “convivencialidad”; del tercero, su principio político. Por supuesto, el decrecimiento es una “propuesta abierta a una gran diversidad de experiencias y corrientes”; no son lo mismo Enric Duran y los anarcosindicalistas, que Attac, los posestalinistas o la cohorte oenegera. Pero precisamente debido al hecho de no desprenderse de una praxis social concreta sino  haber nacido en una mesa de expertos y profesores –cosa que reafirmaría más todavía su naturaleza ideológica-- el remedio del decrecimiento sirve lo mismo para un roto que para un descosido. Los más avispados se inspiran en la autoorganización de barriadas marginales de conurbaciones tercermundistas como La Paz, Oaxaca o Niamey, pero  hay quien señala a Cuba como ejemplo de lo que significa mantenerse “dentro de los parámetros de sostenibilidad”. Con ese modelo no es de extrañar que al proyecto decrecentista se apunte “el mundo de los partidos comunistas”, mundo parásito por excelencia, subrayando así uno de los aspectos más sospechosos, acontecimiento del que se felicitan Carlos Taibo y Fernández Buey. En una atmósfera convivencial, cuanto más seamos, más reiremos: el decrecimiento es igual de compatible con el marxismo ecléctico y positivista de los universitarios que con la teología de la liberación o el municipalismo libertario. Cualquiera puede interpretarlo a su conveniencia, poner el acento en unas ideas y desechar otras, darle un toque particular o pasarlo por el cedazo, sin que por ello quede oculto su función reaccionaria en tanto que falsa conciencia de la realidad de unas clases en migajas.

No way out

Todos  los partidarios  del  decrecimiento  hablan  de salirse de la economía, aunque la forma de dar el paso no pase por una revolución, ni tan sólo por una hecatombe económica. Sin que pase por una salida. La destrucción del capitalismo no es la condición previa del cambio. Éste ha de ser “civilizado”, pasando por la puerta, no rompiéndola, con el inapreciable auxilio de la informática e internet, herramientas “conviviales” que “atacan el reino de la mercancía” (Gorz) y nos ayudan a crear “espacios autónomos convivenciales y ahorrativos” repletos de “bienes relacionales”, gracias a cuyo atractivo quedará nuestro imaginario descolonizado. No se trata pues de sustituir un sistema por otro, y menos con violencia, sino de crear un sistema bonito dentro de otro malo, que conviva con él. Cuando los decrecentistas hablan de salir del capitalismo, la mayoría de las veces se refieren a salir del “imaginario capitalista”. A un cambio de mentalidad, no de sistema. Es más, piensan que este otro cambio, que comportaría la destrucción de la democracia burguesa, la socialización de la producción, la eliminación del mercado, la abolición del salario y la desaparición del dinero, engendraría “el caos”, algo “insostenible” que además tendría el defecto de no terminar con el “imaginario dominante.” Estamos muy lejos de caminar hacia lo que en otra época se llamó socialismo o comunismo. Lo que se pretende es más sencillo: poner a dieta al capitalismo.  No cabe la menor duda de que sus dirigentes, estimulados por el éxito de una “economía solidaria” a la que el Estado ha transferido suficientes medios, y, forzados por el agotamiento de los recursos y la escasez de energía barata, se van a convencer de la necesidad de entrar “en una transición socio-ecológica hacia menores niveles de uso de materias primas y energía” (Martínez Alier). Los millones de parados que engendraría dicha transición habrían de coger el ordenador y marchar al campo, recipiente de un sinfín de “nuevas actividades”, medida que fluiría de un “ambicioso programa de redistribución” incluyendo una “renta de ciudadanía” (Taibo), al alcance solamente de las instituciones estatales. En tanto que tentativa de salirse del capitalismo sin abolirlo, al pasar a la acción y entrar en el terreno de los hechos, los decrecentistas confluyen con el viejo y abandonado proyecto socialdemócrata de abolir el capitalismo sin salir nunca de él. Si acabar con el capitalismo de forma abrupta es una forma de “decrecimiento traumático” que va contra el “decrecimiento sostenible” (Cheynet), qué decir tendría acabar con la política. Aunque no haya más política que la que sigue los designios de la economía, y, por lo tanto, del crecimiento, no se concibe otra manera de “implementar” las medidas necesarias de cara a una “transición igualitaria hacia la sostenibilidad” que la de “recuperar protagonismo como comunidades políticas” (Mosangini), por ejemplo, mediante “una propuesta programática ante las elecciones” (Jaime Pastor). Así pues, los decrecentistas podrán cuestionar el sistema económico que han renunciado a destruir, pero nunca cuestionarán sus subproductos políticos, los partidos, el parlamentarismo y el Estado, instrumentos conviviales y espirituales donde los haya. Aunque en casa la boca se les llene con lo de “recobrar espacios de autogestión”, de puertas afuera claman por el engendro de la “democracia participativa”, es decir, por la vigilancia y asesoría de las instituciones y constructoras en materia de urbanización e infraestructuras, al objeto de conjurar las protestas radicales en defensa del territorio.

El Estado es el aparato mediador entre el capital en su conjunto y los capitales particulares

Del ciudadanismo, la ideología del decrecimiento conserva intactos el pánico a los conflictos, el amor a las nuevas tecnologías y la adhesión al Estado “democrático”. Los  ciudadanistas han circulado antes por la carretera estatista en sus demandas de tasación y regulación financiera. En los países llamados democráticos porque ocultan su totalitarismo, un pretendido sujeto emerge de las ruinas del proletariado: la “ciudadanía”. Éste es el disfraz con que la lumpenburguesía se sirve para presentar la cuestión social no como respuesta a las prácticas de una clase dominante propietaria del mundo, sino como un problema de impuestos y de derechos civiles, efectivamente bloqueados o recortados por leyes de excepción necesarias para el funcionamiento de la economía, que es de manera progresiva una economía de guerra. La acción ciudadana no consistirá en suprimir las diferencias de clase, igualar la remuneración de los funcionarios, impugnar la existencia de las jerarquías y menos aún en reivindicar una expropiación generalizada; consistirá sencillamente en “repolitizar la esfera pública y recordar a los consumidores que son por encima de todo ciudadanos” (Jorge Reichman). Afirmar rotundamente que otro capitalismo es posible, reclamando al Estado como buenos votantes nuevas leyes que garanticen los derechos conculcados y una nueva fiscalidad que repare los daños provocados en la sociedad y el medio ambiente. Para los ciudadanistas, ni la política ni el Estado tienen carácter de clase y forman parte del  mecanismo de explotación, sino que son espacios neutros susceptibles de ponerse al servicio de intereses comunes con tal que sean controlados por observatorios y comisiones de seguimiento. Ante esa convicción inamovible, el alboroto y la algarada que acompañan a las movilizaciones no resultan argumentos “que pesen en el debate” y han de condenarse en favor de las manifestaciones pacíficas y festivas, del diálogo con los poderes y de las elecciones.

A pesar de las diferencias, no existe una contradicción mayor entre la ideología ciudadanista y la del decrecimiento, sino una continuidad lógica. Las dos traducen la mentalidad de las clases medias en dos etapas distintas del capitalismo. El ciudadanismo se correspondía con un periodo expansivo, donde había especulación para todos. Las clases medias ciudadanas no escupen en la mano que les presta dinero; por eso eran optimistas y contrarias a contestar una economía que parecía funcionar; sólo era cuestión de moralizarla con regulaciones y controles institucionales preferentemente en manos de la “izquierda real”. No querían modificar el sistema político, sino renovar los contenidos de los programas; soldar el partido del Estado. Para mejor precisar estos objetivos, se negaron a constituirse en partido, diluyeron su keynesianismo y de estar “contra la globalización” se fueron a “otra globalización”. Mientras tanto, el único decrecimiento que hubo fue el de la conciencia social. Cuando el panorama se volvió negro, el rosario de crisis financieras, bursátiles e inmobiliarias donde desembocó la expansión burbujeante de la economía tuvo consecuencias funestas para la “ciudadanía”, fuertemente endeudada y con el imaginario puesto en una segunda residencia y unas vacaciones en Cancún. Por primera vez en muchos años hubo decrecimiento, pero en forma de recesión económica, no de imaginario liberado. La factura de las crisis no se detuvo en los que pagan siempre sino que llegó hasta el empresariado, al que también se le cerró el crédito. Las bolsas de excluidos y morosos se dispararon. El temor a situaciones como las del “corralito” argentino se hizo palpable. El retorno de un Estado fuerte tapando los agujeros con fondos y creando trabajo se impuso como solución. El discurso del cambio climático sacó fuera del baúl de los horrores a la energía nuclear. El “peak” de la producción petrolífera puso en marcha el negocio de las energías renovables. La misma clase dominante tuvo que reconsiderar la “alternativa” del keynesianismo y la industria verde, única posibilidad de crecimiento inmediato. El capitalismo viraba seriamente hacia el desarrollismo “sostenible”, auxiliado por un ecologismo que no se propuso desafiarle, un ecologismo pues inoperante ecológicamente. Un cambio de paradigma capitalista de tal magnitud, o dicho más exactamente, un estado de excepción ecológico, primer capítulo de una economía de guerra, acarreaba importantes alteraciones en la producción, el consumo y la manera de vivir, cambios que afectaban a las clases perdedoras. Había llegado el  momento de salirse de un determinado tipo de capitalismo y permitirse el lujo de declararse anticapitalistas.

La destrucción y reconstrucción del  planeta forma parte del proceso de valorización capitalista

Ante una clase media arruinada, millones de parados y unas perspectivas económicas realmente belicosas, el proyecto ciudadanista resultaba ridículamente moderado. El capitalismo se adelantaba al fomentar un Estado verde dentro de una economía verde. El catastrofismo ecologista había encontrado padres adoptivos en las instancias dirigentes del más alto nivel, enriqueciendo el lenguaje de Estado. Reaparecieron jerarcas partidarios de poner límites, incluso, a largo plazo, de ir hacia un capitalismo sin crecimiento, tal como recomendaron los expertos del Club de Roma hace casi cuarenta años. Los medios decrecentistas recibieron un aluvión de adherentes con ganas de marcha; de ahí las presiones para abandonar el debate entre expertos (a fin de “ejercer la ciudadanía”) y el individualismo (o el “decrecimiento en una sola aldea”), bien creando  un partido político o en su defecto un “movimiento”, bien proponiendo nuevas instituciones y profesiones. Por ahora los nuevos horizontes de la economía y de la política no convergen con “el programa reformista de transición” del decrecimiento, todavía en mantillas, pero sin duda acercan posiciones. Los dirigentes capitalistas son conscientes de que incorporar criterios de sostenibilidad a la gestión económica es la mejor garantía para la supervivencia de las empresas. Los objetivos de un programa patronal como el llamado “Responsabilidad Social Corporativa” son “integrar los aspectos económicos, sociales y medioambientales en la actividad empresarial e incluirlos en su estrategia.” Uno creería estar leyendo Le Monde Diplomatique. Por  otro lado las decisiones empiezan a regresar a la esfera del Estado, recobrando éste en parte la facultad de definir los intereses generales, lo que renueva con mayor realismo las esperanzas decrecentistas de un “control democrático de la economía por la política”. Un entendimiento con el orden es posible. Empresarios, políticos y fans del  decrecimiento, unos quedándose dentro sin salirse, otros saliéndose fuera sin quedarse, coinciden a grandes rasgos en poner atención al metabolismo de la economía y gravar  las pérdidas del ecosistema “sin mermar el bienestar de los empleados.” De acuerdo pues en el refuerzo de los controles, en la necesidad de pagar la “deuda de carbono”, en  la difusión de las nuevas tecnologías, en el aumento de la inversión pública, en el reciclado de basuras, en la gestión “democrática” del territorio y, sobre todo, en la aceptación de determinadas restricciones al consumo, que habrá de basarse no ya en la abundancia, sino en el racionamiento (por ejemplo, energético). Desde cualquier ángulo, las soluciones pasan por disciplinar a los individuos en tanto que consumidores, reeducándolos en el ahorro, la austeridad, el reciclaje y el pago de tasas académicas e impuestos mayores. En tanto que automovilistas, financiándoles la compra de coches menos contaminantes, pero obligando a pagar peajes por acceder a los centros de las conurbaciones y trabando al estacionamiento. Y también en tanto que trabajadores, preparándolos para el reparto de trabajo, la reducción salarial, la recolocación en medio rural y el ocio creativo. Finalmente, la necesidad de mantener a sectores enteros de excluidos del mercado laboral revaloriza experiencias marginales como cooperativas, huertos urbanos, desescolarización, entretenimiento comunitario, trueque, movilidad sostenible, etc.; es decir, garantiza la existencia de una economía marginal tolerada e incluso protegida, un “tercer sector” al que se transfiere por las vías fiscal y administrativa un pedacito de los beneficios de la economía “real”.

Violencia anticapitalista o destrucción de la especie Humana

Muchas ideas expuestas en los papeles decrecentistas son interesantes y comprensibles en un contexto de rebeldía, y aún se entienden mejor en las obras de los autores originales de donde fueron recuperadas. No forman un conjunto coherente, puesto que su base social no es coherente. Dada la “diversidad” de personajes, colectivos y sectores presentes, en distintos niveles de compromiso con la dominación, la mediación a través de la práctica se produce en la confusión y la arbitrariedad. Todos tienen en común el huir de ese factor esencial de conocimiento que es la revuelta. Todos temen al trauma  de la revuelta. El decrecimiento es un paraguas bajo el que se cobijan posturas imposibles de unificar: unas se limitan a acampar en los prados de la pedagogía, otras insisten en preñar la política y el sindicalismo, y el resto obedece a la llamada de la tierra. Cada posicionamiento refleja los intereses concretos de un determinado grupo  social, distintos e incluso opuestos a los de los otros grupos, puesto que la clase en la que se insertan no es una auténtica clase, sino un montón de pedazos de otras. La  Historia muestra suficientes ejemplos de la única materia que puede reunir tal tipo de fragmentos: el miedo. Un movimiento sin intereses claros y con la estrategia por  definir, impulsado por el pánico, no puede funcionar más que al servicio de otros intereses, estos por supuesto bien visibles, y como parte de otra estrategia, perfectamente definida: en ausencia de un movimiento revolucionario real, mandan los intereses y la estrategia de la clase dominante.

Son encomiables muchos experimentos de desvinculación, reivindiquen o no reivindiquen el decrecimiento, pues en las épocas sombrías tienen la fuerza del ejemplo,  a condición, eso sí, de presentarse como lo que son, modos de sobrevivir más llevaderos, de coger aliento si cabe, pero nunca panaceas. Son un comienzo pues la secesión es hoy la condición necesaria de la libertad. Sin embargo, ésta no tiene valor sino como fruto de un conflicto, o sea, unida a la subversión de las relaciones sociales dominantes. Constituyendo una especie de guerrilla autónoma. La relación con los combates sociales y la práctica de la acción directa es lo que confiere el carácter autónomo al espacio, no su existencia en sí. La ocupación pacífica de fábricas y territorios abandonados por el capital podrá resultar a veces loable pero no funda una nueva sociedad. Los espacios de libertad aislados, por muy meritorios que parezcan, no son barreras que impidan la esclavitud. No son fines en sí mismos, como no lo eran los sindicatos en otros periodos históricos, y difícilmente pueden ser instrumentos para la reorganización de la sociedad emancipada. Durante los años treinta fue cuestionado ese  papel, atribuido entonces a los sindicatos únicos, porque se le suponía reservado a las colectividades y a los municipios libres. El debate merece recordarse, sin olvidar que,  a la hora de la verdad, la autonomía de cada institución revolucionaria, sindicatos incluidos, fue asegurada por la presencia de milicias y grupos de defensa. Pero hoy las  cosas son diferentes; la emancipación no va a nacer de la apropiación de los medios de producción sino de su desmantelamiento. Las zonas relativamente segregadas hoy  en día existen precisamente porque son frágiles, porque no son una amenaza, no porque constituyan una fuerza. Y sobre todo, porque no sobrepasan los límites del orden:  en Francia, la mayor aportación del millón de neorrurales no ha sido otra que “votar a la izquierda”. Al fin y al cabo, también son contribuyentes. Los islotes autoadministrados no transforman el mundo. La lucha, sí. No estamos en la época de los falansterios y las icarias. La democracia directa y el autogobierno han de ser respuestas sociales, la obra de un movimiento nacido de la fractura, de la exacerbación de los antagonismos sociales, no del voluntarismo campañil, y no han de producirse en la periferia de  la sociedad, lejos del mundanal ruido, sino en su centro. El espacio será efectivamente liberado cuando un movimiento social consciente lo arrebate al poder del Mercado  y del Estado, creando sólidas contrainstituciones en él. La salida del capitalismo será obra de una ofensiva de masas o no será. El nuevo orden social justo e igualitario nacerá  de las ruinas del antiguo, puesto que no se puede cambiar un sistema sin destruirlo primero.

Extraido de la publicación Libre Pensamiento, número 63, invierno 2010.
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Crecimiento y decrecimiento

Hablar de crecimiento y decrecimiento es lo mismo que hablar de capitalismo y anticapitalismo, pues el capitalismo es la única formación económica que no se basa únicamente en la obtención de beneficios, sino en la obtención creciente de los mismos. Los frutos de la explotación capitalista no se emplean principalmente en dispendios sino que se convierten en capital y se reinvierten. De este modo el capital crece, se acumula sin cesar. El crecimiento es la condición necesaria del capitalismo; sin crecimiento el sistema se desmoronaría. Es el indicador del funcionamiento normal de la sociedad; es por tanto un objetivo de clase. Desde que la burguesía es consciente de los fundamentos de su poder, la expansión es su bandera; no obstante, hasta 1949 el crecimiento no se define como política general de Estado, en el famoso discurso de Truman. El capitalismo ya se había vuelto más técnico, más dependiente de la tecnología, más americano. La ideología basada en el crecimiento económico como panacea, el desarrollismo, se convertirá en el eje de todas las políticas nacionales, tanto de derechas como de izquierdas, tanto parlamentaristas como dictatoriales. La primacía del crecimiento económico sobre el objetivo político caracterizó durante los años cincuenta y sesenta los discursos de los representantes de la dominación. La libertad fue asimilada a la posibilidad de un mayor consumo, del acceso a un mayor número de mercancías, gracias al crecimiento. Y quedó garantizada por los pactos sociales de posguerra entre las administraciones, los partidos y los sindicatos, al permitir el pleno empleo y la mejora del poder adquisitivo de los trabajadores asociada a la productividad.

La vacuidad de una vida entregada al consumo y manipulada por la industria cultural fue puesta de manifiesto por la revuelta juvenil de los sesenta, que afectó las capitales de los países llamados «desarrollados»: los jóvenes insatisfechos no querían una vida donde el no morir de hambre se cambiaba por la certeza de morir de hastío. Los disturbios del gueto negro americano añadieron nuevo combustible al fuego de la rebeldía. Los excluidos de la abundancia demostraban su rechazo mediante el saqueo y la destrucción de mercancías. Esa revuelta nihilista encontró su teoría en Mayo del 68. Pero eso no fue todo. El propio sistema empezó a ser cuestionado desde dentro por especialistas disidentes, concretamente desde el campo de la teoría económica y desde el ambientalismo. Rachel Carson fue la primera en advertir de la amenaza que para la vida en la Tierra significaba la producción industrial. Los economistas N. Georgescu-Roegen, H. Daly o E. J. Misham (el primero en escribir de "Los costes del desarrollo" en 1969), daban un enfoque «físico» y holístico a su disciplina, considerando el mundo como un sistema cerrado, una «nave espacial Tierra» donde todo está relacionado con todo y todo tiene un coste. Según un artículo histórico de Kenneth Boulding escrito en 1966, en la economía del cowboy la medida del éxito la proporcionan la producción y el consumo, mientras que en la economía del «astronauta» el éxito corresponde a la conservación del medio. Sin embargo, el crecimiento inherente a la primera se alimenta con su degradación, bien visible a partir del punto en que la destrucción domina sobre lo demás (cuando la capacidad del planeta en soportar desperdicios queda superada). Contaminación, aditivos químicos, lluvia ácida, residuos, explosión demográfica, urbanismo depredador, motorización, turismo, etc., problemas que revelaban el desequilibrio biológico del planeta, fueron planteados y debatidos muy tempranamente. Por entonces, Barry Commoner, en El círculo se cierra, y Edward Goldsmith, desde la revista The Ecologist, criticaron el desarrollo tecnológico unilateral, la dilapidación irreparable del «capital natural» y el impacto negativo creciente de la industria moderna sobre los ecosistemas, la salud y las relaciones sociales. Científicos como J. Lovelock y L. Margulis formularon la «hipótesis Gaia» sobre el planeta como sistema autorregulado, y revelaron por primera vez el aumento del efecto invernadero debido a los vertidos gaseosos a la atmósfera de la industria y la circulación motorizada. Otro experto, Donella Meadows, del MIT, a instancias del Club de Roma redactó un informe titulado Los límites del crecimiento para la Conferencia de Estocolmo (1972), que planteaba la contradicción irresoluble entre un desarrollo infinito y unos recursos natura­les finitos. La expansión económica desorganizaba la sociedad y obligaba a multiplicar las jerarquías y los controles. Se efectuaba en detrimento de la ecosfera y de mantenerse iba a terminar agotando los recursos. Cualquier política económica había de contar con el medio ambiente si de verdad quería saber los costes reales. Además, el aumento expo­nencial de la población acabaría provocando una crisis alimentaria (como decía Malthus) y en un si­glo se llegaría al colapso social y a la desaparición de la vida. La solución residiría en un «crecimiento cero». Recordando la recomendación de Stuart Mill, una economía estacionaria restablecería el equili­brio entre la sociedad industrial y la naturaleza. Finalmente, Goldsmith y un grupo de colaborado­res publicaron en 1972 un Manifiesto para la super­vivencia que retomaba y sistematizaba las críticas anteriores. Su mensaje: economía y ecología debían reconciliarse, para dar lugar a formas sociales esta­bles, autárquicas, descentralizadas.

Las críticas que resaltaban el papel menospreciado de la naturaleza en la historia social fueron ignoradas por casi todos los contestatarios con la salvedad honrosa del anarquista Murray Bookchin, porque primeramente cuestionaban el dogma del desarrollo de las fuerzas productivas, la base sagrada del socialismo. Y en segundo lugar, porque lejos de pretender un cambio revolucionario tratando de agrupar a una mayoría tras un programa antidesarrollista radical, no aspiraban sino a convencer a los gobernantes, empresarios y políticos del mundo de la necesidad de hacer frente a los hechos denunciados, con medidas que no iban más allá de los impuestos, las multas y las subvenciones. Los científicos y demás expertos eran víctimas de su posición de clase subalterna y auxiliar del capitalismo, que no cuestionaban en absoluto, por lo que cerraban los ojos ante las consecuencias раra la acción de sus objeciones al crecimiento y negaban su anticapitalismo esencial. Limitándose а ejercer su función de consejeros, cometían el еггor de confiar en los dirigentes, o sea, en los responsables del deterioro planetario que ellos mismos ha denunciado. El movimiento ecologista arrastrará siempre ese pecado de origen y en los ochenta los proyectos «verdes» confluirán con las innovaciones capitalistas. La huida neoliberal hacia delante en el crecimiento y la degradación -encarecimiento del petróleo, Bhopal, Chernóbil, las dioxinas, el agujero de la capa de ozono, la polución, etc. — confirmó la pertinencia de las críticas y el fracaso del desarrollismo sin trabas convirtió al ecologismo la mayoría dirigente. El concepto de «desarrollo sostenible» del informe Bruntland (1987), presentado por la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, y sobre todo, por la Conferencia de Río (1992), marcaría la fusión de la ideología ecologista con el capitalismo, aceptada en primer lugar por los partidarios de la regulación estatal de crecimiento, la vieja «izquierda». En realidad se trataba de preservar el desarrollo, no la sostenibilidad. De administrar la nocividad, no suprimirla. Para ello se buscaba la armonización del medio ambiente con la economía de mercado. La capa de ozono y el modo de vida consumista podían ser compatibles merced a una nueva contabilidad que incluyera el coste ambiental. El mercado beneficiaría la producción «limpia» y castigaría la contaminante. El reciclaje sería premiado y la basura, penalizada. No obstante, la Conferencia de Kyoto sobre el cambio climático (1997) рuso de manifiesto las dificultades insalvables que presentaba el proceso de reconversión ecologista de la producción y el consumo. A pesar de la aparición de un negocio ambiental cada vez más importante y del ahorro que significaba el desguace de los servicios sociales del Estado, el mercado no podía hacerse cargo de dicha transformación por ser onerosa para las industrias. Medidas elementales como los topes a la emisión de gases ponían en peligro el crecimiento puro y duro, pilar central del sistema capitalista actual. La solución encontrada, la globalización de los intercambios, y su consecuencia primera, la deslocalización de las industrias y el incremento exponencial del transporte, caminaba en la dirección contraria. Exigía que la agricultura intensiva siguiese alimentando al mundo, esta vez con ayuda de la ingeniería genética, que la industria química determinara el metabolismo humano, que los niños asiáticos trabajasen en fábricas y que el TAV acuchillase Europa. Otro tanto se diría de la energía nuclear o de los transgénicos. Si el crecimiento destructivo necesitaba la cobertura ecológica, la destrucción había de presentarse como el acto ecológico por excelencia.

En diciembre de 1912, seis años antes de ser asesinada por la soldadesca de un gobierno socialdemócrata, Rosa Luxemburg publicaba un controvertido libro, La acumulación del capital, donde afirmaba la reproducción ampliada de capital, o sea, el «crecimiento», no podía asegurarse sin que entrasen en la órbita mercantil los sectores atrasados de los países modernos y la población del resto del mundo que se desenvolvía en economías precapitalistas o de capitalismo incipiente. Para el mundo capitalista era vital la existencia de un mundo exterior, fuente de consumidores, materias primas y mano de obra barata. Las dificultades que el proceso podía tener se solucionaban a la fuerza: «En los países de ultramar, su primer gesto, el acto histórico con que nace el capital y que desde entonces no deja de acompañar ni un solo momento a la acumulación, es el sojuzgamiento y la aniquilación de la comunidad tradicional. Con la ruina de aquellas condiciones primitivas, de economía natural, campesina y patriarcal, el capitalismo europeo abre la puerta al intercambio de la producción de mercancías, convierte a sus habitantes en clientes obligados de las mercancías capitalistas y acelera, al mismo tiempo, en proporciones gigantescas, el proceso de acumulación, desfalcando de un modo directo y descarado tesoros naturales y las riquezas atesoradas por pueblos sometidos a su yugo.»

Quizás por contradecir a Marx el libro fue olvidado, pero su punto de vista fue repetido en los setenta por determinados críticos, que tenían en común el haber sido altos funcionarios -Ivan Illich, de la Iglesia; Francois Partant, de las finanzas francesas; Fritz Schumacher, de la industria inglesa- implicados en programas de desarrollo del «Tercer Mundo», y el hecho de postular, a diferencia de los ecologistas, el abandono del capitalismo. En efecto, libros como La convivencialidad (Illich), El final del desarrollo (Partant), Lo pequeño es hermoso (Schumacher) o El manual completo de la autosuficiencia (John Seymour), denunciaban la ausencia de relación entre prosperidad económica y bienestar social, rechazaban el productivismo, las nuevas tecnologías, los sistemas burocráticos y autoritarios, el consumo de masas, los monocultivos, los pesticidas y fertilizantes químicos, el urbanismo desbocado, etc., y propugnaban la economía vernácula basada en lazos comunitarios, la descentralización, la tecnología tradicional, la diversidad de cultivos y los abonos naturales, el autoabastecimiento, la reducción del tamaño de las ciudades... Eso comportaba en teoría la ruptura con al menos dos aspectos esenciales del marxismo (y del sindicalismo revolucionario): la sociedad plenamente industrializada como alternativa emancipadora, o sea, el despliegue ilimitado de las fuerzas productivas socializadas como condición elemental de una sociedad libre, y el papel de la clase obrera fabril en la liberación de las servidumbres capitalistas, es decir, la función del proletariado industrial -con su ética del trabajo y su docilidad sindical- como agente histórico y sujeto revolucionario. Puesto que la libertad dependía de la estabilidad de los ecosistemas dentro de los cuales se insertaba, no podía nacer ésta de un desarrollismo socializado universal sino de un retorno a la colectividad autosuficiente y a la producción local; surgiría no de la toma de los medios de producción capitalistas, sino de su desmantelamiento. No debían asegurarse un mayor consumo y por lo tanto una producción mayor, sino su subsistencia material. Sus necesidades habían de definirse en función de los recursos, no en función del poder adquisitivo. Para eso no tenían que organizar de otra manera la misma sociedad, sino transformarla de abajo arriba, abolir todas las dependencias, destruir la maquinaria que obligaba a la jeraquía, a la especialización y al salario. En la sociedad convivencial ninguna actividad impondría a quien no participara en ella un trabajo, un consumo о un aprendizaje. La sociedad organizada de modo autónomo y horizontal debería dominar las condiciones de su propia reproducción sin alterarse. Los intercambios no podían comprometer su existencia. Una sociedad así había de ser una sociedad donde el tejido social sustituyera al Estado, controlando su tecnología y prescindiendo del mercado. Siguiendo el hilo del discurso, a fin de alcanzar una sociedad de ese tipo -añadimos nosotros- los obreros habrían de luchar no para colocarse mejor o simplemente mantenerse en el mercado del trabajo, sino para salirse de la economía. Tenían que destruir las fábricas y las máquinas, no autogestionarlas. Y, puesto que en el capitalismo contemporáneo el consumo prevalece sobre la producción, el terreno del conflicto residiría menos en los lugares de trabajo que de la vida cotidiana. Este combate requeriría la voluntad de vivir de otra manera, por lo que no podía ser asumido por asalariados satisfechos y consumistas. Los destinados a hacerlo serían los trabajadores precarios, los inmigrantes, los parados, los automarginados -los excluidos en general- actuando no en el marco de la producción capitalista, sino al margen, es decir, con un pie fuera del sistema, y por consiguiente, más proclives a colocarse, mediante la autoorganización y el autoconsumo, en una perspectiva de debilitamiento de la economía y del Estado. En los países «desarrollados» el grado de exclusión es mínimo, aunque crece, pero en los países que los dirigentes llaman «subdesarrollados» los excluidos son legión.

La destrucción del medio obrero en los ochenta es responsable de que esta crítica permaneciese anclada en los medios que le dieron origen y de que quince años más tarde fuera recuperada por los ideólogos del decrecimiento. En el campo de la radicalidad, apenas podemos citar reflexiones en ese sentido: Bookchin, Freddy Perlman, Theodore Kaczinski, L’Encyclopédie des Nuisances, Fifth Estate… Lo menos que puede decirse de aquellos medios es que no eran los más apropiados para expurgar dicha crítica de contradicciones y difundirla. De acuerdo con ella, la reproducción ampliada de capital y de la fuerza de trabajo estaba asegurada por el crecimiento, pero no así la reproducción del medio que proveía de recursos, ni tampoco de la sociedad en su conjunto. Entonces, cabía preguntarse si los conflictos que forzosamente han de derivar del deterioro ambiental, las catástrofes y la descomposición social, favorecerían una transformación del sistema o, en otras palabras, si permitirían la emergencia de una alternativa creíble. La ideología del decrecimiento pretende ser esa alternativa.

El nombre es una simple etiqueta tomada de Georgescu-Roegen. En principio consiste en un conjunto aparentemente coherente de ideas como las que podemos encontrar en Illich, Partant, Mumford o en The Ecologist, elaborado por expertos desde instancias de cooperación para el desarrollo, universidades, ONG y «Foros sociales», el mismo medio que alumbró la ideología ciudadanista de la «alterglobalización». No obstante, existen diferencias importantes entre ambas: la del decrecimiento es antidesarrollista y condena claramente el ecocapitalismo y el papel de las nuevas tecnologías. Desaprueba tanto el desarrollo sostenible como el crecimiento cero. Defiende pues una salida del mercado, no un mercado mundial controlado; es más, desconfía del Estado como sistema de poder centralizado y jerárquico injustificable ante una sociedad sin mercado, prefiriendo en su lugar el ideal gandhiano de una federación de aldeas autosuficientes. En teoría estáriamos ante una concepción libertaria semejante a la del naturismo, o a la más próxima del comunalismo, en la práctica no hay otra cosa que ciudadanismo. El apoyo de ATTAC, Ecologistas en Acción o Le Monde diplomatique vendrían a corroborarlo si necesidad hubiere. Los objetivos podrán variar, pero lo de menos son los objetivos, pues el «decrecimiento convivencial» aspira a reducir pacíficamente la producción y el consumo de masas «mediante el control democrático de la economía por la política». Arnau, «desde un rincón de Collserola», precisa que se trataría de formar «gobiernos de transición, de ética inquebrantable y monitorizados desde abajo». ¿Cómo conseguirlo? Mediante la acción «convivencial», que nos conducirá, a través de la inanidad de actos simbólicos y festivos «para concienciar la sociedad», a la política oficial, a las asociaciones de consumidores, a las candidaturas municipales y al sindicalismo. Y es que la transición a la economía autónoma ha de discurrir sin problemas, porque los desencuentros con el poder ponen en peligro «la democracia». Los partidarios del decrecimiento, en tanto que lumpenburguesía ilustrada, tienen pánico al «desorden» y prefieren de lejos el orden establecido a las algaradas populares. Las ideas habrán cambiado, pero los métodos son ciudadanistas. Hay que «ejercer la ciudadanía» y avanzar en «la democracia», nos dice el ideólogo Serge Latouche. El partido del decrecimiento a fin de conjurar la crisis social pretende sustituir el aparato económico del capitalismo conservando su aparato político. Como al fin y al cabo la proclamada salida del mercado no es rupturista sino suavemente transaccional, quiere separarse de la economía sin separarse de la política, acepta todas las mistificaciones que ha rechazado en teoría. No olvidemos que escapar al crecimiento no significa para Latouche renunciar a los mercados, la moneda o el salario, puesto que no busca amotinar a los oprimidos sino convencer a los dirigentes. Su discurso es el del tecnócrata experto, no el del agitador. Mostrando el cambio climático, el estallido de las burbujas financieras, el aumento del paro, el endeudamiento de los países empobrecidos, las sequías y demás catástrofes, pretende animar a la clase dirigente a que se olvide del crecimiento. Se supone que los dirigentes, ante la imposibilidad de controlar las crisis y bajo la amenaza de conflictos imprevisibles, preferirán la paz social y la «deconstrucción» mercantil. Eso explica que dicho partido no contemple un cambio social revolucionario a realizar por las víctimas del crecimiento, y que en la práctica proponga un conjunto de reformas, impuestos, desgravaciones, moratorias, leyes, etc., o sea, un «programa reformista de transición» a aplicar desde las instituciones políticas actuales. Ni que decir tiene que es lo mismo que proponen las plataformas cívicas, los ecologistas, los antiglobalizadores de pega e incluso la «izquierda» integrada. Excusamos decir que el fomento de una economía marginal sin autonomía real ni posibilidad de convertirse en una verdadera alternativa es sólo una coartada. Agricultura campesina, reducción del consumo y de la movilidad, prioridad de las relaciones, alimentación sana, redes locales de trueque, no competir, no acumular, etc., son ideas antidesarrollistas que pierden todo el sentido cuando no se quiere la fractura social que sus intentos de realización efectiva han de provocar cuando su generalización altere seriamente las condiciones de producción e intercambio poniendo en peligro la existencia del mercado, de las instituciones y de las clases sociales privilegiadas. Presionada por la necesidad de apaciguamiento, cualquier medida alternativa sigue la dirección del capitalismo. Así las economías marginales de cierta envergadura no son más que zonas de reserva de mano de obra industrial autosostenidas; las energías renovables desembocan en grandes parques eólicos o solares según el modelo industrial; el reciclaje y la reutilización nos llevan al gran negocio de la exportación de basura digital; la crisis del petróleo inaugura la época de las grandes plantaciones de agrocombustibles. El interés del decrecimiento convivencial por las ONG, los sindicatos, los parlamentos o las Naciones Unidas como instancias reguladoras y «monitorizadoras» ilustra a contrario su desinterés por las asambleas comunales y, en general, por la reconstrucción de una esfera pública autónoma. No quiere liquidar a los dirigentes, por lo que ha de conservar primorosamente la maquinaria política que los hace necesarios, aunque para ello tenga que impedir en su backyard cualquier experiencia real de democracia asociativa, pues estas cosas está bien que ocurran en Mali, Bolivia o la selva Lacandona, pero no en las metrópolis occidentales.

La producción cooperativa y el intercambio sin beneficios no podrán nacer del consenso con el poder sino de la imposición por parte de los oprimidos de unas condiciones sociales que proscriban la producción industrial y el comercio lucrativo. La lucha contra la opresión -que como diría Anders, ocurre entre víctimas y culpables- es la única que puede sentar las bases de una «democracia ecológica local» y una autonomía social, en los alrededores de Kinshasa y en todas partes.

La ideología del decrecimiento es la última mutación del ciudadanismo tras el miserable fracaso del movimiento contracumbres; una ilusión renovable, como dirían Los Amigos de Ludd. Como trivialización de la protesta y supresión del conflicto, es un arma auxiliar de la dominación. En los días que corren, el capital ha salido vencedor, como ya saliera de la lucha de clases de los sesenta y setenta. Sin nada ni nadie que le detenga prosigue su carrera de destrucción creciendo sin parar, esta vez gracias a las aportaciones ecologistas y ciudadanistas. Una sociedad libre no puede concebirse sin su abolición que para el partido del decrecimiento acarrearía el caos social y el terrorismo, algo que de sobra está presente y que configura paulatinamente un régimen ecofascista. Dada la magnitud de la catástrofe ecológica, luchar por una vida libre no es diferente a luchar por salvar la vida. Pero la lucha por la supervivencia -por las redes de intercambio regionales, por el transporte público o por las tecnologías limpias- no significa nada separada del combate anticapitalista; es más su fuerza radica en la intensidad de dicho combate. Se trata de un movimiento de secesión pero también de subversión, cuyo empuje depende más de la profundidad de la crisis social que de la crisis ecológica. Dicho de otra manera, de la conversión de la crisis ecológica en crisis social, y por lo tanto, de su transformación en lucha de clases de nuevo tipo. Si ésta alcanza un nivel suficiente, las fuerzas de los oprimidos podrán desplazar al capitalismo y abolirlo. Entonces la humanidad podrá reconciliarse con la naturaleza y reparar los daños a la libertad, a la dignidad y al deseo provocados por los intentos de dominarla.

Extraído de la publicación Resquicios, Año IV, Número 6, Abril de 2009.
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Entrevista a Miquel Amorós: "la ideología del decrecimiento llega tras el fracaso de la ideología precedente, la ’alterglobalización’"

18 de enero de 2010. Aparecida en el dossier de "El Viejo Topo" sobre decrecimiento

—¿A qué atribuye usted el “boom” del discurso sobre el decrecimiento?

—Decir “boom” es excesivo. En parte obedece a un rasgo típico de la sociedad de masas como es la moda. Pero profundizando más diríamos que la ideología del decrecimiento llega tras el fracaso de la ideología precedente, la “alterglobalización” y a la falacia evidente de su fundamento económico, el “desarrollo sostenible”. El deterioro del planeta y la descomposición de la clase media ha sido tan contundente que los seudomovimientos apoyados en ella no pueden conformarse con una simple reconversión ecologista de la producción capitalista y reclaman la protección de la economía marginal gracias a la cual sobrevive el sector de la población excluido del mercado.

—¿En qué medida la alterglobalización era un seudomovimiento de las clases medias? ¿Puede precisar este aspecto socioestructural también respecto al decrecimiento?

—Yo precisaría de las clases medias en descomposición. La alterglobalización fue la primera respuesta de algunos sectores perdedores ante la mundialización de la economía: la burocracia sindical y política, los intelectuales orgánicos, los estudiantes, los funcionarios, los profesionales, los cuadros medios, los pueblerinos ilustrados de las plataformas, etc. Una especie de lumpenburguesía, partidaria del retorno a las condiciones capitalistas de la postguerra mediante el refuerzo del Estado. Digo seudomovimiento porque jamás los alterglobalizadores quisieron moverse, a no ser contra las minorías que practicaban la violencia contra los edificios institucionales y las sedes empresariales o financieras. Como buenos ciudadanos que van a votar y respetan el statu quo solamente pretendían dialogar para convencer a los dirigentes políticos e industriales “del Norte” de las bondades de sus propuestas, muchas de las cuales podíamos leer en Le Monde Diplomatique. En los últimos diez años, los avances de la globalización han sido tan feroces, sus efectos sobre el territorio tan tremendos y el desclasamiento tan acentuado, que los restos de esos seudomovimientos se han visto obligados a asirse a ideologías más elaboradas como la del decrecimiento, pero las tácticas y las intenciones son las mismas. No por casualidad Le Monde Diplomatique se ha pasado a esa moda.

—¿Cree que a la diagnosis del cambio necesario que postula el decrecimiento le falta la radicalidad política que implica una conflictividad social y de clase?

—Ahora que hay decrecimiento, o recesión (en terminología capitalista), si nos atenemos a lo que dice el ideólogo más conspicuo en estas tierras, el profesor Martínez Alier, en realidad se trataría solamente de integrar el coste de la degradación ambiental en el precio final de las mercancías; ese sería el principal cambio, un régimen económico que él mismo bautiza como “keynesianismo verde”. Para esto no se necesitan radicalismos, ni mucho menos conflictos, sino buenas relaciones institucionales y sobre todo, un poderoso aparato estatal que aplique un “new deal” ecológista. Los decrecentistas son enemigos de la radicalización de las luchas antidesarrollistas y en defensa del territorio, cuando no ajenos a ellas, puesto que quieren ser recibidos en los despachos del poder. Sus “buenas” intenciones son esas.

—¿No piensa que desde el discurso decrecentista podría nutrirse una praxis capaz de enfrentarse seriamente al sistema productivo actual? ¿De dónde pueden surgir estímulos para esta necesaria radicalización de los debates y “luchas antidesarrollistas”?

—Yo señalaría las luchas en defensa del territorio como las que mayores posibilidades tienen de plantear la cuestión social en los términos más verídicos y actuales, es decir, como cuestión que engloba todos los aspectos de la vida, siendo el entorno lo central. Pero los conflictos territoriales provocados por el desarrollismo (por el crecimiento) han de dejar toda la basura de “la nueva cultura del territorio” y del “no en mi patio trasero” y aceptar de una vez por todas el hecho de que es imposible una fórmula que compatibilice la integridad territorial, la vida sin apremios mercantilistas y el capitalismo más o menos regulado por el Estado. Nada puede preservar el territorio y garantizar una vida libre si éste no escapa a la economía, si no sale del mercado. Si sus habitantes no acaban con el sistema capitalista. Toda la lucha antidesarrollista, la auténtica lucha de clases moderna, ha de afrontarse desde esa perspectiva.

Miguel Amorós es historiador y un analista social no académico. Entre otros libros, es autor de Durruti en el laberinto (Virus editorial)
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Por el decrecimiento: respuesta a una crítica barroca (respuesta desde posiciones decrecentistas a las críticas de M. Amorós)

jueves, 15 de diciembre de 2011

Aportaciones para una superación de la democracia

Tomado de la revista Terra Cremada, abril de 2011 (barcelona).



Adoptando términos que no nos pertenecen;
aportaciones para una superación de la democracia

Hablar, comunicar, querer decir algo más allá de la mera palabrería supone, hoy día, una ardua tarea, una tarea terriblemente dura, pero terriblemente necesaria. ¿Cómo nombrar cuando no tenemos las palabras, cuando ellas nos poseen a nosotras? ¿Cómo aprender a decir lo que sentimos sin antes desaprender aquello que ha sido sentido para nosotras y del que no formamos parte más que como meras espectadoras? Ardua tarea, pero impostergable. ¿Cómo decir alguna verdad verdadera? ¿Cómo desnudarnos y desanudarnos sin caer en el tremendo frío de la soledad y del miedo imbécil de aquélla que necesita apoyos y se resiste a pedir ayuda, por miedo, por miedo y pánico a ser una más de las tantas necesitadas? ¿Cómo caer a estas alturas sin terror y con desasosiego? ¿Cómo aprender a hablar de nuevo sin caer en la trampa de tener que ser escuchadas de inmediato? ¿Cómo devolverle a las palabras su capacidad de transgresión ahora que la verdad sólo puede ser dicha cuando no es dicha para ser escuchada?
Barbaricémonos entonces, gritemos, deshagámonos del miedo a no ser entendidas: estamos impacientes de escuchar de nuevo alguna verdad.

Desde que nos han robado las palabras tan sólo podemos decir mentiras

Leído en las paredes del barrio de Gràcia

«Le llaman democracia y no lo es» gritan las manifestantes convencidas, llenas de indignación. No dolería tanto si no fuera porque esta consigna es coreada en casi todas las manifestaciones; no sería tan doloroso si no fuese porque suele ser en aquellas manifestaciones convocadas por nuestros entornos más cercanos1. Esta mitificación de la democracia es producto, a nuestro parecer, de la confusión generalizada que hace que también haya quien se considere de izquierdas o que haga suyos conceptos tan genéricos como el de movimientos sociales. Si en este texto queremos tratar este tema no es por casualidad sino porque asistimos, hoy en día, a una lucha que, a falta de palabras que expresen con exactitud aquello que sentimos, acaba demasiadas veces por reforzar las estructuras que de entrada pretende combatir, reforzando los imaginarios con los que estas estructuras se conforman. Con este texto pretendemos hacer una invitación al análisis con la intención de desmitificar algunos conceptos y así poder situarlos donde estos se merezcan estar. Sacarlos de la ambigüedad a la que estamos acostumbradas y significarlos o resignificarlos para acercarnos a decir aquello que sentimos y pensamos, forzándonos a pensar un poco más aquello que decimos.

Democracias y demócratas

Nosotras no somos demócratas, nosotras no somos antidemócratas. Estamos en la búsqueda y en la lucha por la construcción de una sociedad en la que las relaciones humanas no vengan mediadas por el dinero ni por el ejercicio de poder sobre las otras, ésta es nuestra intención. Encasillarnos en una crítica a la democracia sería igual de válido, pero a la vez igual de impreciso, que erigirse como antipolicía o antitelevisión. Aun así, pensamos que hace falta hacer un análisis de lo que supone hoy en día la democracia, ya que viendo como la lógica en la que ésta se sustenta se filtra en muchos de los discursos de algunas de nuestras compañeras, se nos vuelve muy difícil una ruptura real con el sistema de dominación actual. Atacamos la democracia porque es la forma más precisa y perversa que toma el capitalismo a la hora de gobernarnos. Atacamos la democracia porque su potencia desmovilizadora consiste, en buena medida, en movilizarnos dentro de los amplios márgenes que no la cuestionan. Atacamos la democracia porque no hemos renunciado a cambiar el mundo, porque aún no nos damos por vencidas y somos capaces de desear situaciones colectivas que desconocemos y porque intuimos que la vida no se sitúa dentro de los márgenes de lo que hoy día es posible.

Es cierto que algunas de nuestras compañeras más cercanas dirán que esta visión de la democracia es una visión equivocada y que esto de la democracia es, en esencia, otra cosa. No pretendemos iniciar un debate a nivel semántico, no es una cuestión de términos o adjetivos, nuestro debate pretende profundizar en como el ideal democrático se filtra en nuestros discursos y dinámicas neutralizándolos e imposibilitándonos descubrir formas de organización comunitaria que vayan más allá de las que ya conocemos y no nos satisfacen; que vayan más allá de la posibilidad de mejorar las condiciones de miseria humanas en las que vivimos creando rupturas reales con el modo relacional capitalista y patriarcal. Es más, a aquéllas que creen que la democracia es otra cosa, que piensan que nuevamente nuestras enemigas nos han robado esta bella palabra para designar su contrario, a todas ellas les decimos que están equivocadas. Las únicas que tergiversan el término son aquéllas que dicen oponerse a su forma actual. Es decir, no son nuestras enemigas sino algunas de nuestras compañeras de viaje las que nos confunden con su lenguaje ambiguo, haciendo que sigamos pensando según los términos de aquello que pretendemos combatir. Si lo que queremos es hacer caer el sistema de dominación actual –y es lo que queremos– nos hará falta esclarecer nuestro posicionamiento respecto a la forma en la que este dominio se manifiesta actualmente, para encontrar, de esta manera, la mejor forma de confrontarlo y superarlo.

Nos decidimos a hacer un análisis sobre los problemas que observamos en el uso y abuso de términos como diálogo, consenso, paz o participación, fruto y a la vez soporte de la lógica sobre la que descansa la democracia, conceptos de los que se nutre y a los que alimenta. Es por esto que nos decidimos a hablarlo abiertamente; somos iconoclastas y estamos decididas a romper con todo aquello que precediéndonos se nos demuestre errado; estamos predispuestas y dispuestas a abrir nuestra crítica a aquellos puntos que merezcan ser debatidos; hacer caer todo a aquello que deba caer, aunque en algún momento nos haya ayudado a apoyarnos. Estamos en la búsqueda constante de las mejores formas con las que atacar al Estado conscientes que el pensamiento –y la acción que de éste deriva– no es jamás radical en lo absoluto sino en la capacidad de adecuarse a las circunstancias cambiantes: ahora nos toca criticar la democracia porque es la forma que toma el enemigo actualmente, pero sabemos que las herramientas que ayer nos ayudaron a combatirlo pueden sernos totalmente inútiles mañana.

Lo democrático
La consigna de todos los despotismos era: «No harás esto o lo otro». La voz de mando de los totalitarios era: «Harás esto o aquello». Nuestra orden es: «Eres».
1984, George Orwell
La democracia tiene hoy el Poder. Llamamos Poder a la capacidad de ejercer la voluntad propia sobre otras personas, ya sea por activa o por pasiva, sea por imposición o por persuasión. En un régimen dictatorial se ejerce, mayoritariamente, por la fuerza, en un régimen democrático mediante la persuasión, la seducción y la creación de verdades absolutas, dejando cada vez menos espacio para un cuestionamiento real. Si nos interesa estudiar el Poder es porque lo queremos combatir, y dándonos cuenta de la mutación que sufre el gobierno capitalista en un escenario dictatorial respecto a uno democrático, tenemos que buscar las evidencias que reafirman y reproducen este Poder, no sólo en las evidencias más flagrantes sino en las pequeñas sutilezas y capilaridades que le dan auténtica consistencia. Es por esto que atacamos la democracia y el imaginario, aparentemente amplio, que la conforma.

Podemos definir la democracia como el final de un proceso de exterminio de la disidencia, como el principio de homogeneización cultural una vez que la gran mayoría de la población ha aceptado el funcionamiento del aparato de dominación; en el momento en que el Poder ya se ha vuelto hegemónico. No puede haber democracia mientras aún queden imaginarios colectivos lo suficientemente firmes como para hacer tambalear el Poder, mientras aún haya una posibilidad de transmisión cultural más allá de la dominante. La democracia no se puede realizar sin un exterminio físico, no tan sólo de la resistencia sino también de la cultura de la resistencia.

Entre democracia y dictadura encontraríamos la diferencia, a modo cuantitativo, en el nivel de represión que cada una precisa para poder conseguir sus mismos objetivos, sucediéndose la una a la otra según las necesidades del Estado. No es que la democracia no reprima con la misma intensidad que la dictadura sino que lo hace con una precisión mayor y de manera más acotada, adaptada a la nueva realidad social. A diferencia de lo que podría opinar una gran mayoría, pueden coexistir en el tiempo –y de hecho así lo hacen– en la forma de estados de excepción2. La dictadura se trata pues de un estado de excepción generalizado mientras que la democracia –por no hacerle falta esta generalización– se vuelve selectiva aplicando su mano dura tan sólo a aquellas capas de población que precisa doblegar o que no es capaz de silenciar mediante el ocio y el consumo: CIE, prisión, reformatorios –o el eufemismo de los centros reeducativos–, psiquiátricos... De lo que se trata, al fin y al cabo, es de preservar las bases del sistema capitalista: la propiedad privada y la disociación entre política, economía y vida. Aislando o exterminando aquello que pueda ponerla en cuestión.

Si la diferencia entre dictadura y democracia sólo fuese a nivel cuantitativo podríamos afirmar que entre éstas no habría una auténtica diferencia y que, por tanto, aquéllas que luchan por alcanzar una «verdadera» democracia no irían desencaminadas. Lo que nosotras observamos es que, además de la diferencia que opera a nivel cuantitativo, éstas presentan una diferencia abismal en la forma de gobernar y es aquí donde nos detenemos para demostrar que ya estamos en una auténtica democracia.

En una dictadura la represión es explícita porque lo que busca es evidenciar la capacidad que tiene para ejercer su poder. En este sentido la dictadura busca aterrorizar a su oposición haciendo pública su «mano dura» hacia sus enemigas, es decir, gobernando mediante una estrategia puramente conductista. Por otro lado, la democracia busca la complicidad, la participación, y en este caso su estrategia de gobierno se basa en la adhesión de la población a sus dictámenes mediante la seducción, la integración y, indispensablemente, la educación. La democracia no acepta la figura de la enemiga porque ésta se erige como «final de la historia». Por tanto, no concibe que nada, más allá de lo que clasifica como patológico, pueda desear un orden que la supere o la cuestione.

Acabar con la disidencia
Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes, y finalmente mataremos a los tímidos.
General Ibérico Saint Jean. Gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Mayo de 1977
En una democracia el Poder necesita legitimarse, en una dictadura el Poder precisa ejercerse. En una dictadura hace falta acabar con la enemiga, en una democracia hace falta neutralizarla. Una no puede existir sin la otra, son complementarias y es por esto que la democracia supone un estadio superior en la consecución de los objetivos capitalistas y resulta mucho más peligrosa, si no a nivel de ver peligrar nuestra integridad física, si frente a la dificultad de dibujar imaginarios de emancipación contrahegemónicos. Los dos sistemas son totalitarios, el uno por imposibilitar físicamente salirse de los márgenes establecidos y el otro por acaparar la totalidad de los imaginarios colectivos fagocitándolos, no dejando un espacio para otro lugar, otro mundo, que supere el capitalismo. Mientras que en una dictadura el malestar social se dirige hacia la búsqueda de complicidades con las que derruir el Poder, en una democracia, al no haber un horizonte de superación este malestar es reconducido hacia la esfera íntima, hacia la gestión individual. En una democracia ya no es preciso afianzar el Poder porque éste ya ha sido introyectado.

Los cimientos perversos de la democracia; sus mitos

Primer mito: de la dicotomía democracia/dictadura

El discurso democrático es potente en tanto que, al igual que el ciudadanista y cívico tienen a escala del gobierno de una ciudad, no admiten un discurso que se le oponga frontalmente, ya que nadie sería capaz de defender en oposición al diálogo un no-diálogo como solución de los conflictos o mear en la calle en contra del control policial de nuestras vidas. Esta trampa aparece dentro de lo que algunas llaman el doble vínculo3, trampa que dificulta muchísimo la creación de identidades propias que escapen de la unidimensionalidad capitalista. Este doble vínculo, sustentado en la lógica binaria, sitúa en oposición antagónica y sin margen para la discusión la falsa dicotomía entre trabajadora/parada, dictadura/democracia, ciudadana/antisistema, paz/violencia, vandalismo/civismo, loca/normal y tantas otras dualidades que el Estado utiliza para no dejar espacio a nada que escape de su lógica porque, si estás contra la democracia… estás a favor de la dictadura, ¿no? Este discurso no deja lugar a la oposición porque nos sitúa dentro de unos parámetros de aceptación de unas reglas donde el participar ya nos coloca en una situación de indefensión y de sumisión a la autoridad que configura las reglas del juego. Cuando nos decidimos a hablar o interaccionar de manera no violenta con aquélla que nos está sometiendo admitimos una situación de desigualdad –mientras unas tienen el poder de ejercerse las otras tan sólo tienen el poder de aceptar las decisiones– y entonces nos ponemos en un plano de indefensión en el cual sólo podemos, o aceptar las propuestas de aquélla que nos oprime, o salir del juego y ser descalificadas como «intolerantes» o «malas perdedoras».

La trampa se encuentra en el carácter confuso de la pregunta: ¿Eres esto o su contrario? No dando margen para reconocernos de manera genuina nos instalamos en un plano que no nos pertenece, dentro de unos parámetros en los que sólo podemos ser definidas por aquéllas que tienen el poder de definirnos socialmente, es decir, que tienen los medios de comunicación de masas y los mecanismos de transmisión cultural. Este cebo, del cual picamos con demasiada asiduidad, nos conduce a la ya típica fórmula de iniciar campañas de descriminalización a partir de decir que no somos aquello de lo que se nos tilda o dentro de la también estúpida formula de reconocernos como aquello que se nos identifica: ¿Somos terroristas? ¿Somos antisistemas? ¿Somos violentas? ¿Somos delincuentes? Ante sus preguntas cualquier respuesta nos hará morder el anzuelo; donde no hay una verdadera pregunta no hace falta que nos desgastemos procurando dar una repuesta.

Por otro lado y para desmitificar la dicotomía democracia/dictadura vemos que aunque en el territorio del Estado español no es habitual ver un despliegue del ejército no podemos decir lo mismo de los terrenos ocupados que sobrepasen sus fronteras. Así, mientras el gobierno dentro del Estado se hace de manera democrática el gobierno en los territorios ocupados se hace en la forma de estados de excepción generalizados4. Esta dicotomía es parte indiscernible del espectáculo democrático.

Segundo mito: del diálogo y del consenso

Uno de los mitos fundamentales sobre los que descansa la lógica democrática es el que sustenta que mediante el diálogo pueden ser resueltos todos los conflictos. Es evidente que el diálogo es básico para poder establecer comunicación con otras personas y así poder saber qué es aquello que necesitamos o aquello que sentimos, pero pensar que mediante este diálogo se pueden conciliar necesidades o intereses divergentes es bastante ingenuo.

La idea del consenso tiene sentido en el momento en que un conjunto de afectadas –una comunidad– precisa mantenerse unida en la resolución de un problema concreto; si no existe comunidad o si el problema –o el interés general– es difuso, este consenso no devendrá real ya que esconderá otros aspectos más allá de los señalados. Por ejemplo, cuando en una asamblea universitaria aparece gente que no ha participado antes para forzar que se desconvoque la huelga que le impide ir a clase, ¿qué deberíamos hacer? ¿sentarnos a hablar tranquilamente para intentar llegar a una decisión que nos incluya a todas o enviarlos a «freír espárragos» ante su actitud oportunista respecto la asamblea? Los espacios de discusión y la posibilidad de consenso han de estar abiertos a aquéllas que estén dispuestas a respetarlos en todo momento. Cuando aparecen estos personajes no debemos verlos como meras estudiantes, son los portadores de aquello que estamos combatiendo lo que está entrando en nuestra asamblea.

La creación de consenso, lejos de lo que les gustaría a las partidarias de los procesos dialógicos5, no es un proceso ajeno a las relaciones de dominación y por tanto no puede separarse de éstas; contrariamente a las posturas políticas que intentan negar la confrontación –o la reservan sólo al ámbito de la palabra– el conflicto existe en el choque de intereses entre dominantes y dominadas y éste no puede ser resuelto mediante la palabra, entre otras cosas porque esta palabra no tiene el poder de ejecutarse mientras que los mecanismos que dispone el Poder sí.

El triunfo democrático se da en el momento en el cual el consenso se crea a partir de que los intereses de la clase dominada coinciden con los intereses de la clase dominante, no antes. Sus ideales de felicidad, sus imaginarios de libertad, salud, amor...éste es el triunfo acaparador de la democracia, la ausencia –casi total– de discursos o imaginarios que la confronten o vayan más allá de ésta. Al fin y al cabo, en una sociedad democrática se nos permite decir todo aquello que pensemos porque estamos desprovistas de pensar verdaderamente aquello que decimos. Más que pensar, lo que hacemos es repetir. No se trata de hablar de política sino de hacer política; pensar y difundir aquello pensado, en una sociedad democrática, ya no da miedo porque el pensamiento desligado de la acción que lo precisa se vuelve inocuo para el Poder, parte de su espectáculo. La práctica revolucionaria precisa de una teoría revolucionaria, pero si no salimos de nuestros espacios de discusión para poner en práctica esta teoría nos enquistaremos y moriremos antes de nacer.

Tercer mito: de la mayoría y el respeto a las minorías

Se presupone que la democracia es el gobierno de las mayorías sobre las minorías, teniendo cada vez más en cuenta, en su desarrollo, a las minorías. ¿Son las mayorías las que cambian las situaciones o por el contrario, son las situaciones creadas por algunas minorías activas las que cambian el posicionamiento de las mayorías interpelándolas? Pero ¿qué quiere decir ser mayoría?

La democracia, en su sentido más amplio, se legitima en base a la suposición de que la mayoría –por el hecho de serlo– está en posesión de la verdad, es decir, que tiene la razón. Suposición anclada en la infamia de haber tenido que pasar por un proceso de exterminio abierto de la disidencia, tanto física como simbólicamente, y de la potencia de su transgresión. Ser parte de la mayoría significa hoy aceptar las condiciones imperantes, no tomar partido6. La mayoría, en nuestras sociedades, es un conjunto de individuas atomizadas, gregarias a partir de su disgregación, unidas por su impermeabilidad, por la contradicción que emana de la convicción de que la otra aloja a la enemiga y la necesidad de salir de nuestro aislamiento buscando amistades reales más allá de compartir nuestra soledad. La mayoría es hoy día la individualidad desencantada y aséptica que va haciendo y se va conformando a la realidad sin tratar de transformarla, adaptándose a ella de manera terapéutica, encontrando remedios que le permitan hacer de su existencia una existencia soportable.

Nos interesa saber cuál es el origen de la lógica democrática que encontramos –tanto en la democracia burguesa como obrera7– en la Ilustración, base del ideal de la Modernidad que ampara al capitalismo –tanto liberal como de Estado–. Si nos interesa este apunte no es como dato histórico para darnos cuenta que el mismo concepto de razón es producto y resultado de las relaciones de dominación y de la cosmovisión particular de la clase dominante. La creación de verdades –y por tanto de voluntades y necesidades– es posible cuando se dispone del Poder, y éste, a su vez, viene otorgado por la capacidad de producir y reproducir las verdades que permiten consolidarlo. El triunfo total lo tenemos cuando la aceptación es la opción mayoritaria, siendo entonces la mayoría la que acepta ser gobernada con resignación y apatía.

Cuarto mito: de la paz como desconflictivización de las relaciones humanas

Que haya paz no quiere decir que no haya violencia. Nunca hay tanta paz como después de un bombardeo. Para mantener esta paz, la coacción y el miedo son herramientas indispensables que utiliza el capitalismo –y cualquier forma de dominio– para mantener sus privilegios intactos y evitar ser atacado. El ideal utópico burgués pretende evitar el conflicto llevándolo hacia el terreno democrático mediante el diálogo interclasista, a la vez que refuerza los aparatos que posibilitan el dominio y la explotación sobre la vida de sus esclavas.

En una relación de dominación aquélla que domina siempre se justifica bajo la idea de que ésta responde a la «relación natural» de las personas8 y que, por lo tanto, no es impuesta. Ante la falta de referentes y la dificultad de crear otros horizontes más allá de los pautados muchas de nuestras compañeras de viaje acaban reproduciendo la idea utópica de consecución final de un lugar, una sociedad ausente de conflicto que tendría más que ver con poder soportar la miseria que no en combatirla. El conflicto es inherente a la condición humana en la relación que establece con su medio; el conflicto así como los intentos de resolverlo es lo que nos conduce a vincularnos a las demás, tejer afinidades, buscar complicidades, necesitar ayuda. Una vida sin conflictos, sin superaciones ni búsqueda es una vida que no merece tal nombre. Más allá de esto, los conflictos actuales existen además como fruto de las relaciones capitalistas y patriarcales y obviarlo o pretender evitar el malestar derivado de estas contradicciones sólo nos puede conducir a soportar de manera terapéutica nuestra conformación a una realidad delirante y opresiva; cabe decir que, hoy día, ésta es la opción más utilizada por la mayoría de la población9.

Quinto mito: de la igualdad
La ley, en su igualdad majestuosa, prohíbe tanto a los ricos como a los pobres que duerman bajo puentes, que pidan limosna en las calles, y que roben pan.
Anatole France
Las defensoras de la democracia –hablamos claro de aquéllas que lo hacen de buena fe– buscan la igualdad social a partir de la igualdad de derechos políticos, sin darse cuenta de que una igualdad de derechos políticos con una desigualdad de oportunidades vuelve falaz cualquier empresa emancipadora. Tiene sentido que podamos expresar cual es nuestra voluntad si en esta expresión se haya la posibilidad de ejercerla. Si, por un lado, nuestra voluntad es tan sólo una mera opinión o si, por el otro, nuestra opinión viene condicionada por siglos de dominación y años de adoctrinamiento cultural mediante parvularios, escuelas, institutos, universidades, medios de información, etc., deberemos preguntarnos si esta igualdad es real o es una de las principales ficciones sobre las que descansa y se legitima el ideal democrático. No podemos obviar que ninguna acción puede ser genuina cuando aparece coaccionada bajo el trabajo asalariado y la propiedad privada.

Del mismo modo, la forma que toma la igualdad, al no ceñirse a la igualdad de oportunidades, se torna una voluntad de igualarse a aquélla que ostenta el Poder; así, lo que el concepto de igualdad esconde es, al fin y al cabo, una anulación de los rasgos diferenciales, una homogenización, una única manera de ser. Las luchas empezadas por el feminismo de la igualdad han sido reconducidas hacia el campo de la asepsia política, reconociendo que toda mujer puede acceder al Poder patriarcal siempre y cuando esté dispuesta a comportarse plenamente como un hombre. De la misma manera, el caso de Obama nos demuestra como cualquier negro puede llegar al gobierno de los Estados Unidos mientras sea, en esencia, un blanco heteronormativizado. Lo mismo pasaría con la homosexualidad, una lucha que ha sido reconducida hacia la neutralización de la transgresión que llevaba intrínseca al cuestionar el modelo familiar, llevándola hacia el campo de un reconocimiento de aquellos rasgos diferenciales que dejaban intacto el modelo policial familiar de transmisión cultural y apartando el resto.

Sexto mito: de la aceptación de la diferencia

Convertir la diferencia en mera diversidad supone el triunfo de todo ideal democrático. La democracia, al igual que el civismo, tiene un aparente amplio margen de tolerancia frente a la diversidad de discursos siempre y cuando ésta no sea más que eso: diversidad. Es decir, diferentes (di) versiones (versidad) de «lo mismo». Mientras el diálogo no devenga confrontación, mientras no existan enemigas sino adversarias políticas, mientras no haya violencia explícita sino tolerancia a los dictámenes de quien marca las reglas del juego se nos permitirá a todas poder jugar. Mientras estemos dispuestas a perder siempre, se nos permitirá «la oportunidad» de jugar siempre a ganar.

La globalización cultural se esconde hoy bajo el nombre de multiculturalismo. Ésta ya no tiene miedo de la extraña siempre que esta extraña en realidad no lo sea, mientras ésta se mueva por los mismos intereses que mueven a toda la sociedad occidental –consumo e individualismo– y respete las normas para alcanzarlos. Es en esta misma dirección que hoy, como ya se ha señalado en diferentes artículos aparecidos a raíz del Fórum Universal de la Culturas10, se busca una diferencia aséptica, que no ponga en cuestión, que no haga tambalear los cimientos de la débil lógica capitalista, en definitiva, una diferencia que sea igual. La idea inconfesable sobre la que se asienta el multiculturalismo es la del carácter universalista de sus valores, aprobando o desaprobando aquello que no entienda o no acepte dentro de sus márgenes de lo tolerable. Vemos entonces que la trampa del multiculturalismo –o cultura democrática– es la de afirmar su superioridad a partir de dar o no el beneplácito ante ciertos caracteres de otras culturas –folklore p.e.– que hagan mantenerse intacta la cultura dominante. Al fin y al cabo, de lo que trata la multiculturalidad es de una eugenesia cultural.

Séptimo mito: de la libertad de expresión

Cuando la libertad de expresarse no está a la par con la capacidad para poder expresarse estamos hablando, sencillamente, de una representación ficticia de la libre expresión. Cuando todo el mundo puede decir lo que quiera pero tan sólo una minoría privilegiada dispone de los medios para repetir hasta la saciedad sus verdades no podemos hablar de igualdad en las condiciones de expresión. Se nos permite decir todo lo que pensamos porque la repetición incesante desde el Poder eclipsa todo tipo de discurso contrahegemónico relegándolo a algo residual.

Poniéndonos palos en las ruedas
- La política como arte de la separación

La democracia separa el acontecimiento auténticamente político hacia el mero espectáculo de la participación y de la gestión institucional. Este desplazamiento se basa en el mito de que todo conflicto puede ser resuelto a partir del diálogo, aunque sea interclasista. De esta manera, la política reconduce al campo de debate aquello que anteriormente había sido una lucha de intereses diametralmente opuestos. Reconciliando así, con una filigrana humanista, posturas de entrada irreconciliables como son la explotación de la gran parte de la población mundial y el beneficio de una minoría que posee el conocimiento y los medios de producción. Reconduce la figura de la enemiga de clase –si tú existes como clase adinerada es porque yo existo como clase miserable– a la figura de la adversaria política. La política consigue convivir en medio de la falacia de la igualdad de derechos políticos para todas las «ciudadanas» y la desigualdad de oportunidades para todas las personas.
Mientras que la abdicación de la voluntad de determinarse a sí mismos transforma a los individuos en apéndices de la máquina estatal, la política recompone en una falsa unidad la totalidad de los fragmentos.
«Diez puñaladas a la política» en A Corps Perdu nº. 1 agosto del 2009
Pensamos que se vuelve necesario un apunte: lo político aparece con la intervención directa sobre el hecho de vivir en sociedad, sobre su totalidad y las incidencias que de esta vida se desprenden en nuestra cotidianidad. La política es, por contra, la especialización de los asuntos globales, exige una separación de lo social que los hizo nacer para convertirlos en objeto de estudio. La democracia presenta las decisiones y la organización social como algo escindido de la vida misma, la política como algo separado de la forma de vivir. Ésta es una de las razones de peso por las cuales nos oponemos a la democracia, tenga los adjetivos que tenga.

Allí donde hay una intervención directa sobre la realidad, allí donde no hay comunicación entre el conjunto de afectadas, allí donde la vida es programada y vivida como un espectáculo, allí aparece la política y el ser individual, con su derecho a ser «ella misma», con su derecho a la privacidad, con su derecho a la soledad impermeable, con su derecho a votar dentro de un nicho para que nadie la vea, con su derecho a escoger entre una u otra marca del mismo producto, con su derecho a la indiferencia, a la sumisión, a la muerte en vida, con el derecho a participar de su propio exterminio.


- El doble arte democrático: la creación de consenso y de deseos

Es posible reglamentar la mente pública exactamente igual que un ejército reglamenta a sus soldados.
Propaganda, Edward Bernays11
Es más que habitual que a la hora de hablar de manipulación recurramos a la ya famosa frase de Goeebels, ministro de propaganda del Tercer Reich: «Di una mentira cien veces y se convertirá en una verdad». Esta frase, resumen de la función que desarrolla la propaganda política en cualquier régimen totalitario es, en relación a la frase de Bernays, la evidencia de la función que en toda democracia tienen los medios de comunicación de masas en la elaboración del consenso y evidencian, a su vez, el carácter manipulador de éste. Cualquier régimen totalitario se caracteriza por la ausencia de discursos que se le enfrenten y en el poder que éste tiene otorgado por la población que, por activa o por pasiva, reproduce las verdades dominantes.
Las ideas dominantes en cualquier época no han sido nunca más que las ideas de la clase dominante.
Manifiesto Comunista, K. Marx y F. Engels
Actualmente, más allá de la creación de consensos, el Estado y el mercado aunan esfuerzos en la creación y/o potenciación de deseos afines a sus intereses. Éstos tienen, entre otras funciones, desviar los intereses reales de las individuas aisladas, mantenerlas dentro de los márgenes que generen beneficios y evitar la aparición de aquéllos que conduzcan hacia una superación de las relaciones de producción-reproducción capitalistas. Si a estas alturas no deseamos con suficientemente fuerza la libertad es porque en muy pocas ocasiones hemos tenido la oportunidad de experimentarla de manera conjunta. Vemos interesante no ver esta creación de deseos como un mecanismo maquiavélico perfectamente estudiado sino como la reproducción del imaginario dominante y su mutación, invariable en su esencia. Podemos afirmar que, ahora mismo, la realidad es enteramente capitalista. El hedonismo, así como la conformación del pensamiento intelectual mayoritario hacia el abandono de tesis rupturistas, nos llevan a adaptarnos a aquello que ya conocemos y, en el caso de no satisfacernos, buscar más de aquello que nos han vendido como felicidad: más dinero, más lujo, más vacaciones, más amor, más sexo, más consumo, más, más... quedándonos en la ampliación interior de los márgenes que la misma miseria nos brinda.


- De la participación como renuncia


«¡No os pedimos nada porque lo queremos todo!» se podía haber leído en alguna de las paredes durante la lucha contra el proceso de Boloña, pero no fue así; el caso es que muchas de nosotras nos dimos cuenta demasiado tarde de que en la articulación discursiva de nuestras voluntades en base a una demanda se encontraba inherente el germen de nuestra derrota –de una de nuestras derrotas, por lo menos en el plano político–. Aun así este proceso fue necesario para que algunas de nosotras lo tengamos, desde entonces, un poco más claro.

Pensamos que no es posible entender el triunfo de la democracia –y por tanto el fracaso de las luchas proletarias– sin fijarnos en el increíble peso protagonizado por la sectorialización de la lucha, en la articulación de propuestas en forma de demandas y en el reconocimiento de una autoridad superior que de estas dinámicas se desprende12. La democracia debe su triunfo especialmente a la capacidad de fagocitar con todo discurso que no se le oponga directamente. Pensamos que esto se hace posible en el momento en que la figura del Estado se vuelve permeable a las demandas de una parte de la población a quien somete –de las cuales quedan excluidas presas, niñas, inhabilitadas y personas migradas sin papeles– posibilitando espacios para que afloren las demandas y se articulen las luchas sociales a partir de discursos inteligibles, haciendo que éstas puedan ser reconducidas del campo de la confrontación-empoderamiento al campo de la gestión institucional.

Es a raíz del proceso de democratización de la población durante los años 70 que las luchas populares –ya sea desde las asambleas de vecinas como de las asociaciones de padres y madres de alumnos, etc.– reconducen sus reivindicaciones hacia el campo de demandas, siendo ahogadas al entrar dentro del circuito burocrático de gestión municipal. Este proceso se da debido a la permeabilidad que desde los ayuntamientos y distritos –en el caso de Barcelona– se muestra frente a las problemáticas superficiales de la población, haciendo un flirteo con la democracia participativa. Este proceso resulta desmovilizador en tanto que da a una gran parte de la población despolitizada –y a mucha politizada también– la sensación de participación en el nuevo proceso que se abre durante la transición económica que domina el paso hacia el parlamentarismo. La legalización del Partido Comunista –¿para qué mantenerlo ilegal si en la práctica seguía la lógica democrática?– y los Pactos de la Moncloa, así como el posterior ascenso del PSOE, dieron por finalizado el proceso de democratización y la aniquilación de toda postura rupturista. Fijémonos actualmente en el caso protagonizado por Itziar González en la desmovilización de las luchas en el barrio de Ciutat Vella, que ha pasado de activista en el marco de conflictos vecinales como el del Forat de la Vergonya a concejal del distrito con la alcaldía de Hereu. En Barcelona es una constante desde las primeras elecciones municipales (1979) que el ayuntamiento ofrezca cargos de gestión a integrantes de los nombrados movimientos sociales. El paso del activismo a las instituciones justificaría la falsa ilusión de una colaboración ciudadana de izquierdas en el proyecto Barcelona, para el funcionamiento del cual se hace indispensable que cada una de sus miembras se crea partícipe o incluso socia.


- Hacer habitable la perversión, tarea de las exrevolucionarias desencantadas


No podemos desligar esta renuncia, esta participación en la mejora del orden establecido, de una derrota política, de una resignación a darse por vencidas. No es gracias a las más reaccionarias que este sistema alimenta su perversión, no es por parte de ellas que la miseria se vuelve habitable y por tanto más infame. No es por parte de ellas que nacen las propuestas, los proyectos de participación, la integración o la reeducación social y las ayudas que vuelven soportable la miseria; no, no es por parte de éstas. Estas mejoras en las condiciones de existencia, este convertir la jaula en una urna de diamante, es gracias a aquéllas que han renunciado a todo cambio real, a toda ruptura con el orden establecido y que han optado por pulir las rugosidades que provoca el capitalismo haciendo menos evidente sus contradicciones y dificultándonos la oportunidad de encontrar cómplices, amigas, en nuestra lucha por su destrucción; desmovilizándonos, precisamente, movilizándonos hacia luchas parciales que no solucionan el problema sino que posibilitan que sigamos habitando en él.

La democracia, el Estado del bienestar y el keynesianismo que acabada la 2ª Guerra Mundial calmaron los ánimos revolucionarios de la mayoría de la población europea, aparecieron como concesiones de un capitalismo que veía peligrar su hegemonía ante un bloque soviético fuerte y de unas luchas proletarias que se extendían por todo el territorio. La socialdemocracia, a la caída del socialismo real –bloque soviético–, aparece como una defensa del estadio demócrata del dominio; en defensa de las concesiones que el aparato burgués hace a las clases dominadas para mitigar su descontento. El Estado del bienestar aparece como concesiones para la mejora de las condiciones de existencia de las trabajadoras en aquellos Estados donde las condiciones de consciencia no han superado el linde de malestar-sumisión a malestar-revuelta. Diferente ha sido en aquellos Estados en los que sí se vio desbordado este límite y donde la intervención estatal se ha decantado más por medidas represivas sabiendo que no sería suficiente con contentar a las masas. Las posturas reformistas, en un principio, han surgido de los sectores sociales que, viendo peligrar su hegemonía, han decidido dar concesiones a las luchas proletarias llevándolas hacia el campo de la articulación de demandas. Estas posturas nunca habían sido iniciadas por el proletariado; nunca hasta ahora.

Podríamos explicar esta derrota frente a la incapacidad –o a la dificultad– de encontrar referentes más allá de los que tenemos marcados, siempre en los márgenes de aquello que sabemos posible. Nuestras posibilidades se ciñen entonces a luchas de carácter no-estructural que se limitan a «mejorar» las condiciones de existencia en un sistema que sabemos y sentimos que de por sí nos condena a la miseria.


¿Por qué hablar de democracia? ¿Es que no tenemos nuestros propios términos?


La mayoría de nosotras, en un momento u otro, ante la aparente carencia de palabras que definan nuestro modo de organizarnos comúnmente, hemos decidido poner adjetivos que puedan ajustar lo que ya conocemos a nuestras voluntades emancipadoras. Así pues, han aparecido en boca de muchas de nosotras –o personas cercanas– términos como democracia directa, democracia inclusiva, deliberativa, participativa, horizontal, etc. Al fin y al cabo, adjetivos que amoldan lo existente a nuestra necesidad de explicar un modo de organización que todavía desconocemos. El problema acontece en el momento en que las personas que sabemos que lo que queremos y por lo que luchamos es por una sociedad en la que nuestras actividades no se efectúen de manera separada las unas de las otras, ni a partir de nadie que medie nuestras relaciones, acabamos por separar entre lo político, lo económico, lo medioambiental o lo relacional13. Pensamos que esto se debe a la dificultad que tenemos de imaginarnos posibles más allá de los que ya conocemos y que acabamos por adecuarnuestras propuestas y discursos en base a mejoras sobre lo establecido imposibilitando así ningún tipo de ruptura real con lo preexistente. Esto se debe a la presión por parte de la lógica positivista/racional de elaborar un discurso propositivo en confrontación a lo que no queremos.

Si no utilizamos términos como democracia directa es porque no nos conformarnos con un modelo de organización estática, no queremos predefinir cómo tiene que ser nuestra manera de organizarnos mientras ésta no implique un abuso de autoridad. ¿Por qué ponerle un nombre a nuestro modo de organización social cuando ya disponemos de términos que nos orientan en nuestra lucha? Llamémoslo comunismo o anarquía; a veces nos perdemos en el camino.

¿Por qué ponerle adjetivos a la democracia? Anteponer otra democracia a la que ya existe parte de dos errores fundamentales: o realmente es algo opuesto a aquello que ya está –en su calidad– y entonces ya estamos hablando de otra cosa –¿por qué llamarle democracia entonces?–, o bien estamos hablando de lo mismo y lo que pedimos es más democracia. En este último caso no conseguimos salirnos de los límites que nos marca el capitalismo, más bien lo contrario.


Y ahora, ¿somos capaces de hablar por nosotras mismas?


A base de hablar por las demás, a fuerza de hablar para las demás, hemos olvidado cómo hablar en primera persona. A base de repetición y rutina nos hemos descuidado de decir lo que realmente queremos y, por decir y volver a decir aquello que no hemos deseado realmente pero que nos imaginábamos mucho más comprensible para las otras, hemos acabado atrofiando nuestra palabra. La palabra que no es nuestra nos ha acabado invadiendo, ocupando un espacio al que pensábamos que no le habíamos dado entrada, instalándose y desarmando los gritos que todavía llevamos dentro. ¿Dónde están nuestras palabras? Colonizadas, decepcionadas, esperan impacientes que aprendamos a perder el miedo.

Es posible que el callejón sin salida en el que actualmente nos encontramos se deba –en buena medida– a la necesidad de que, inscritas en la tradición revolucionaria del pasado, nuestra lucha tenga una proyección aglutinadora, es decir, que la revolución será una cuestión de masas o no será. No estamos diciendo que la revolución –o incluso la insurrección– no tenga que ver con una unión de muchas más personas que no las que estamos actualmente, pero lo que sí que decimos es que demasiadas veces buscamos crear simpatía hacia nuestras luchas y que, por eso, éstas acaban despotencializándose. En un terreno marcado por el consumo y la mercancía, la voluntad aglutinadora acaba conformándose en la venta de un nuevo producto; al aproximar la revolución no como una cuestión de implicación y complicidad sino como una cuestión de atracción. La adhesión se da a partir de la necesidad de tener un discurso cómodo que sea agradable aunque no nos lo creamos, en vez de un discurso que pueda incomodar y provoque antipatía, a pesar de que sea el que pensemos. Preguntémonos si a partir de discursos que no provoquen ninguna distorsión en la normalidad seremos capaces de superarla.

En la amalgama de gente que pasea aislada y hermética por las calles de esta ciudad pocas tienen ganas de superar su miseria, pero hay, y es a ellas a las que nos tendremos que dirigir, conscientes que las palabras que buscan cómo crear rupturas sólo serán escuchadas por aquéllas que deseen una ruptura real, no por las que quieran palabras complacientes. Tan sólo podemos hablar a aquéllas que tienen ganas de escuchar, aquéllas que están predispuestas. Lo que queremos señalar es que no encontraremos complicidades reales si no empezamos a hablar por nosotras y no por aquello que presuponemos que las otras querrán escuchar. Si emprendemos este debate es porque observamos que demasiadas veces ante la poca aceptación de nuestros discursos o ante la aparente carencia de simpatía por parte de «el resto de la población» nos sentimos impotentes y caemos en la inactividad o, por otro lado, buscamos actividades que puedan ser asumidas por la mayoría descuidando a las que en una asamblea multitudinaria no serían consensuadas. Este ideal aglutinador nos hace caer a menudo en luchas posibilistas; nos hace buscar afinidades allá donde todo discurso se vuelve ambiguo; allá donde nuestras luchas ya no implican una interrupción de la cotidianidad; allá donde no hay ruptura hay sólo una acomodación al espectáculo democrático, un fortalecimiento de éste. Si esperamos a actuar cuando todo el mundo esté de acuerdo lo más probable es que acabemos por no hacer nada.

Nos hemos volcado a suavizar nuestro discurso, nuestras prácticas y nuestras formas para hacerlas comprensibles al resto debido a un estigma autoimpuesto –agravado por la supuesta y a veces inexistente opinión pública– que nos ha dificultado mostrarnos transparentes y que nos empuja a sentir como ilícitas nuestras prácticas habituales o nuestras vindicaciones.

La dificultad de crear sobre las cenizas
La única libertad que podemos saborear ahora se encuentra en la revuelta contra lo existente, en lo negativo que se pone manos a la obra, sin perder de vista que de lo que aquí se trata es de abrir la posibilidad de volver a hablar de lo positivo, de la construcción de algo nuevo. Como decían muchos viejos revolucionarios, la sociedad se fundará sobre las ruinas del viejo mundo.
«Autonomia... ¡no me jodas!» en A Corps Perdú n.º 2, agosto del 2010
Sólo podremos crear sobre las cenizas. Queremos la autogestión derivada de la intervención directa en nuestros propios conflictos, sin mediadoras, sin burócratas, sin especialistas. Todo está por crear: la esclava no sabe qué puede ser, más allá de su esclavitud, hasta que niega su condición y se revela; mientras sigamos pensando que nuestras luchas las hacemos como trabajadoras no podremos salirnos de la demanda de mejoras en nuestras condiciones miserables de explotación; mientras no neguemos la miseria en la alienación del control sobre nuestras vidas no haremos más que perpetuar la continuidad del espectáculo. Sólo negándonos a ser aquello que somos en esta sociedad y buscando afinidades que vuelvan nuestra lucha una lucha colectiva podremos intuir la superación de nuestra condición. Ahora mismo no sabemos qué quiere decir ser más y lo confundimos a veces con tener más. Este ideal se enmarca dentro de los parámetros de los límites de lo posible, y aquello que sabemos posible es, hoy por hoy, infame. Si a principios del siglo pasado fue posible un imaginario colectivo que empoderase a la gente a luchar por la anarquía fue porque la anarquía era vivida, de manera embrionaria, en la cotidianidad de las relaciones sociales que existían en los barrios, ya fuera en los ateneos, en el apoyo mutuo o en las luchas obreras contra la patronal. Hoy por hoy, este imaginario no sólo no es colectivo sino que muchas de nosotras no nos acabamos de creer aquello que estamos haciendo. Tal y como señalaba el texto Ai ferri corti: «la cuestión es empezar a tomárselo en serio».

Cualquier lucha que quiera superar el orden actual precisa de dos frentes, uno ofensivo y otro defensivo. Actualmente el discurso democrático ha conseguido calar tan adentro que no somos capaces de defender aquello que verdaderamente podría ser nuestro –por carencia de imaginarios que lo confronten– y es por eso que no somos capaces de creernos la superación de las relaciones capitalistas. Por eso queremos apostar por el conflicto, por la negación contundente de aquello que nos precede, conscientes que tal como señaló alguien: «no lo habremos destruido todo hasta que hayamos destruido también los escombros». Es en este conflicto, como ya hemos señalado anteriormente, donde encontramos la vinculación auténtica con las demás y el germen de aquello que queremos defender.

Si no lo hacemos así, y normalmente no lo hacemos así, continuaremos reproduciendo en nuestras luchas aquello que pretendemos combatir. No sabremos salirnos de los imaginarios que esta sociedad nos brinda, porque a pesar de que busquemos libertad acabaremos creando más y más democracia. Esto lo podemos ver en los momentos de efervescencia en la lucha y el caso de la pasada huelga de septiembre es un buen ejemplo. Cuando vemos a la Asamblea de Barcelona como potencial aglutinante y de lucha ¿no estamos viendo también el reflejo de lo que podría ser un espacio de gestión política de la ciudad? ¿No serían los comités de huelga su versión en el barrio? No queremos desmerecer el trabajo hecho de cara a la huelga, pero sí queremos poner en cuestión que éste sea el modelo de funcionamiento al que aspiramos. Descentralizar el Poder no es eliminarlo sino hacerlo más local. No tenemos claro cuál sería la forma de funcionar más cercana a aquello que defendemos pero no nos acaba de convencer la creación de mini-parlamentos para solucionar el problema de los parlamentos. ¿Cuánta gente de nuestro alrededor se está cuestionando esto? ¿Cuántas compañeras de lucha sueñan con asambleas generales multitudinarias? ¿Queremos libertad o queremos democracia?

No sabemos lo que está por venir, no lo queremos saber, no nos gusta la idea de perder la posibilidad de disfrutar del camino o de hipotecarlo en beneficio de una consecución final. Ya nos estamos organizando y nos gusta vivir entre nosotras... pero no tenemos bastante. Nos apasionan los momentos en que nos encontramos juntas en las calles, en las plazas, en el huerto o descubriendo otras maneras de querernos más allá de las heteronormativizadas, pero no tenemos bastante. No tenemos bastante porque nuestra vida consta, hoy por hoy, sólo de pinceladas inconexas o de momentos de euforia colectiva en los que podemos discernir entre la vida y la cotidianidad; nos da miedo volver cada día a la normalidad. Es por eso que nuestro futuro pasa inequívocamente por creernos el presente y empezar a vivir como queremos desde ahora, siendo cada vez más las que experimentemos nuevas formas de relacionarnos confrontando el orden establecido. No queremos diferenciar entre medios y fines porque, al fin y al cabo, los fines están hechos de medios. Satisfacer nuestras necesidades materiales y sociales sin que vengan mediadas por el dinero es lo que queremos conseguir y sabemos que, actualmente, estamos carentes de referentes. No queremos ninguna transición hacia ningún estadio, es la propia insurrección, el propio conflicto y la manera como lo afrontemos lo que nos dará la clave, no por una sociedad futura, sino por una sociedad vivida desde el presente con todos sus aspectos en comunión. No pensamos que sea necesario ni deseable establecer cómo será el modelo organizativo que tendremos en un futuro. Lo que sí vemos necesario es que sólo entendiendo que en la confrontación con nuestros malestares más allá de la esfera íntima es donde encontraremos –y encontramos– la necesidad de cuidar nuestra relación con las demás buscando la mejor manera de realizar la comunidad humana. En un momento donde los malestares son resueltos en la individualidad y de manera, mayoritariamente, terapéutica a nosotras también nos cuesta ver la posibilidad de una organización social donde lo primordial sea la conservación de aquello común, de la comunidad. Nos cuesta, y es por eso que queremos descubrir cuáles son los frenos en la construcción de imaginarios colectivos que superen el orden actual. Anticiparnos cuando todavía desconocemos, si no por completo sí que de manera muy embrionaria, como serán las nuevas relaciones que emergerán de la intervención directa y común de la resolución de nuestros propios conflictos nos lleva a menudo a definir, según aquello que ya conocemos, las nuevas formas que vamos descubriendo paso a paso en la lucha. La obsesión de saber qué somos y cómo nos organizamos nos ancla a realidades que nuestras dinámicas ya han empezado a superar. Quizás, al fin y al cabo, podremos superar los modelos organizativos que conocemos y no nos satisfacen cuando nos dejemos de preguntar cómo, ya organizándonos, nos estamos organizando. No se trata de descubrir cuál es la organización ideal, sino de avanzar en la organización de nuestras afinidades, encontrándonos, descubriéndonos, cuidándonos.

No aspiramos a llegar a ningún buen puerto, nuestro camino está bajo nuestros pies. De la sinceridad y la consecuencia con la que demos los pasos depende que los imposibles que hoy sólo soñamos acontezcan realidad, creando situaciones que nos empujen a encontrarnos, agujereando la cotidianidad unidimensional, haciendo de la excepción el germen de una vida que intuimos pero que todavía desconocemos.

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Notas

1 Afortunadamente, el entorno anarquista evita este tipo de consignas. Desgraciadamente, por la poca permeabilidad de parte de este entorno con otros cercanos, estos últimos no encuentran la crítica de la democracia en la que verse reflejadas.

2 El estado de excepción es la suspensión del orden jurídico con carácter provisional y extraordinario que los Estados decretan al ver peligrar su gobierno sobre la población. Durante la democracia hay multitud de colectivos que viven en estado de excepción permanente viéndose privados de «derechos fundamentales». No entraremos aquí, no es éste el debate, sobre nuestro posicionamiento respecto de los derechos que disponen la mayoría de ciudadanas: personas migradas «sin papeles», personas presas, FIES, locas, tildadas de terroristas, enfermas terminales, niñas, etc.

3 El concepto del doble vínculo es desarrollado por el antropólogo G. Bateson y trata de explicar aquella situación comunicativa en la cual se emite un mensaje contradictorio que implica, de forma no evidente, una cuestión o enunciado falso. Este concepto pretende explicar muchos de los orígenes de nuestras neurosis.

4 Casos como el de Irak, Afganistán o Angola, donde la publicidad de cara hacia dentro se hace en nombre de la «ayuda humanitaria» y donde, bajo un eufemismo que deja de serlo, se habla de «democratización del país».

5 Resultan increíbles las sandeces que se pueden escuchar en boca de Habermas y compañía (alejándose de la Escuela de Fráncfort y de las valiosas aportaciones que sus miembros hicieron acabada la 2a Guerra Mundial), paradigma de lo que podría ser la derrota y el abandono de posturas radicales que pudieran herir las sensibilidades de algunas opiniones, sobretodo de aquéllas que financian las facultades donde estos personajes dictan cátedra.

6 Aun así, sabemos que hoy día la pretendida neutralidad supone, a su vez, una toma de partido a favor de la conservación del status quo.

7 El concepto obrerista de la democracia nace bajo la misma lógica que la democracia burguesa y no escapa de sus trampas: el concepto de razón, la separación entre política, economía y vida así como de la idea de que será un conjunto de gente, en este caso de trabajadoras, que por el hecho de serlo tendrán legitimidad para imponer su verdad como la única. Se trata de una nueva mitificación e idealización de un abstracto.

8 El ideal burgués se basa, entre otras máximas, en que la condición «natural» de la humanidad es ser un lobo para si misma pero ¿qué es antes, el huevo o la gallina? Esta máxima, junto con la teoría de la de la evolución de Darwin (y el darwinismo social que se desprende) da el apoyo teórico que la burguesía precisa para legitimar su posición de poder respecto al resto de la población.

9 Sobre los índices de consumo de psicofármacos en una sociedad democrática como la inglesa ver en el apartado de reseñas el texto Beyond Amnesty.

10 Sobre el Fórum Internacional de las Culturas podéis leer el artículo: http://www.espaienblanc.net/Barcelona-2004-El-fascismo.html

11 Edward Bernays fue líder de la industria de relaciones públicas de EEUU y miembro de la comisión Creel. Esta comisión, llamada también «Comité de Información Pública», apareció durante el gobierno de Woodrow Wilson en los años 20 en EEUU para poder hacer un giro de 180 grados en una opinión pública antibelicista y volverla favorable a la intervención armada de EEUU a favor de los aliados en la 2a Guerra Mundial. La campaña «informaba» de datos como que «los alemanes arrancaban los brazos de los niños». Cabe decir que estas «informaciones» fueron extraídas, en su mayoría, del Ministerio de Interior Británico. Esta comisión se encargó, años más tarde, de la propaganda anticomunista en la caza de brujas de EEUU.

12 Con esto no queremos decir que las luchas parciales no puedan devenir revolucionarias ya que, en muchos casos (aunque no son la mayoría) estas luchas parten de posiciones sectoriales y, a medida que avanzan, van cogiendo una visión más global de la situación. Este hecho se da en aquellos contextos en los que las luchas son iniciadas por las propias afectadas en un ejercicio de acción directa y en la creación de sus propios mecanismos de defensa y autogestión. Es por esto que sabemos que no hay luchas reformistas sino métodos reformistas. Si una lucha se efectúa sin intermediarias entre las afectadas y el foco que genera el malestar da igual que se trate de un aumento salarial y que de entrada no se cuestione la misma figura del trabajo, de la misma manera que, por muy revolucionaria que de entrada parezca una lucha, si sus actrices no son las propias afectadas, será una lucha abandonada a la representación espectacular.

13 Si nuestras miserias vienen marcadas por esta separación, su superación no puede venir por operar en una de sus partes. El cooperativismo no puede acabar con la explotación capitalista porque lo que quiere es gestionar el trabajo, de la misma manera que el asamblearismo no puede acabar con en Estado porque propone otra manera de administrar esta sociedad.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Información proletaria sobre las revueltas en los países árabes

Tomado de hommodolars.org                                                                                                                              

TEXTOS PARA LA REFLEXIÓN Y LA ACCIÓN

REVOLUCIONES EN LOS PAÍSES ÁRABES E INTOXICACIÓN DE LA CONTRARREVOLUCIÓN MUNDIAL

[extraído de SU CAPITAL No 15, 2011 boletín anticapitalista de Asturias]

Con el paso de los meses las revueltas en los países árabes han dejado de ser retransmitidas por los medios burgueses de intoxicación. Ya no hemos podido deleitarnos con los malabarismos manipuladores, las mentiras evidentes y obscenas, ni con los llamados al apoyo de las primavera árabe (como apoyo a la primavera capitalista) y ni siquiera con los tan socorridos comunicados de condena al señor fulanito o manganita, enemigos teóricos de occidente. Incluso ya no se habla nada del muy moderado Consejo Consultivo y de Cooperación del Golfo, traducido a lenguaje de la calle, alianza de monarquías despóticas petrolero-financieras. ¿Que paso con la primavera, se marchito? o es ¿que hay alergia al polen? Las plazas tomadas en los países árabes pueden ser sinónimo de modernidad o nuevas oportunidades de negocio visto desde aquí, pero las plazas tomadas de nuestras ciudades son sinónimo de vandalismo, desorden, caos... Quizás sea por eso que no se puede hablar demasiado sobre las primaveras no vaya a ser que se les indigesten a los déspotas capitalistas de por aquí. 

Aun así hasta que dejaron de emitir masivamente noticias poco claras, tendenciosas, mutiladas nos dejaron un buen repertorio que tenía como misión que el resto de explotados no entendiera nada de lo sucedido. Por ello analizaremos caso por caso la autentica situación de la correlación de fuerzas en cada estado burgués entre las fuerzas de la revuelta y las de la contrarrevolución.